Frente a cada imagen, lo que deberíamos preguntarnos es cómo (nos) mira, cómo (nos) piensa y cómo (nos) toca a la vez.

George Didi Huberman. Prólogo a Harun Farocki, “Desconfiar de las imágenes”                                                                          

 

Por Florencia Battiti

La gravedad, título de la muestra de Enrique Ramírez en la galería Michel Rein (París), puede ser muchas cosas, es cierto, pero principalmente es una fuerza. Una fuerza de atracción. Cuando el artista lanza trozos de papel color negro hacia el cielo límpido y transparente, es esa fuerza la que los hace descender —livianos, frágiles, vaporosos— nuevamente hacia la tierra. Al igual que, cuando en un juego de opuestos, arroja papelitos blancos hacia el negro de la noche, haciendo que el contraste sea aún más evocador. “Para mí esos papeles son como almas lanzadas al cielo, ideas, protestas, voces silenciosas [y silenciadas], pero también hablan de la esfericidad del mundo, noche en un lugar, día en el otro”, afirma Ramírez (Chile, 1979), rozando así una noción muy borgeana: la de la circularidad del tiempo y el “eterno retorno”. Es decir, la naturaleza cíclica de las cosas que hace que los sucesos vuelvan a repetirse, una y otra vez, a pesar de los esfuerzos por impedirlo.

Pero, ¿hacia dónde van esas almas a las que refiere Enrique? ¿De dónde vienen?. Algunas parecen aproximarse a la lente para que así podamos verlas de cerca. Se mecen todas juntas, casi coreográficamente, y sin embargo, cada una porta su propia luz. Se las ve libres, sueltas, felices de estar, finalmente, sólo a merced de la brisa y del viento.

Enríque Ramírez. La Gravedad. Vista de la muestra en Galería Michel Rein, París, 2016. Cortesía del artista y Michel Rein, París/Bruselas. Foto: Florian Kleinefenn
Enríque Ramírez. La Gravedad. Vista de la muestra en Galería Michel Rein, París, 2016. Cortesía del artista y Michel Rein, París/Bruselas. Foto: Florian Kleinefenn

Y aunque la obra de Enrique nunca desdeña la potencia de la belleza, la gravedad también se aloja en las problemáticas que aborda. La historia política de Chile -pero también de Argentina, hermanadas en la desgracia de la violencia y las desapariciones forzosas- atraviesa con fulgor su obra, para amplificarse y resonar en otros territorios, en otros paisajes que parecen, también, estar destinados a llevar consigo las marcas de la pérdida, la inequidad, la intolerancia. Quizás esta sea la fuerza que mayor potencia ejerce sobre su obra: la de la gravedad de nuestro tiempo presente, sin futuro por avizorar; la de una humanidad que no ha sido capaz de capitalizar y aprender de los errores (y horrores) del pasado, y avanza inexorable hacia el abismo de una existencia vacua y negligente.

Pero el arte parece no conformarse y las obras de Enrique, como toda obra que recurre a imágenes de alta carga poética, involucran a su espectador, interpelan su mirada y su pensamiento. Esa es la fuerza de gravedad que ejerce el arte, una fuerza de atracción que actúa entre la obra y quien la aborda, una fuerza que nos empuja a continuar mirando, pensando y que confirma el carácter dialéctico (en el sentido de dialógico) de la práctica artística. Así, una vez más, las obras de Enrique Ramírez dan cuenta no sólo de su poder argumentativo y su capacidad de proporcionar recursos que incrementen la potencia del pensamiento sino, fundamentalmente, de su innegable facultad de intervención política.

Enríque Ramírez. La Gravedad. Vista de la muestra en Galería Michel Rein, París, 2016. Cortesía del artista y Michel Rein, París/Bruselas. Foto: Florian Kleinefenn
Enríque Ramírez. La Gravedad. Vista de la muestra. Galería Michel Rein. París, Francia. 2016. Foto cortesía del artista.