Borde costero es una denominación ambigua como todas aquellas que tienen que ver con el paisaje. El borde costero es una abstracción lingüística para denominar costaneras, malecones, paseos, ramblas, playas, acantilado y, también puede ser, solo paisaje. Es un hermoso eufemismo para definir un límite. Ese punto donde estamos a punto de caer, de caer al mar, todo lo que está de este lado del borde costero, claro, el lado desde donde Diego pintó (y yo escribo) es nuestro ambiente, donde desarrollamos nuestras actividades y nos sentimos guarecidos del acuoso y desconocido ambiente oceánico. Por lo tanto, la exposición de Diego Santa María en Galería NAC ya nos da una pista; nosotros estamos pensando un límite, una frontera natural generada por centenares, más bien milenios de erosión que han escindido aquello de las bestias terrestres (acá, este es nuestro bando) y de las bestias marinas (y ellos, esos con que no podemos convivir por razones biológicas, los habitantes de los océanos). El borde costero como acontecimiento geográfico debiese tener un comportamiento similar en donde se encuentre (salvando las diferencias climáticas y geográficas). Siempre hay una serie de fenómenos propios de la tierra –me refiero a nuestro planeta– que intervienen el ecosistema. Las piezas acá presentadas son casi un muestrario científico, cuidadosamente seleccionado, de un borde costero que tiene un fenómeno ni tan particular ni tan reflexionado, el que es doblemente intervenido: por la naturaleza y, por otro lado, por acción de hombres y mujeres que ocupan.

 

Diego Santa María, Borde costero, 2016, cemento, piedras, plantas y tierra sobre estructura metálica. Medidas variables. Foto: Juan Alemparte. Cortesía: Galería NAC

Diego Santa María, Borde costero, 2016, cemento, piedras, plantas y tierra sobre estructura metálica. Medidas variables. Foto: Juan Alemparte. Cortesía: Galería NAC

Diego Santa María, Borde costero, 2016, cemento, piedras, plantas y tierra sobre estructura metálica. Medidas variables. Foto: Juan Alemparte. Cortesía: Galería NAC

Diego Santa María, Borde costero, 2016, cemento, piedras, plantas y tierra sobre estructura metálica. Medidas variables. Foto: Juan Alemparte. Cortesía: Galería NAC

Diego Santa María, Borde costero, 2016, cemento, piedras, plantas y tierra sobre estructura metálica. Medidas variables. Foto: Juan Alemparte. Cortesía: Galería NAC

Diego Santa María, Borde costero, 2016, cemento, piedras, plantas y tierra sobre estructura metálica. Medidas variables. Foto: Juan Alemparte. Cortesía: Galería NAC

Diego Santa María, Borde costero, 2016, cemento, piedras, plantas y tierra sobre estructura metálica. Medidas variables. Foto: Juan Alemparte. Cortesía: Galería NAC

Diego Santa María, Borde costero, 2016, cemento, piedras, plantas y tierra sobre estructura metálica. Medidas variables. Foto: Juan Alemparte. Cortesía: Galería NAC

 

Hay algo que hace que los ciudadanos de este país intenten buscar montañas, costas, bosques, desiertos, llanuras, islotes, estepas y campos, como si fuesen güiñas escondidos en los parajes australes. Por ello, las chilenas y chilenos buscamos paisajes hasta el hartazgo, hablamos del mar y la cordillera como si se tratasen de madres o padres eternamente presentes; su ausencia es inevitablemente catastrófica, la condición telúrica sin lugar a dudas. Borde Costero tiene algo de bucólico pero nada de la relación con el geórgico, el campo está presente, en tanto su ausencia, o más bien, antecedente. Antecedente a una nueva manera de construir paisaje, a novedosas perspectivas de mirada, donde nuestras fortificaciones son resguardo y, a su vez, atractivos espacios y bellísimos anagramas visuales para el ojo curioso.

