La primera vez que comprendí el mundo de Jaar fue ante la frase que cercaba su sitio web, allá por el 2008: It is difficult / to get the news from poems, / yet men die miserably everyday / for lack / of what is found there. (William Carlos Williams, «Asphodel, That Greeny Flower»). No sé desde cuándo esos versos contuvieron su imaginario político, ni desde cuándo estaban allí, pero bueno, cómo haberlo sabido, cómo haber llegado prevista al primer encuentro con su obra. Ahora sé que es una clave de entrada, o no, un punto de entradaentry points, como les llama.

Jaar es un artífice de la contingencia: procesa las imágenes que los medios nos dan a consumir, las abre, las disecciona, nos muestra lo que hay adentro. Produce imágenes precisas, de lecturas estudiadas. Entrega productos elaborados y contenidos sobre la cama ya preparada de nuestro contexto noticioso.

¿Qué es lo que suscita Jaar? Creo que obnubila su alcance, así como interesa y extraña el consenso internacional ante su hacer y su obra. Tanto en los puntos que toca, a la forma que les da y a como ésta nos llega a casa. Eso sucede dentro de las aulas de la universidad, en grandes exposiciones, en pequeños ciclos de cine y video experimental, en internet, en ensayos de otros y ante las palabras de él mismo hablando de su obra. Pero es como si no viniera nunca a hablar de lo suyo, sino de otros. Sin embargo, la obra de Jaar no está dejada a la suerte, pareciera ser parte del sistema, como una macro-pieza del engranaje total con que comprendemos el mundo.

Porque hay un lenguaje, con el que la ciudad, el mercado y los gobiernos civilizados le hablan a sus habitantes. Hay un modo de leer, una estética, materiales y elementos propios de lo publicitario y lo propagandístico. A nivel político, organizacional o institucional. Ahora bien, lo que se le pone dentro puede ser otra cosa. Puede ser el ensamble de un par de claves que sinteticen todo, el sentido frágil de la existencia. Y hacerlo a la vez alandando con obras que no son blandas ni suaves, sino muchas veces un tanto clínicas y corporativas.

Creo que un gran valor es el ser agente y un artista cabal, ingenieril, diseñador de experiencias. Jaar no deja cabos sueltos, no perdona, no se pierde en lo límites de la capacidad del taller, ni en el de la escala humana. Es, en ese sentido, magnánimo. Aunque los límites de lo humano los hayamos roto nosotros mismos, como especie y sistema y no como clase.

Jaar trabaja con poder y con el poder de las imágenes que crean siempre otros. Trabaja con esos desastres que si no son naturales, son creados y cultivados también por otros, a la vez masacrando y aniquilando siempre a otros. Y lo que hace Jaar es que nos devuelve esas imágenes, ordena las noticias y nos las trae pensadas y empaquetadas. Nos trae nuevas, y nos las recuerda, fijándolas mediante el proceso de sus obras, así como la publicidad y los medios por naturaleza son incapaces de hacerlo, porque se carcomen entre sí, porque no hacen obra, porque no obran.

Jaar pertenece a una generación política que de alguna manera no quiso ser parte de él, o que él fuera parte de ellos. Y así se desmarcó. O por lo menos eso se entiende. En comparación a sus pares -a esa generación que, como cuenta cada vez, fue cambiada por el día del golpe militar de 1973- y aunque no sea propicio comparar, se puede decir que lo que se percibe es que tiene algo que lo distingue y es que ellos que fueron marcados por el golpe, como todos, incluyendo a herederos tardíos, se pierden en el juego simbólico de la historia y la política, desde lugares demasiado íntimos, cerrados y ciegos. Desde un modo regresivo donde no cabe el destino del arte y de los hombres. Y a Jaar, en cambio, lo vimos fluir con el curso de la historia. En la nuestra y en la de todos. Como marcando hitos. Acompañando y generando memoria. Frente al problema de cómo enfrentar la vida con la muerte, cómo hacer de manera sublime, construyendo con ideas obras que no se quedan quietas, sino que infectan la memoria con los virus de las imágenes que representan.

 

Alfredo Jaar. Foto: Josefina Astorga. Cortesía: Antenna
Conferencia de Alfredo Jaar, Es díficil. Sesión Aniversario de Antenna. Foto: Cristián Aninat. Cortesía: Antenna

Estuvo hace poco en Chile a propósito del encuentro internacional de performance eX-céntricos, junto a otros activistas mundiales. Y planificó una gira por el sur. Aceptó también una invitación por parte de Antenna para compartir una vez más su conferencia Es difícil. Ante otro grupo de gente más, distinto, a propósito del primer aniversario de la organización dedicada a conectar a las personas con el arte. Yo estaba ahí. Y esa experiencia suscitó este escrito. Pero no es fácil hablar de Jaar formalmente, porque no es un artista de taller, como dice, sino de proyectos. Tampoco es fácil hablar de él más que de noticias, o de ensayos teóricos y filosóficos. De éstos se han publicado cientos. Pero tengo uno a mano, el libro Alfredo Jaar, La Política de las Imágenes, editado por Metales Pesados, a cargo de Adriana Valdés, que contiene un puñado de resonantes voces tales como George Didi-Huberman, Jaques Ranciére, Griselda Pollock y Nicole Schweizer, quienes escribieron a propósito de la exposición que llevó el mismo nombre en el Museo de Bellas Artes de Lausanne, en Suiza, en 2007.

