Espacios alternativos, independientes, autónomos, autogestionados, espacios de artistas para artistas o, en todo caso, espacios culturales que se han construido fuera de instituciones privadas o públicas, claman intenciones similares. Usualmente surgen de manera orgánica y los que están detrás son individuos que buscan producir, investigar, compartir, exhibir, desarrollar con libertad e independencia sus proyectos y los de sus colegas. En los años 70 estos espacios nacieron como un acto de resistencia en contra de las instituciones, mientras que para algunos, hoy, estas son fuentes de financiación.

En Bogotá proliferan espacios de este tipo, algunos desaparecen con la misma rapidez que aparecieron y otros han logrado mantenerse por años. Cada uno con una identidad particular, como si fueran tribus urbanas. Algunos críticos, otros amantes de la academia, unos fiesteros otros caseros, unos multidisciplinarios otros específicos y unos con más ingresos que otros. Poco a poco van definiendo su propia personalidad. Cada espacio tiene su estilo, su público, su proceder, y todos aportan a una circulación de conocimiento sobre las diversas manifestaciones y expresiones artísticas de Colombia.

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Cooperartes, en Bogotá. Cortesía: Cooperartes

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Cooperartes, en Bogotá. Cortesía: Cooperartes

Cooperartes

Cooperartes nació en 1983 con Edgar Negret, Carlos Rojas, Ana Mercedes Hoyos, Enrique Grau, Eduardo Ramírez Villamizar, Maripaz Jaramillo, Beatriz González, entre otros artistas –de la misma generación– que han dejado huella importante en Colombia. Ellos lograron construir una red de colaboración en la que se van unos, llegan otros, y muchos que se fueron siguen en contacto. “Por ejemplo, hace poco José Antonio Suárez Londoño nos donó un dibujo para imprimirlo en tazas y venderlas”, cuenta Lía García, artista de Cooperartes. Bajo esa misma lógica es que han logrado comprar las casas por las que han pasado y mantenerse a lo largo de estos años.

El objetivo de Cooperartes ha sido, desde sus inicios, construir una cooperativa que beneficie a los artistas, para que tengan espacios de creación. Hoy día dictan clases para niños y adultos, dan asesorías a artistas, alquilan talleres y ofrecen residencias. “Este es un lugar silencioso. La gente sabe a dónde se está acercando, es un lugar para trabajar sin estrés y sin ningún tipo de carga social”, dice García. El fuerte de Cooperartes es el intercambio que hay entre los artistas que trabajan en estos talleres, todos con perfiles particulares, trayectorias cortas o largas y diferentes prácticas.

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Laagencia. Cortesía: Laagencia

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Escuela de Garaje, en Laagencia. Cortesía: Laagencia

Laagencia

Diego García, Mónica Zamudio, Santiago Pinyol, Mariana Murcia y Sebastián Cruz montaron una oficina de arte pensada como un espacio de experimentación y creación en el campo cultural, y “sin ánimo de pérdida”. La historia de esta oficina no puede narrarse de manera lineal, ni etiquetarse en una sola práctica porque ha pasado por diversos proyectos de investigación, residencias, talleres y muestras. “Pensamos a corto plazo. El futuro lejano no existe”.

Laagencia apareció por primera vez en el barrio Chapinero de Bogotá en el 2010 y hoy en día resume su historia en tres etapas: Constitución, Institución y Formación. “Este recuento, por un lado, responde a la historia de un espacio; su concepción, adecuación y uso, a las razones que llevaron a su abandono y lo que esto significó. Por otro lado, queremos entender y enunciar el espacio autónomo como un proceso y proyecto de aprendizaje. Este entendimiento de un espacio como proceso de formación tiene mucho que ver con el proyecto de la Escuela de Garaje en el que trabajamos actualmente”. Con este proyecto ganaron la curaduría de un Salón Regional y se encargaron de Articularte en la Feria Internacional de Arte de Bogotá en el año 2015.

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Salón Comunal. Cortesía del espacio

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Salón Comunal. Cortesía del espacio

Salón Comunal

Cuando Bernardo Montoya tuvo su primer hijo no podía seguir trabajando en casa por los químicos que utilizaba en su obra. Al buscar un taller se reencontró con un amigo de carrera, Camilo Molano, que ahora es cineasta. Ambos estudiaron artes en la Universidad de los Andes de Bogotá.

