Enrique Flores me contactó un día para que escribiera sobre su nuevo proyecto: una travesía por Chile llamada Buscando Chilenos. En ella quería conectarse con una imagen de nuestro país que aún no existía, que estaba por construirse y sólo se podía llegar a ella mediante el viaje. Enrique tenía un trabajo en el pasado que me interesaba mucho, en particular su labor con su colectivo Galería Daniel Morón, donde consiguió comprender el funcionamiento del circuito santiaguino del arte contemporáneo de un modo paródico y extremadamente crítico. Su enfoque, a final de cuentas antropológico, observador y desprejuiciado, me hacía sentir que estaba hablando con alguien que ejercía su trabajo de manera honesta y sin pretensiones.

En Buscando Chilenos, Enrique se embarcaba en un viaje desastroso, en un viaje hacia el final de los finales, hacia la “última esperanza” de una carrera que lo estaba aburriendo. Y digo “desastroso” porque Enrique, a diferencia de la mayoría de los artistas, trabajaba para hacer algo frente a lo cual no tenía proyección alguna: no había intención de obra ni mucho menos residencias con teóricos que, por “módicas” sumas, decidieran “apoyar” su proceso creativo. Su gira era un proceso que en cualquier momento podía romperse y finalizar de manera abrupta; cuestión que al jugar con los límites, con aquello que queda fuera de las lógicas de proyección/producción que uno acostumbra ver en el circuito local, me parecía completamente fascinante.

Durante una inauguración en Galería Metropolitana, Enrique llegó a Pedro Aguirre Cerda de sorpresa, porque se suponía que estaba en medio de su gira; pero había decidido tomarse “un paréntesis” de un par de días para visitar a “la Anita” (Saavedra) y “Zapallo” (Luis Alarcón). Me contó que estaba cansado ya, que había dormido en lugares muy incómodos y que necesitaba tomar nuevos aires para finalizar su gira (si mal no recuerdo, estaba cerca de llegar a Rancagua). También habló de sus diferentes experiencias: dijo que efectivamente estaba conociendo un Chile que antes no le era familiar; que había visto a algunos amigos y que, en general, la gente lo trataba muy bien, porque al parecer en muchos de los pueblos que visitó nunca había llegado un artista visual a conocerlos.

Enrique Flores. Buscando Chilenos. Parte del recorrido por diversos lugares de Chile, 2016. Foto cortesía del artista.
Enrique Flores. Buscando Chilenos. Parte del recorrido por diversos lugares de Chile, 2016. Foto cortesía del artista.
Enrique Flores. Buscando Chilenos. Parte del recorrido por diversos lugares de Chile, 2016. Foto cortesía del artista.

Seguimos conversando acerca del texto que eventualmente escribiría sobre su gira. Personalmente no tenía muy claro cómo afrontar una escritura que no lidiaba con un objeto o acción de arte en su sentido más tradicional. Me parecía complejo pensar un trabajo que en su poética contenía precisamente la no-producción, el trabajar por algo que en definitiva nunca se obtiene. Enrique parecía subvertir la lógica tradicional de las residencias, donde el artista se deja “contaminar” o “informar” por el contexto al que llega, para así generar una obra desde sus propios procedimientos formales ya existentes y dominados. En rigor, lo que se lograba en Buscando Chilenos no era necesariamente la obtención de algo (objeto u acción) que simbólicamente refiriera a aquel lugar que visitaba. Enrique simplemente visitaba lugares y personas y se dejaba para sí mismo todo lo que obtenía; las obras que hacía eran meros distractores que, siguiendo su trabajo previo, venían a parodiar las prácticas legitimadas al interior del arte contemporáneo: la producción forzosa de una obra que pueda ser expuesta y del evento “inauguración” como momento de inscripción y socialización. Sin ir más lejos, hacía unos días había visto en el facebook de Enrique una fotografía de la inauguración de su exposición en el Museo Escolar de Niebla, donde posaba él con un cartel que decía “Enrique Flores” y un perro vagabundo a su lado como único acompañante, que reafirmaba aquel cariz paródico ya mencionado.

Al seguir reflexionando más acerca de Buscando Chilenos, llegué a algo que luego me fue obvio —teniendo en cuenta el trabajo previo de Enrique—, y que se relacionaba con el procedimiento del “viaje por Chile” como fundamento de todo este proyecto: sabemos que cualquier clase de historia del arte chileno se inicia paradójicamente con unos pintores extranjeros; principalmente uno francés (Monvoisin), un alemán (Rugendas) y un italiano (Cicarelli). Ellos fueron caracterizados como “pintores viajeros”, quienes, por el ímpetu romántico que los distinguía, habían decidido aventurarse a llegar a esta independizada Capitanía General sin mucha riqueza que ofrecer, pero que sí al menos tenía una serie de personajes que retratar y paisajes pintorescos que representar. Digamos entonces que nuestra historia del arte comienza ya con el viaje como asunto central, siendo el paisaje una de sus materializaciones más coherentes (puesto que ponía el eje en la visión del viajero que retrataba lo que veía mientras recorría estas tierras extrañas). Pero esta referencia “de campo” no basta para comprender el gesto de Buscando Chilenos, que pareciera ser capaz de disfrazar su lenguaje y sentido en tal genealogía: hay que ir más profundo en el registro de la obra de Enrique, quien siempre ha intentado (con éxito) producir cruces efectivos entre arte contemporáneo y cultura popular. Lo que Buscando Chilenos usa como sustrato principal, es más bien un tipo de programas de televisión que hasta hoy son parte de cualquier “parrilla programática”, y que se remontan al tipo de segmentos que realizaba Don Francisco (Mario Kreutzberger) llamados La Cámara Viajera o Usted no conoce Chile. Este último, en efecto, consistía en un largo recorrido por el país, donde el animador conocía localidades lejanas y generalmente mal conectadas (el capítulo donde llegaba al sur de Chile ponía en evidencia los trabajos viales asociados a la Carretera Austral, que hacia 1984 ya contaba con un gran avance y, de paso, mostraba el “progreso” supuestamente propiciado por el régimen de Pinochet). Tal formato televisivo se convirtió, con el tiempo, en un tipo de programa imprescindible. De hecho, actualmente se transmiten aproximadamente seis de este tipo de shows en distintos canales de la televisión chilena.

