El trabajo de Ángela Bonadies (Caracas, 1970) se centra en la memoria, el archivo, la identidad, el espacio urbano y en pensar la imagen fotográfica desde la fotografía. En su actual muestra en Abra, Caracas, titulada West Side, presenta un grupo de piezas armadas desde la pérdida, el duelo, la fragilidad y la precariedad que surgen de la revisión de su archivo fotográfico, así como de relaciones proyectadas fuera de su soporte.

El título de la muestra se relaciona con una serie de referencias personales que se entrelazan para conformar un discurso mucho más amplio: desde el apodo de una gran amiga de la artista que murió en febrero de 2014 durante los fuertes y reprimidos disturbios acontecidos en Venezuela, hasta el título del musical West Side Story, en el que bandas latinas y estadounidenses se enfrentan, evidenciando la vulnerabilidad de las minorías, los conflictos de identidad y la lucha por el poder. Bonadies construye ideas sobre la concepción del dolor y el duelo en Occidente desde el punto cardinal metafórico del ocaso, la entrada de la noche y la caída.

Las piezas que conforman West Side, con las que Bonadies trasciende y repiensa el medio fotográfico, “muestran rupturas y bloqueos, pórticos y cerramientos, dando pie a una pequeña historia de la posibilidad y la imposibilidad. Donde hay una pared, surge una ventana; donde hay un pórtico, se levanta un muro; donde no hay papel se improvisa un libro”.

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Vista de la exposición West Side, de Ángela Bonadies, en Abra, Caracas, 2016. Cortesía: Abra

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Vista de la exposición West Side, de Ángela Bonadies, en Abra, Caracas, 2016. Cortesía: Abra

Ángela Bonadies: Algo que veo en mi contexto (aquí y ahora) es cómo de alguna manera hay un reverso del orden. Me explico: se arma una pared y luego se necesita una ventana y se empieza a tumbar parte de ese muro para abrirla. En otros casos, donde hubo una ventana ahora hay un muro o un vacío tapiado. Algo de improvisación sobre un terreno frágil y en duelo, un duelo de sentidos: abrir un muro porque se suma una habitación, cerrar una entrada para evitar intrusos.

María Virginia Jaua: El reverso del orden que señalas lo veo más relacionado con el deseo de encontrar o de poner “lo que no hay”. Si hay un muro se quiere la ventana, si hay una ventana se levanta el muro. Y esto también nos lleva a la condición del hombre: un estado de permanente carencia. Y si a esto le sumas el miedo y la incertidumbre se puede volver algo esquizo… Un malestar dentro y un malestar fuera. La incapacidad de encontrarse. También el duelo y por ende el exilio poseen algunas características comunes con esa imposibilidad…

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Vista de la exposición West Side, de Ángela Bonadies, en Abra, Caracas, 2016. Cortesía: Abra

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Vista de la exposición West Side, de Ángela Bonadies, en Abra, Caracas, 2016. Cortesía: Abra

AB: ¿Crees que se puede hacer un duelo a través del arte? ¿Podemos hablar de alguien a quien perdimos hablando de la precariedad o fragilidad de un territorio, de una casa, de la arquitectura, de las ideas? ¿El duelo puede ser público: construido y expuesto?

MVJ: Antes de contestar la primera pregunta, voy a hacer una distinción que creo es importante. Las artes visuales “laboran” en el presente, mientras que la escritura o la literatura, si prefieres, “laboran” hacia el futuro o en una “atemporalidad”. Por lo menos aspira a ella. Digamos que anticipa o ve más allá de su tiempo (y eso es lo que hace que leamos hoy a Kafka y nos diga cosas sobre nuestra situación actual, o a los griegos y sigan siendo vigentes). Eso no ocurre con el arte o con la representación a través de las imágenes. Entonces para mí no puede ser igual realizar un trabajo de duelo a través del arte o de la escritura. Sin embargo, al ser el duelo un trabajo íntimo del ser, de la reconstrucción del ser en un estado de pérdida, claro que sí es posible hacerlo “productivo” en cualquier manifestación artística. Y cuando digo hacerlo productivo, me refiero no a una lógica común a la economía basada en el usufructo, sino a hacerlo productor de “vida”, es decir, en una perspectiva más foucaultiana.

