¿Qué hace la gente por dinero? (What People Do For Money) es la pregunta que levanta la 11° edición de Manifesta, la Bienal Europea de Arte Contemporáneo. Casi cualquier cosa, debería ser la respuesta; sobre todo arte. El tema, que insinúa una tensión entre la presunta dignidad del trabajo y la condición mercenaria en el desarrollo de nuestras actividades remuneradas, se instala en la ciudad de Zürich, sede de acogida de esta bienal migratoria. La ciudad, como el resto de Suiza, es un ejemplo de afluencia donde es visible el lujo que crece a la sombra del más elaborado sistema bancario. Por lo tanto, hablar de la relación de trabajo y dinero aquí pone el dedo sobre el pulso de una sociedad acostumbrada a un estándar de vida que define el límite superior del hábitat civilizado.

Hablar de plata en el mundo del arte lleva a pensar en el desarrollo de una práctica artística cuyo lugar en el mercado es cuando menos impredecible. ¿Qué actividad “profesional” más difusa en su relación con el dinero que la del artista? El limbo en el que se desarrolla el oficio artístico respecto a la distribución de ingreso pasa muchas veces por una relación con instituciones y organismos que optan por promover ciertos fines asociados a un discurso o posición sociopolítica. Si la crítica institucional se ha encargado de poner en su lugar a muchas de las grandes entidades que ayudan a construir la estructura en la cual el artista se desenvuelve, al propio artista, interesado en recibir un sueldo, le corresponde pensar en los límites de su militancia cívica o social. Hay que darse cuenta que el arte de ganar plata haciendo arte es, cuando menos, algo lleno de protocolos extraños. Según el artista suizo Hermann Schmidlin, el mercado del arte suele desarrollar sus operaciones bajo la política del blanqueo. ¿Hay algo de cierto en eso?

En forma más general, la idea explorada por el lema de Manifesta 11 es una interrogación a la organización del sistema económico que define los roles que cada uno/a desarrollamos para “ganarnos la vida” y ocupar nuestro puesto en la sociedad. Bajo el modelo generalizado, lo que hacemos es poner a la venta tiempo especializado que alguien necesita para resolver alguna situación específica. Aunque el lema puede parecer una interrogación de orden meretriz sobre todo lo que podríamos estar dispuestos/as a hacer por plata, también analiza aquel elemento que permite que los individuos se organicen, distribuyan sus días, formen sus expectativas y levanten su identidad: lo que se hace por dinero es, finalmente, vivir y por eso nos define como ocupantes de un espacio dentro de la maquinaria socioeconómica. De ahí que los artistas invitados a esta Bienal se hayan adentrado en los significados de otras prácticas profesionales, investigando en distintas formas de ganarse el sueldo y de establecer una identidad social. Ese fue el encargo del curador Christian Jankowski, quien favoreció la vinculación de cada artista con un oficio específico. Bajo lo que llamó un “joint venture” le pidió a cada artista que se asociara con algún profesional que trabajase en la ciudad. Un ejemplo: el artista catalán Carles Congost se acercó al trabajo de una compañía de bomberos para realizar un vídeo-ficción en donde combina el humor con los gustos musicales de un integrante de ese gremio dedicado a combatir el fuego.

Uno de los puntos más interesantes de la forma de exponer esta bienal es la asociación entre los espacios principales de exposición con una serie de puntos satélites, es decir, los espacios laborales repartidos por la ciudad donde cada uno de los 30 artistas comisionados para producir obra expone también el resultado de su investigación. Así, Santiago Sierra se ubica en una compañía de seguridad, Teresa Margolles en la habitación de un hotel en el barrio caliente de la ciudad, Georgia Sagri en una lujosa sucursal de la banca privada, Michel Houellebecq asociado a una clínica donde le fueron realizadas una serie de tomografías y exploraciones visuales de su propio cuerpo. El visitante debe recorrer la ciudad para ir reconociendo el territorio y los espacios propios donde se desarrollan ciertas profesiones. Cada una de esas intervenciones ha sido además cubierta en una serie documental realizada por jóvenes de la ciudad que toman el papel de reporteros y periodistas “no-profesionales”. A ellos les corresponde hacer un seguimiento y entrevistar a los creadores para registrar el desarrollo de una relación de trabajo que debe ser explicada al público. Eso revela una forma de entendimiento laboral donde el arte plantea un juego nuevo a través de un ejercicio conjunto con determinadas profesiones. Cada uno de estos capítulos documentales realizados se proyectan en el “Pabellón de los reflejos”, una gran estructura de madera diseñada por Emerson Studio que flota plácida sobre el lago de Zürich. En ese cine acuático también existe la posibilidad de disfrutar de un baño o de beber una bebida frente a la gran pantalla. Un dispositivo de ocio para alejarse de la necesidad laboral.

