Pienso que las obras presentes en Códex, en la Galería Metales Pesados de Santiago, son prolongaciones paradójicas de la vida misma, de momentos diminutos de ella: artefactos narrativos que transitan entre lo reconocible y lo imposible.

Alguna vez una amiga me contó sobre un juego que inventó de niña. Solía comer todo su almuerzo menos un grano de arroz. Luego que todos se levantaban de la mesa ella se quedaba allí con su arroz, solos. Imaginaba entonces que éste era el último grano de arroz en el planeta, y ella era la afortunada persona que lo iba a disfrutar. Lo cortaba a la mitad y se comía la mitad lentamente para sentir su sabor. A la mitad restante la partía luego en dos mitades y así continuaba extendiendo el disfrute de este último grano de arroz por un largo tiempo, hasta que le era imposible seguir dividiendo aquello mínimo, casi invisible, que quedaba: su anchura era la misma que el filo del cuchillo que tenía en su mano. Ella plantea un mundo de una infinitud tanto física como imaginaria. Esa narración minúscula insertada en el mundo modifica las escalas de ese mismo mundo: el sabor de medio grano de arroz es el momento sublime de la tarde.

El teólogo Leonardo Boff propone que la ética de nuestro tiempo debería partir de prestar atención y cuidado de lo pequeño. Quizás una ética aún más radical –me pregunto– podría ser aquella que cuida no solo de lo pequeño sino incluso de aquello que no existe, lo invisible, lo que ni siquiera tiene palabra que lo nombre.

Hay muchos fenómenos naturales que carecen de un sustantivo que los nombre. Por ejemplo, y esto ocurre mucho, uno va caminando por ahí, el cielo completamente despejado, y de repente sentimos una gota de agua que cae sobre nosotros. Ese fenómeno de la gota aparecida carece de una palabra o término que la defina. Aunque comúnmente escuchamos que la vida siempre está en transición, carecemos de palabras y maneras para definir esas transiciones. En algún punto aquello que llamamos suelo se transforma en piso, eso que llamamos montaña se transforma en paisaje, eso que llamamos naturaleza se transforma en cultura, y es precisamente en esa transición donde habitan muchos de mis trabajos. Precisamente porque la distinción entre naturaleza y cultura puede tentarnos hacia un falso mapa binario del mundo, en su lugar me planteo explorar la transición entre estas categorías. Fenómenos naturales y acciones humanas se encuentran y conviven en mi trabajo: la sombra de una montaña atrapada por una mano; una telaraña sostiene gotas de agua distribuidas con precisión geométrica en ella; una abeja que quizás se reconoce a sí misma en un espejo extraño; un bosque con músicos escondidos en él; la hoja de un árbol y una composición musical para acompañar su caída final; un espejismo atrapado físicamente en un volumen de mármol.

Oscar Santillán (Ecuador, 1980), The Messenger. Cortesía: Metales Pesados Visual, Santiago, 2016
Oscar Santillán (Ecuador, 1980), de la muestra Códex. Cortesía: Metales Pesados Visual, Santiago, 2016