En sus casi cuarenta años de carrera, Juan Castillo (Antofagasta, Chile, 1952)  ha realizado una sola obra. Única, maciza, contundente, como un auténtico cuerpo vivo desde el que se desprenden un sinnúmero de brazos, con diferentes grados de longitud, siempre conectados a este núcleo vital. Los rostros, las palabras, los espectros, el fuego, las piedras, todo forma parte de un gran cuerpo de obra cuyo origen, probablemente, está en una etapa pre-artística de la biografía de Juan Castillo.

A los 17 años deja el norte grande (hasta los ocho años vivió en la oficina Pedro de Valdivia y, posteriormente, en Antofagasta) y se traslada a Valparaíso para estudiar Arquitectura. El impacto que le provoca el encuentro con esta “nueva” cultura de la zona central, a principios de los 70, es tan radical, que desde ese momento se transforma en extranjero en su propio país. La pampa salitrera se convierte en su única patria y el destierro en su condición vital. Valparaíso, Santiago, París, Madrid, Rotterdam, Estocolmo, Svedje y Rydöbruk, son ciudades en las que vive durante las siguientes cuatro décadas, sin llegar a sentir un arraigo verdadero por ninguna de ellas. Castillo siempre está de paso y esto se transforma, paradójicamente, en su centro.

El collage social trae a la Galería Macchina de Santiago un asunto históricamente urgente: la raza.  Aunque hay otras temáticas presentes en la exposición, tal como sucede con su obra, hay una matriz conceptual en toda su producción artística: identidad, migración, (des)territorio, patria; todo tiene relación con una palabra germinal: Raza, término que empieza a utilizarse en Europa a partir del siglo XVI para justificar la “limpieza de sangre” de los católicos en la península ibérica, tras siete siglos de asentamiento musulmán. Raza: fundamento ideológico del colonialismo español y portugués sobre los pueblos nativos de América y África, bajo la idea de una supuesta inferioridad biológica y cultural. Raza: una categoría que genéticamente no existe y que, sin embargo, sustenta la hegemonía blanca en el planeta desde hace cinco siglos.

Las obras presentes en esta exposición, junto a las acciones que Juan Castillo ha realizado en el espacio público, en colaboración con la Brigada Chacón, pueden leerse como un manifiesto anti-racista. A través de distintos medios, Castillo derrumba esta perversa ficción “euroblanca” de superioridad, utilizando rostros de personas provenientes de diferentes contextos, incluyendo también el europeo. Marcados como ganado con el sello El collage social, Castillo exhibe estos perfiles promiscuos, impuros, compuestos por fragmentos diversos, que responden a su heterogénea genética. Ya no son monstruos como sucedía con Frankestein, su trabajo realizado a mediados de los años 90, donde abordaba un asunto similar. Lo que presenta hoy son rostros comunes, sin efectismo; rostros que se ofrecen “desracializados”, despatriados y descolonizados, aunque sólo sea dentro de su representación artística.

Lo mismo sucede con las palabras. Una serie de textos escritos en árabe se enfrentan a la escritura cristiana occidental como dos caras de una misma moneda. A golpe de evidencia, Castillo presenta en esta exposición la farsa de la raza y, con ella, de su ideología de clase y religión. Las obras no levantan la figura del oprimido, ni se decantan por una apología del sujeto “inferiorizado”; lo que hacen es desmoronar la supremacía del opresor “enrostrándole” su equivocada interpretación del mundo.

No ha existido probablemente en la historia de Chile una comunidad más segmentada social, económica y racialmente que la que habitó las oficinas salitreras en la primera mitad del siglo XX. Quizás por esto, Juan Castillo vuelve una y otra vez a su patria perdida en el norte de Chile. ¿Por qué? Para escribir nuevamente su historia (Te devuelvo tu imagen), para darle voz a sus posibles habitantes (El rostro es el paisaje), para permitirles soñar (Minimal barroco) e imaginar que puede ser un buen lugar para quedarse para siempre.

JUAN CASTILLO: EL COLLAGE SOCIAL

Galería Macchina, Campus Oriente, Universidad Católica de Chile

Del 13 de diciembre de 2016 al 20 de enero de 2017

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Andrea Pacheco

Es curadora y directora de la Residencia FelipaManuela, una plataforma dedicada a la investigación artística y curatorial, con sede en Madrid. Ha desarrollado su práctica profesional entre Chile y España, organizando exposiciones y programas de residencia, con énfasis en el intercambio entre España y Latinoamérica. Fue Coordinadora del Museo de Arte Contemporáneo de Santiago (MAC), sede Quinta Normal, entre 2013 y 2016, donde trabajó con artistas como David Shrigley y el colectivo Superflex. El humor como estrategia crítica ha sido uno de sus temas de investigación. Actualmente prepara dos exposiciones del colectivo Los Carpinteros para Bogotá, Colombia.
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