I-  Perdidos en Concón

En enero de 2012 me encontraba en Chile por una exposición en Casa E en Valparaíso. Por casualidad también estaba mi amiga María Berrios y conversando un día en Santiago decidimos ir juntos al archivo de la Escuela de Arquitectura y Diseño de la Universidad Católica de Valparaíso. Básicamente yo debía regresar por una charla y María tenía pendiente una visita a Don Adolfo, el encargado del archivo, lugar donde ella había pasado más o menos 2 años investigando material de archivo sobre La Escuela [1]. La visita fue todo un descubrimiento para mi. Si bien conocía vagamente la historia de La Escuela esta visita fue una experiencia única en el sentido de poder conocer a la gente que trabaja ahí – aunque fuese solamente una primera introducción – pero por sobre todo por el hecho de ver en vivo material de archivo que abarcaba desde años los 50 a los 80. Lo que vi me pareció radical en su mezcla de exploración espacial y poética, como metodología pedagógica. Las fichas de “Taller de Arquitectura” y “Curso del Espacio” (circa 1958) eran humildes pliegos desplegables de papel con fotografías en blanco y negro y textos descriptivos de los ejercicios realizados. El más simple y mi favorito contenía una pequeña foto de una casa de Valparaíso, y otra foto más grande, con una vista general de casas en un cerro de la misma ciudad. Ambas acompañadas con este texto: “Fotografías #5. Casas de Valparaíso. La fotografía pequeña es igual a las que se entregaron a los alumnos en la tarea de ubicar una casa en los cerros de Valparaíso. La otra fotografía es ejemplo de la estructura de estos cerros. Taller del Profesor: J. Vial”. El ejercicio entonces consistía en caminar por los cerros hasta encontrar dicha casa. Es decir, deambular, perderse, no saber qué hacer o para donde ir, academizado, con un objetivo. Don Adolfo nos despidió con una gran sonrisa y con extensas invitaciones a regresar.

Vista de la exposición Manuel Casanueva y los Torneos, en Despina-Largo das Artes, Río de Janeiro, Brasil, 2016. Cortesía: Felipe Mujica
Vista de la exposición Manuel Casanueva y los Torneos, en Despina-Largo das Artes, Río de Janeiro, Brasil, 2016. Cortesía: Felipe Mujica
Cuadernos de dibujo de Mnauel Casanueva, directa o indirectamente relacionados con Los Torneos. Cortesía: Felipe Mujica

La segunda parte de nuestra mini exploración consistió en visitar a Manuel Casanueva, ex profesor de La Escuela y creador de los Torneos. Nuevamente yo conocía poco o nada de su trabajo, básicamente lo que había visto recién en el archivo de las cuales algunas imágenes creo haber visto antes, en alguna publicación. Si bien la distancia entre Valparaíso y Concón es corta, una media hora en auto, y María insistió en que conocía el camino… nos perdimos. Estuvimos dando vueltas por Concón y sus alrededores por casi una hora, o más, buscando una calle y una casa pero sin saber bien cómo distinguir entre este camino de tierra y el otro. Concón, como muchas otros pueblos costeros de Chile, posee una mezcla exacta y preciosa entre campo y mar, por lo cual al estar uno entre cerros y bosques y sin señalización urbana importante – y escuchando el mar a lo lejos – no es raro perder el sentido de orientación. Ataques de risa y un poco de miedo de llegar demasiado tarde, ya que Manuel ya tiene sus años, dramatizaron el camino, pero finalmente llegamos. Por un momento me sentí como aquel estudiante buscando la casa perdida en Valparaíso, solo que cómodamente sentado en un auto.

Tengo la sensación de que Manuel nos recibió con una mezcla de felicidad y sospecha. Felicidad por ver a María nuevamente, y sospecha, creo, por quien era yo, este “intruso”… María me había advertido que Manuel sufría de Parkinson pero al verlo caminar, agachado y a cuestas, me sorprendió la energía que desplegaba… me pareció el caso – aunque suene a cliché – que su fuerza interna, su mente, luchaba contra su cuerpo, en contra de sus limitaciones. Esa fue mi primera impresión. Luego sentados en su estudio pudimos conversar con calma, y más importante aún, ver increíbles fotografías a color, de mediano formato, de varios de los Torneos organizados por él y otros profesores. Tomamos té. Conversamos más. Habló de los trajes y los implementos de cada torneo, haciendo memoria de cada evento. Terminó por mostrarnos sus dibujos en acuarela, más recientes y sencillos que todo el trabajo desplegado en los Torneos, sin embargo llenos de color y choques formales. Eran los resultados de una persona que no puede detenerse, ni siquiera cuando su cuerpo se lo pide.