Existen muchas estructuras, tantas como duelos. Cada uno tiene su particularidad, cada uno encuentra su forma de contarse. Hay que escuchar el duelo dentro de uno y él mismo te va diciendo, te va contando “su” historia. Pienso.

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Vista de la exposición West Side, de Ángela Bonadies, en Abra, Caracas, 2016. Cortesía: Abra

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Vista de la exposición West Side, de Ángela Bonadies, en Abra, Caracas, 2016. Cortesía: Abra

AB: Estoy de acuerdo con lo que dices de la diferencia de tiempos en los que laboran escritura y arte. Pero, ¿no crees que algunas piezas de arte han sabido también leer el futuro? Por ejemplo, Gordon Matta-Clark, Eva Hesse, Robert Smithson. ¿Piensas que laboraron sobre su tiempo? ¿Será que su pasado nos alcanzó? Hay un bellísimo documental de Chris Marker y Yannick Bellon sobre la fotografía de Denise Bellon: Le souvenir d’un avenir (Recuerdos del porvenir). Hay algo allí que de alguna manera explica esa relación temporal de arte y escritura.

MVJ: Cuando digo que el arte (o lo que llamo la representación) labora en el presente, lo hago de una manera intuitiva pero también pensando en que el objeto, la obra, concentra su interpelación en el tiempo. La obra de arte es inmediata, dice o no dice. Habla o calla, interpela en el presente. No sucede lo mismo con la escritura y digamos que el cine al no ser solo imagen sino también escritura, pues transita entre dos mundos. De ahí que en el cine se pueda anticipar el tiempo.

Esto no quiere decir que una pintura o una fotografía no pueda ser “leída” en otra época. Eso sin duda puede hacerse y se hace. Sin embargo, creo (y lo digo con mucha cautela) que una pintura o una fotografía están mucho más sujetas al presente y su capacidad de moverse en el tiempo está constreñida a su materialidad.

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Vista de la exposición West Side, de Ángela Bonadies, en Abra, Caracas, 2016. Cortesía: Abra

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Vista de la exposición West Side, de Ángela Bonadies, en Abra, Caracas, 2016. Cortesía: Abra

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Ángela Bonadies. Cortesía: Abra Ángela Bonadies. Cortesía: Abra

AB: El arte, cierto, está pegado a lo material. Creo que por eso cuesta tanto pasar afecto a una pieza, porque la “materialidad” puede tragarse una buena parte. Cuando estudiaba arquitectura compartí clase con una chica llamada Sonia. Ese semestre teníamos que diseñar una casa. El día de la entrega Sonia llegó sin maqueta y sin planos y empezó a explicar el proyecto sobre su mano. Para mí fue una representación perfecta. Ese año dejé la carrera y ella también. Es una anécdota pero la recuerdo como una iluminación. En una facultad tan constructiva, ella tuvo la capacidad de convocar otros espacios.

MVJ: Pienso que para ti –y para cualquier persona que trabaja con imágenes- sería indispensable leer el libro de José Luis Brea que se llama Las tres eras de la imagen. Ahí está muy bien explicado y expuesto -bien es cierto que con un alto riesgo para el productor, es decir, el artista- lo que cada tipo de imagen entraña a nivel ontológico.

Y el ejemplo de tu amiga, que presentó su proyecto arquitectónico en la palma de su mano, es excelente. Porque en él reside precisamente la libertad absoluta, es decir, la desmaterialización de lo que está esclavizado a la materia. Es por eso que quizás el mejor proyecto es el utópico, el irrealizable. El que se cumple en la mente del que es capaz de verlo y de tocarlo. Aquí también existe una relación directa con el tema del duelo, porque en el tránsito de la obra “perfecta” o “lograda”, es decir, la que está en nuestra cabeza, hacia la obra “material”, esa que se exhibe y que el espectador puede ver y/o tocar, está irremediablemente marcada por la pérdida. En ese camino de la producción de la obra se pierde “algo” y el artista vive atrapado en una condición contradictoria en la que es víctima y al mismo tiempo agente del duelo que es intrínseco a su práctica.