Enrique Flores. Buscando Chilenos. Parte del recorrido por diversos lugares de Chile, 2016. Foto cortesía del artista.
Enrique Flores. Buscando Chilenos. Parte del recorrido por diversos lugares de Chile, 2016. Foto cortesía del artista.
Enrique Flores. Buscando Chilenos. Parte del recorrido por diversos lugares de Chile, 2016. Foto cortesía del artista.

Enrique Flores se apropia de una subjetividad generada a partir de la televisión de los ochenta en Chile, que aún hoy, en el 2016, no ha podido ser derribada por la fuerte influencia que tiene este medio de comunicación en la sociedad. Su circuito por lugares mayormente desconocidos es, sin dudas, una parodia de estos programas que —siguiendo una lógica de hace 30 años— visitan localidades del país para establecer una forma de soberanía y homogeneización cultural. Una donde “todos somos chilenos” y “todos somos iguales”. No es casual que Enrique en ocasiones use la bandera chilena o recurra a la figura popular del fallecido animador de televisión Felipe Camiroaga. Recursos que, justamente, lo que hacen es dar cuenta del nivel de uniformidad cultural “oficial” que exhibe un país de 4.300 km de largo. De hecho, el sentido común diría que es imposible que en tanto territorio, con tantos climas y paisajes diversos, se hable el mismo castellano, se vea la misma televisión, se consuman los mismos productos y se bailen las mismas melodías de manera obligatoria en los colegios y escuelas. Buscando Chilenos pone en evidencia que, al final, la chilenidad que se busca es en sí misma una ficción, que cada lugar tiene sus particularidades y en muchos casos, el “ser chileno” se manifiesta de diversas maneras dependiendo del lugar donde se esté. De ahí que las “obras” que Enrique exhibe, en definitiva, nunca muestren algún rasgo “esencial” por rescatar, nunca den cuenta de una característica única que se repita incansablemente en cada ciudad o pueblo; y que los temas que interesan a cada comunidad no son ni repetitivos ni necesariamente conectados a los que se tienen en Santiago.

En una de las últimas conversaciones que tuve con Enrique, hablamos más en profundidad sobre su trabajo, nuevamente desde la sinceridad: me dijo que su trabajo lo hacía para hacer convivir su interés por el arte contemporáneo con las experiencias cotidianas. Si bien en este escrito acabo produciendo una interpretación de su gira que estoy seguro Enrique nunca estaría tentado a compartir del todo, creo también que no es incompatible pensar un trabajo tan abierto desde estos múltiples lugares. De hecho, en esta conversación le comenté que Buscando Chilenos me recordaba inevitablemente —llamémoslo deformación profesional— a la famosa pintura Bonjour, Monsieur Courbet (1854) de Gustave Courbet, donde este último se retrata a sí mismo como el “Judío Errante”, tratando así de establecer un vínculo entre el quehacer artístico moderno y la “errancia”… como si fueran los dos lados de una misma cosa. Courbet, en su ánimo político —y “politizante”— quería declarar asimismo que, así como el “Judío Errante”, el también sería rechazado por la gente; pero, además, que su trabajo sería siempre sobre el movimiento, sin nunca poder quedarse quieto y por ende, sin nunca encontrar comodidad en lugar alguno.

Enrique Flores. Buscando Chilenos. Parte del recorrido por diversos lugares de Chile, 2016. Foto cortesía del artista.

Volviendo a Enrique y su trabajo, me parecía que hasta su aspecto desaliñado era el mismo que el de Courbet, saludando en medio del camino a su amigo y coleccionista Alfred Bruyas. Con esta imagen, sentí que Enrique también creía en el arte como un camino, como un proceso que tenía más que ver con la conquista personal de la libertad que con cualquier otra cosa, y que esa libertad se manifiesta en la capacidad de hacer arte con cualquier cosa; de transformar todo acto, finalmente, en arte. El trayecto de Buscando Chilenos, lejos de las instituciones exhibitivas tradicionales, de las convocatorias para artistas, de los fondos concursables, de los workshops, de los curadores y sus residencias, se acercó a lo más fundamental en el quehacer artístico: cuestionar cuál es el rol del arte hoy en día, en una época donde pareciera que se puede ser artista sin necesidad de salir del circuito, de no dialogar jamás con lo cotidiano, a pesar de estar inmerso en ello.

Finalmente, Buscando Chilenos es importante no porque efectivamente haya encontrado a algún chileno, sino que porque se dedicó a buscarlos.

The following two tabs change content below.

Diego Parra

Nace en Chile, en 1990. Es historiador y crítico de arte por la Universidad de Chile. Tiene estudios en Edición, y entre el 2011 y el 2014 formó parte del Comité Editorial de la Revista Punto de Fuga, desde el cual coprodujo su versión web. Escribe regularmente en diferentes plataformas web. Actualmente dicta clases de Arte Contemporáneo en la Universidad de Chile y forma parte de la Investigación FONDART "Arte y Política 2005-2015 (fragmentos)", dirigida por Nelly Richard.