Su casa era muy sencilla. Modernismo chileno de clase media, de la costa, de techos bajos y muros de ladrillos. Con un patio y un pasillo con un ventanal largo que la acompañaba. Afuera una mesa de vidrio y una escultura de metal encima. Rodeado de sillas, como mirándola. Al parecer el regalo de un amigo [2]. Por un instante esa escena me recordó un experimento escultórico que yo había hecho uno o dos años antes. Pasaron un par de horas y nos fuimos. Sin embargo, las imágenes de esos jóvenes disfrutando, jugando y explorando sus cuerpos y sus relaciones quedaron grabadas… esa experimentación formal y fiestera, colorida y poética… ¿Cómo aprender más de esto? ¿Por qué se conoce tan poco? ¿Por qué no nos enseñan esta historia en la escuela de arte? ¿Cuál es la relación o no relación con los artistas brasileros de la misma época (Lygia Clark, Lygia Pape y Helio Oiticica)? ¿Cómo paso algo así en una escuela de arquitectura? ¿Podría ser este el eslabón perdido de la vanguardia Chilena? (en relación a los otras vanguardias Latinoamericanas). Me fui con todas esas preguntas, y más…  Con ganas de hacer algo con todo esto. De difundirlo. Un trabajo de años, y que años! Tan bonito y tan escondido.

Vista de la exposición Manuel Casanueva y los Torneos, en Despina-Largo das Artes, Río de Janeiro, Brasil, 2016. Cortesía: Felipe Mujica
Vista de la exposición Manuel Casanueva y los Torneos, en Despina-Largo das Artes, Río de Janeiro, Brasil, 2016. Cortesía: Felipe Mujica

II- Resistiendo en Río de Janeiro

La idea de exponer el trabajo de Manuel Casanueva surge a partir de una invitación de Pablo León de la Barra. Creo que él comparte mi interés en producir un diálogo entre esta historia tan particular (los Torneos, pero en extensión la Escuela de Valparaíso) con la historia del arte brasileño. Creo que compartimos también, como Pablo me recordó ayer, un espíritu medio punk, es decir, la de hacer muestras con nada y siempre al borde del fracaso. Si mal no recuerdo esta es nuestra tercera o cuarta experiencia similar. Me explico: esta muestra originalmente se llevaría a cabo en Casa Francia, sin embargo, casi desde un principio y hasta el final el proyecto estuvo “en crisis”. Literalmente el día en que viajaba a Río con el objetivo de montar la exhibición recibí un email contándome que por órdenes de la Secretaría de Cultura del Estado de Río, Casa França debía “ficar vacia”. Luego de pasarnos 2-3 horas enviando emails ida y vuelta intentando gestionar otro espacio, Pablo recibió una milagrosa respuesta, el generoso rescate de los amigos de Despina-Largo das Artes. A pesar de haber encontrado una solución no he podido dejar de imaginarme las miles de razones de este fiasco institucional. Casa França tenía un compromiso con el Ministerio de Relaciones Exteriores del Gobierno de Chile, quienes financiaron la re-edición del libro Jugador como pelota, pelota como cancha y además mi viaje y estadía en Río ¿Será una consecuencia menor (muy menor) de golpe político-mediático de la derecha brasileña? ¿Será simplemente desapego? ¿Será que alguien con mucha más influencia que nosotros decidió casarse y ocupar Casa França para una fiesta? ¿Será que la cultura, más bien el intercambio cultural entre dos países hermanos, ya no es una prioridad? Pensando que las Olimpiadas están próximas a esta exposición, y todo el fracaso y desencuentro que la antecedieron y marcaron, este no es más que un humilde gesto de resistencia, a la burocracia y estupidez, y peor, a los oscuros manejos de poder. Ojalá pasándola bien. Jugando, explorando. Así como lo hacían los jóvenes chilenos en los 80 a orillas del océano Pacífico, rodando sobre una estructura hecha de coligüe [3], olvidándose completamente de lo que ocurría allá afuera, mostrando otra forma de vivir.

Para terminar:

Lo suprasensorial, según Helio Oiticica, es “el intento de crear, a través de propuestas cada vez más abiertas, ejercicios creativos, prescindiendo del objeto como tal y como ha sido categorizado. No son la fusión de pintura-escultura-poema, obras palpables, aunque pueden tener esa faceta; se dirigen a los sentidos, para que a través de ellos, de la ‘percepción total’, se lleve al individuo a una ‘suprasensación’, al dilatamiento de sus capacidades sensoriales habituales, para el descubrimiento de su centro creativo interior, de su espontaneidad expresiva adormecida, condicionada a lo cotidiano” [4].

Agradecimientos: Despina | Largo das Artes, Marcio Botner, Pablo León de la Barra, Bernardo José de Souza, Archivo Histórico José Vial Armstrong – Escuela de Arquitectura y Diseño de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, DIRAC | Ministerio de Relaciones Exteriores – Gobierno do Chile, Ximena Iommi, Olivia Casanueva, Sylvia Arriagada y Esmeralda Rodríguez.


[1] La Escuela de Arquitectura y Diseño de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso es informalmente denominada “La Escuela de Valparaíso”, o simplemente “La Escuela”.

[2] Tiempo después descubrí que la escultura era de Claudio Girola, artista argentino radicado en Chile desde 1952, fundador y docente de la Escuela de Valparaíso.

[3] Coligüe es una madera liviana y muy resistente perteneciente a la subfamilia de los bambúes.

[4] Helio Oiticica, “Aparición del Suprasensorial – noviembre-diciembre 1967”, Helio Oiticica, Alias, página 88, Ciudad de México.