Referir al dolor, a la ausencia, al terror, y hacerlo en clave poética, no resulta sencillo para un artista visual. Al revisitar el pasado, la buena voluntad o el férreo compromiso político no bastan para construir un cuerpo de obra que logre conmover pero también sembrar interrogantes, que consiga reactivar el pasado crítica y poéticamente. Abofetear conciencias dormidas con excesos de expresividad e iracundia no suele dar buenos resultados… Cuando el horror se presenta a modo de espejo sin mediación, sin metáfora, la obra no logra entablar empatía con el espectador y éste, irremediablemente, se retrae, se esconde o se escapa.

Muy por el contrario, la obra de Enrique Ramírez resulta balsámica, sugestiva, sin por ello dejar de provocar esa dosis de necesaria incomodidad, de perplejidad, que pone en jaque los lugares comunes, las certezas, e incluso, los prejuicios que campean sobre las producciones artísticas que aluden al pasado reciente. Para este joven artista chileno la potencia de la belleza no se riñe con la seriedad y el respeto hacia la problemática que aborda. Así, Ramírez construye metáforas en torno a la historia política de su país, a las migraciones contemporáneas y a los exilios forzosos que el poder del capital global empuja con fuerza hacia afuera de las naciones o hacia adentro de los propios sujetos, trastocando identidades, forzando intercambios impensados, alterando profundamente la percepción y la vida cotidiana de millones de personas. Su trabajo evidencia problemáticas sociales y en su obra confluyen intereses políticos y existenciales pero siempre pensados a partir de la imagen, interrogando y explorando el poder que tienen las imágenes para transformar la realidad.

En cierto sentido, Enrique Ramírez parece obsesionado por narrar la historia política de Chile a través del paisaje, un paisaje marcado por la pérdida, por las travesías, por los desplazamientos, pero también, por las elucubraciones personales, por la imaginación y el divague errático de la mente. En sus films la presencia del mar aparece como un recurso casi ineludible, como un condensador de sentidos y como el principal eje narrativo de sus relatos: “Siento que el Pacífico es el verdadero lugar de memoria de los chilenos” afirma. Quizás la omnipresencia del mar en su obra no debiera sorprendernos, siendo Chile ese extenso y delgado territorio que balconea al mar entre el Pacífico y los Andes y siendo el propio Enrique hijo de un confeccionador de velas para barcos. Pero más que una presencia rotunda, en algunas de sus obras el mar parece imponerse como un sujeto, como un personaje de intensa carga dramática que reclama su propio parlamento en la puesta en escena. Este mar tiene mucho para decirnos y las obras de Enrique Ramírez le permiten desplegar su discurso.

No obstante, un profundo y acuoso lugar de memoria no es lo único que compartimos argentinos y chilenos. Los vuelos de la muerte, aquí y allá, también tuvieron sus “arrepentidos”, quienes a través de sus confesiones narraron para nosotros ese relato imposible de imaginar. “Los durmientes” −hasta ahora quizás uno de sus trabajos más emblemáticos− es un proyecto realizado conjuntamente con el Museo de la Memoria de Santiago y filmado en las costas de Puerto Viejo, Quintero y Horcón. Su título alude a los rieles de ferrocarril que los represores sujetaban a los cuerpos de los detenidos-desparecidos para que éstos se hundieran en el mar al ser arrojados desde los helicópteros de la Fuerza Área. Fue precisamente en las playas de Quintero que el juez Juan Guzmán encontró los primeros rieles de trenes utilizados para lanzar cuerpos al mar.

Los durmientes se despliega a través de tres pantallas que presentan proyecciones sincronizadas. El film articula tres escenas cuya visualidad, temporalidad y narración mantienen independencia entre sí, pero al mismo tiempo, se entrecruzan para conjugarse en una sola historia, en una sola ficción. Así, un hombre mayor deambula hacia la costa llevando un pez entre sus manos. (Vale recordar que desde la psicología arquetípica el pez es interpretado como símbolo de la verdad profunda que, oculta, espera ser desentrañada y puesta a la luz). En otra pantalla vemos cómo la cámara sobrevuela el mar, mostrando su oleaje bravo e intempestivo. Una tercera escena nos muestra una serie de cruces de madera meciéndose suavemente, cual boyas sobre el agua.

“Mirar/ mirar el fondo / mirar cómo se deshace todo / mirar cómo desaparece / mirar el silencio / la boca con sal / Fabrica la vida / el silencio / el miedo / la búsqueda”.

La voz en off –sutil pero importante dispositivo en los films de Ramírez− oficia de disparador, de desestabilizador, para así romper con la lógica de coherencia que nos lleva a buscar simetría y congruencia entre la imagen y el sonido. Llegando al final del relato, el hombre mayor −que aún sostiene el pez en sus manos− se encuentra con un joven que lleva consigo una bolsa mortuoria. Ambos se abrazan, el mar llegándoles casi a las rodillas. Esta escena final, este encuentro entre dos generaciones, puede leerse como un acto de restitución, como un intento de reparar lo irreparable. La historia que heredaron los que fueron criados en plena dictadura intenta así asumirse como parte de este presente, tan lejano y sin embargo, tan actual.

Hay en la obra de Ramírez una fuerte dimensión espacial y topográfica de la memoria, pero esa dimensión no nos lleva necesariamente a asociar hechos con sitios específicos sino que nos sumerge en un espacio ficcional, en un lugar donde la memoria se-funde-con la imaginación (y quizás hasta se confunde) abrazando lo imaginario para acaso ser más precisa.

Florencia Battiti

Vista de la exposición "Los Durmientes [Mar Dulce]", de Enrique Ramírez, en el CC Matta de Buenos Aires, 2016. Cortesía: CC Matta

Vista de la exposición “Los Durmientes [Mar Dulce]”, de Enrique Ramírez, en el CC Matta de Buenos Aires, 2016. Cortesía: CC Matta

Vista de la exposición "Los Durmientes [Mar Dulce]", de Enrique Ramírez, en el CC Matta de Buenos Aires, 2016. Cortesía: CC Matta

Vista de la exposición “Los Durmientes [Mar Dulce]”, de Enrique Ramírez, en el CC Matta de Buenos Aires, 2016. Cortesía: CC Matta

Vista de la exposición "Los Durmientes [Mar Dulce]", de Enrique Ramírez, en el CC Matta de Buenos Aires, 2016. Cortesía: CC Matta

Vista de la exposición “Los Durmientes [Mar Dulce]”, de Enrique Ramírez, en el CC Matta de Buenos Aires, 2016. Cortesía: CC Matta


Enrique Ramírez: Los Durmientes [Mar Dulce]

Centro Cultural MATTA de la Embajada de Chile en Argentina, Buenos Aires

Hasta el 13 de mayo de 2016

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