Cuando me preguntaron si conocía las “piedras que se mueven” les dije que no, simplemente porque algo así no podía existir. Me mostraron una foto: una roca enorme que se traslada por una superficie plana y deja una huella. Me explicaron que nadie sabía qué provocaba el movimiento en las piedras deslizantes y que al verlas, parecía que su actividad surgiera desde el interior, como la de un insecto, o de cualquier animal.

Un científico indio demostró que al aplicar electricidad a ciertas rocas, éstas reaccionan. Con esto quería demostrar que las rocas son seres animados, lo cual fue rotundamente rechazado por sus pares. Para ser considerado animado, alegaron, no sólo se necesita responder ante un estímulo externo, sino también nacer, crecer, reproducirse y morir.

Vista de la exposición Mahoma y la Montaña, de Pablo Rodríguez, en Galería Tajamar, Santiago, 2016. Cortesía: Tajamar
Vista de la exposición Mahoma y la Montaña, de Pablo Rodríguez, en Galería Tajamar, Santiago, 2016. Cortesía: Tajamar

Las piedras que nos presenta Pablo Rodríguez en su exposición Mahoma y la Montaña no se deslizan, tampoco reaccionan ante estímulos eléctricos. Sin embargo, en cierto grado también parecen estar animadas, y es por su forma interna de organización: es ahí, donde no existe ningún tipo de fuerza que predomine, y toda la materia parece surgir porque sí.

Pablo, por una parte, construye rocas de plástico cubiertas de napa que deja rodar por el Cerro San Cristóbal, para luego exponerlas al interior de la Galería Tajamar. En ese recorrido, las rocas incorporan hojas secas, basura, tierra, raíces, y es a través del movimiento que se construye un sistema para que esa organización orgánica aflore casi espontáneamente.

Además de construir un artificio, la obra también anima lo que es considerado inerte, señalando una roca rayada y manipulada del mismo cerro, que más que un objeto natural, parece un pedazo de basura, un residuo de la cultura. A esta roca le inserta una ficha técnica, otorgándole un título y una fecha. Creo que el objetivo de este gesto no es otorgarle a la roca el estatus de obra de arte, sino señalar que lo animado en este caso también puede estar dado por la acción de una sociedad, encontrándose particularmente en esos objetos o lugares marginales y residuales.

Vista de la exposición Mahoma y la Montaña, de Pablo Rodríguez, en Galería Tajamar, Santiago, 2016. Cortesía: Tajamar
Vista de la exposición Mahoma y la Montaña, de Pablo Rodríguez, en Galería Tajamar, Santiago, 2016. Cortesía: Tajamar

Esta búsqueda incesante por lo animado, y el hecho de proyectar una característica que le es propia, desde mi punto de vista no es más que una alegoría al hecho de vivir. Sin embargo, es probable que Pablo no esté de acuerdo con esta afirmación, por lo que voy a intentar una segunda: Pablo Rodríguez parece insinuarnos que lo animado no necesariamente está dado por lo externo, la naturaleza, sino que también puede construirse, ya sea por él mismo, o por una sociedad.

No importa si esta interpretación es correcta, si le agrada o no a Pablo. Aquí, lo importante es que esta obra abre la posibilidad a que cualquier objeto pueda transformar su significación. Vivo, muerto, orgánico, inorgánico, no serían entonces más que categorías flexibles que él manipula como quien no sigue una receta de cocina, o adecúa un escrito ajeno sin la autorización previa de su autor.

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Ileana Elordi

Nace en Santiago, en 1990. Licenciada en Artes Visuales por la Universidad Católica de Chile. Ha publicado “Oro", su primera novela editada en 2015 bajo el sello Emecé, Planeta.

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