 

Como ocurre con relativa frecuencia, la intensidad que toma el trabajo comisionado es muy dispar. Mientras algunas piezas se mantienen dentro de un esquema que busca responder a la propuesta curatorial, hay otras que resulta muy difícil integrar. La propuesta escultórica y virtual del canadiense Jon Rafman escapa a cualquier asociación predecible y mezcla el supuesto relajo de un spa con una serie de pertubadores videojuegos y esculturas en las que un venado se traga a un gorila. Tal cual.

Hay otros artistas que actúan bajo la lógica predecible de sus líneas de trabajo: Santiago Sierra amuralla, Teresa Margolles se ve envuelta en un asesinato y Maurizio Cattelan recurre a los milagros: después de anunciar su jubilación del mundo del arte en 2011, ahora vuelve a la profesión con una visión cuasibíblica, una silla de ruedas que surca las aguas del lago. Pero la visión más extrema entre los 30 trabajos comisionados la propone, seguramente, Mike Bouchet, que decidió trabajar con el equipo de las plantas de tratamiento de aguas de la ciudad para recoger 80.000 kilos de mierda equivalentes a la producción diaria de la ciudad. El olor de los bloques de color pardo que reposan en la sala del Löwenbräukunst es imborrable al punto que el visitante aguanta eternos segundos, diez o quince, antes de cerrar la puerta y huir. La idea, resalta este artista americano, era trabajar en colaboración con la totalidad de la población de Zürich.

En el amplio panorama de actividades desarrolladas desde el 11 de junio y el 18 de septiembre por Manifesta en la ciudad de Zürich, destaca la celebración del centenario de la fundación del movimiento Dadá en el famoso Cabaret Voltaire. En ese lugar donde las vanguardias encontraron el primer refugio para el juego irreverente y el desparpajo total hacia el mundo que colapsaba en plena guerra mundial, hoy se ha organizado un amplio programa de performances que buscan revalidar el valor multidisciplinario del “gremio” artístico.

“El mundo del arte está en expansión”, señalaba Jankovski, el curador, en una entrevista. “Cada vez hay más ferias, más bienales. Hay cierta saturación. Pero yo no soy un misionero interesado en un público cada vez mayor. A mí lo que me interesa es tener públicos multifacéticos donde grupos diferentes encuentran algo que les resulta ajeno y deben, por lo tanto, entrar en conversación unos con otros”. Desde luego, la idea de emplear la práctica artística como una plataforma para encuentros inesperados es, con seguridad, una forma de abrir el trabajo estético hacia las formas que toman nuestras estrategias de convivencia. Y eso puede favorecer el asombro y el conocimiento mutuo entre miembros dispares de una ciudad. No es otra cosa que un ejercicio de intercambio entre gente unida por una misma necesidad compartida: obtener el dinero necesario para desarrollar su vida con la mayor autonomía posible. ¿Autonomía a cualquier precio? Una semana antes de la inauguración de Manifesta los votantes suizos rechazaban una moción para instaurar una asignación básica garantizada para toda la población adulta que debía rondar los 2.500 francos suizos (1.800.000 pesos) por persona. Sin necesidad de tener que “hacer” algo, cada ciudadano/a suizo/a mayor de edad que lo solicitase podría recibir este salario. Que no haya sido aprobada la moción habla, para muchos, de un sentido de responsabilidad: recibir dinero por no hacer nada más que ser ciudadano es un riesgo porque invita a la cesantía. Pero, más que una confirmación de la intachable ética del trabajo de los helvéticos, el resultado viene a resaltar una vez más la disociación del dinero y el esfuerzo del trabajo, algo que los artistas, los profesionales menos regularizados tienen más que claro.

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Pedro Donoso

Nace en Santiago, en 1970. Es editor, traductor y crítico. También colabora como docente en la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Alberto Hurtado. Acaba de editar el libro "Gordon Matta-Clark: Experience Becomes de Object". En 2013 estuvo a cargo del proyecto Of Bridges & Borders, en Valparaíso, Chile.
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