Jaar habla desde la angustia, dice Valdés, y más que desde cualquier otro lugar que, pensamos, podría perfectamente ser un discurso político que sostuviera su obra. Pero resulta sumamente reflexivo. En el libro Valdés recae sobre “la capacidad de la obra de Jaar para suscitar pensamiento”. Y Schweizer, por su parte, repara en esas “intervenciones urbanas efímeras cuyas imágenes impactan por su simplicidad, su fragilidad, su poesía”. Didi-Huberman habla de “un arte de la contra-información” o, de otro modo, de “cómo tomar la historia a contrapelo”. Y sobre la supuesta sobreinformación y sobreabundancia de imágenes proveniente de las “grandes máquinas” comunicacionales, que nos harían confundirnos y “juzgar mal”, Rancière aclara que en realidad lo que hacen es todo lo contrario: comprar millones de imágenes y enterrarlas bajo tierra. Esas “imágenes” que vemos sobre la pantalla son “sus” imágenes, dice, “su” selección. Y lo que la “invención artística” o política pueden hacer es oponerle otra selección: “El problema no es criticar los mensajes televisivos, es crear otros dispositivos espacio-temporales, es oponer a la caja de luz dominante otras cajas de luz, en que los textos y las imágenes pasen por el mismo canal, en que las palabras ya no sean dichas por una voz, sino dispuestas como un poema sobre la pantalla, en donde haya menos información, pero esta retenga nuestra atención por más tiempo”.

Griselda Pollock se pregunta qué clase de quiebre en el tiempo constituyen los acontecimientos extremos y qué significa el sufrimiento ajeno. A modo de respuesta, piensa en Auden analizando a un pintor del siglo XVI: “La pintura de Bruegel hace visible la indiferencia de los observadores internos a ella, la que no ha de clasificarse de falla moral o de clasificación por su parte. Con justicia, viven en el tiempo de sus propios procesos vitales, haciendo lo que hay que hacer para continuar la vida. La historia no es asunto de ellos. La vida sí (…) En nuestro orden mundial, el hecho trágico es tan avasalladoramente común que no sabemos cómo considerarlo (…) Somos cómplices, por nuestro consumo de imágenes; nuestro consumo hace que se produzcan, y viceversa”.

Entonces, ¿dónde posar los ojos? ¿Sobre el arte o sobre el alcance de la vida? ¿Con quién dialogamos y cómo hacemos política? ¿A través de las obras, los artistas o los medios y sus imágenes?. O ¿cómo hacer arte político siendo políticamente correcto?. La única manera de hacer arte es siendo políticamente correcto. Porque la política que nos interesa no es la de hacer relaciones, sino la de hacer bien lo que se hace. Y la pregunta que se hace Jaar todos los días es cómo hacer arte en el estado del mundo actual. Creo que todos deberíamos preguntarnos eso cada día. Si él piensa que el arte no es una cuestión de hacer, sino una cuestión más bien de pensar y hacer pensar, también entendemos que la iluminación intelectual es una consistencia de su trabajo, pero también un peso que le sobra a la institución del arte en general, o a la creencia “popular” de lo que debe ser el arte, y vivir sin abstraer, ordenar y categorizar lo popular puede ser de algún modo lo que le falte a la vez a la política y al arte.

Alfredo Jaar. Foto: Josefina Astorga. Cortesía: Antenna

Sesión Primer Aniversario  de Antenna, 20 de julio de 2016. Artishock es Media Partner de Antenna, una organización que crea vínculos entre el mundo del arte y la sociedad con el fin de construir y difundir la identidad cultural de Chile. Apoya a artistas y creativos en la gestión y desarrollo de proyectos de arte e investigación artística. Construye comunidad en torno al arte y opera gracias al apoyo de sus miembros.

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Antonia Taulis

Nace en Santiago de Chile, en 1989. Es crítica de arte y artista visual. Licenciada en Teoría e Historia del Arte por la Universidad de Chile, actualmente es Asistente de Dirección de Galería Madhaus, y redactora en las revistas Artishock y Joia Magazine. Ha escrito para decenas de exposiciones y catálogos y trabaja para otros proyectos independientes.