Las obras anteriores de Diego Santa María han sido elaboradas mediante diversos procedimientos, que tienen como finalidad más el goce que la reflexión a partir de conceptos o la ejecución de programas. Hay una edición cuidadosa, que no deja nada al azar, pero lo que selecciona y ejecuta es más que nada humores. Recordemos sus retratos en óleo y esmalte que buscan la abstracción. En ellos ya borraron las pinceladas y los gestos, obsesivamente son pinturas siempre en condición de procedimiento, donde predominan veladuras. Y, sin embargo, los fondos parecen cromas, en ello se representa una tensión de ejecución, pintura y reminiscencia a la cultura contemporánea; o colores artificiales y tradición académica (ya demasiado real por consagrada). Por otro lado, merece mención especial la Liga Amistosa donde intervino un espacio expositivo replicando las añosas pero ya casi olvidadas ligas de rayuela. Uno de los deportes nacionales, y así volvemos a los emblemas, puesto que como el paisaje, la rayuela es un rasgo identitario como esos barrios de casas bajas, fachadas antiguas y señoras que se ponen vestidos hermosos y sencillos, tal como si usasen ricos cortes con tafetanes para hacer compras sencillas. Eso particulariza la obra de Diego Santa María; los humores predominan como si los registrara, se involucra y los exhibe con melancolía, casi añorando un tesoro. Los retratos escindidos de realidad o única realidad personal, y el deporte de huasos, gauchos y campesinos; compartiéndolo solo por la posibilidad de hacerlo.

Las piezas que acá vemos han sido construidas sin acto deliberado, un accidente de trabajadores que han realizado la ocupación de un territorio, y como tal urbanizando, dan asiento a hombres y mujeres, pero sus huellas quedan. Ruidos en la naturaleza, que con la acción erosiva del viento, la lluvia y sus cargas químicas han modificado los materiales y elementos circundantes. Borde Costero es una muestra donde la naturaleza está todo el tiempo presente. El hormigón que conforma las esculturas se volcó sin premeditación obteniendo las formas de las plantas en su secado, o adhiriendo las plantas para sí; entre la tierra y la arena el hormigón no es lo mejor, pero sí se muestra presto a convivir con lo orgánico: es el caso de estas piezas. Sin embargo, por otro lado, vemos dos pinturas de gran formato que, fuera de cualquier programa o procedimiento, es un accidente premeditado (al contrario de las esculturas). También hay un desgaste, pero el de pintar sobre lo ya pintado, donde la carga del material genera craqueladuras propias de los objetos vivos ante el peso de la gravedad. Son dos telas pesadas y al mismo tiempo poco explicativas, porque son la solución a un sentir grato en el acto repetitivo de aplicar distintos pigmentos y técnicas sobre el soporte.

 

Diego Santa María, Borde y vacío, 2016, óleo y esmalte sobre tela, 216 x 166 cm. Cortesía del artista y Galería NAC

Diego Santa María, Borde y vacío, 2016, óleo y esmalte sobre tela, 216 x 166 cm. Cortesía del artista y Galería NAC

Diego Santa María, Cordillera de la costa IV, 2016, esmalte sobre piedra y pelota de fútbol. Medidas variables. Cortesía del artista y Galería NAC

Diego Santa María, Cordillera de la costa IV, 2016, esmalte sobre piedra y pelota de fútbol. Medidas variables. Cortesía del artista y Galería NAC

 

Finalmente, es interesante constatar estos nuevos procedimientos, que se alejan del desbaste o la adición para generar escultura, y propone la recolección, o que ante cualquier pretensión mimética o abstracta, el deseo de cargar la tela precede. Porque la arquitectura, su higienismo y cuidado nos han acostumbrado a buscar más allá justificaciones para las pulsiones más básicas, sencillas y terribles, por ejemplo: pasear por barrios antiguos y de viviendas bajas en Santiago casi como si se tratase de un pueblo del litoral (y poder hacer esa conexión con total impunidad). Es como buscar montañas y costas donde no las hay, buscar piscinas, rascacielos, construcciones, máquinas que modifican la ciudad como bosques donde lo orgánico desaparece; da forma, nos recuerda eso, pero de ello la distancia es tan grande que las conexiones solo son imaginarias.

En el caso chileno, en la depresión intermedia, el borde costero va desde el límite con el mar hasta la cordillera de la costa. Un pedazo acotado de nuestro país, aún más de nuestro continente. Pero como nos muestra Diego Santa María, riquísimo en recursos, imaginarios, recuerdos y placeres; eso es Borde Costero.

 

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Matias Allende Contador

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