Camilo Molano tiene su oficina en una casa del barrio Chapinero que pertenece a su familia. Es un espacio de dos pisos, con jardín interior y un garaje, un lugar que Bernardo encontró para tener su taller. Al ver la cantidad de espacio subutilizado, Molano propuso activarlo de alguna manera. “Como yo he vivido las dificultades de conseguir un espacio para exponer, pensé que sería rico combatir eso. Espacios donde haya muestras bien hechas nunca van a sobrar”, cuenta Bernardo Montoya. Desde septiembre de 2013, fecha de apertura de Salón Comunal, él se encarga de curar las exposiciones colectivas o individuales y el salón de proyectos para desarrollar nuevas propuestas. En este espacio se ha privilegiado la pintura, sin embargo, está abierto al performance y al teatro. Hasta hoy, más de 50 artistas han tenido la oportunidad de mostrar y hablar de su trabajo y procesos. Salón Comunal es un “intercambio de tiempo, energía y conocimiento en un nivel horizontal”.

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Flora ars + natura. Cortesía del espacio

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Flora ars + natura. Cortesía del espacio

Flora ars+natura

José Roca, curador, esperaba abrir desde hace muchos años “un espacio que fuera menos expositivo y más de creación con los artistas y el público”. Flora ars+natura nació en junio 2013 como un resultado de otros espacios, contextos y lugares que Roca experimentó.

Junto a Adriana Hurtado, directora ejecutiva de Flora, compraron una casa en el barrio San Felipe que luego remodelaron. Lo que se pretende es, más allá de montar exposiciones, “generar interacción humana”. “No es hablar puramente de arte. En el fondo, la idea es crear comunidad”, dice Roca. Por ese motivo también han buscado la manera de integrarse a los habitantes del barrio con propuestas como Chocolate con los vecinos, reuniones para conversar sobre arte, medio ambiente y ciudad. También se vincularon a Echando Lápiz, un proyecto de Manuel Santana y Graciela Duarte que consiste en dibujar con diversas comunidades. Y mediante la vitrina se invita a los que pasan enfrente a darse una idea de lo que pasa adentro.

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KB – Espacio para la Cultura. Cortesía: KB

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KB – Espacio para la Cultura. Cortesía: KB

KB – Espacio para la cultura

María Paula Uribe, Luis Mayorga, Davide Gatti, Juan Uribe y Angelina Guerrero articularon sus conocimientos desde el negocio de restauración y bares hasta el trabajo con artistas y galerías para abrir este espacio. “Tomando con unos amigos, uno de ellos se dio cuenta que la casa de la abuela de una de las socias estaba ubicada en el barrio San Felipe”, relata Angelina.

En mayo del 2015, los cinco socios inauguraron un espacio con sala de proyectos para exposiciones o lanzamientos de libros. KB también ofrece un café-bar que según los horarios tiene diversas ofertas: por las mañanas pastelería y café, en las tardes salchichas alemanas. Además de arte, venden productos de diseño y organizan toques de bandas o DJs. Es un lugar que “con el tiempo la gente ha empezado a reconocer como un punto de encuentro”.

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Permanente, en Bogotá. Cortesía del espacio

Permanente

Permanente surge desde la inquietud de tres personas con énfasis profesionales distintos: un empresario, Juan Mario Rojas; un artista plástico, Alejandro Sánchez; y un curador independiente, John Ángel Rodríguez.

Todo empezó cuando el empresario se acercó al artista para comprarle una obra; de ahí surgió una relación y, poco a poco, creció una inquietud sobre los espacios autónomos en Bogotá, más puntualmente, en el barrio San Felipe, que desde hace unos años se ha convertido en un lugar donde convergen galerías de arte, talleres de artistas y otros espacios para la cultura. Finalmente, en agosto de 2015, nace Permanente con la idea de incentivar la creación de proyectos transdisciplinarios y promover iniciativas artísticas que vienen de procesos que hasta ahora están emergiendo en la escena local.

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Rat Trap. Cortesía del espacio

Rat Trap

Hace cuatro años, Carlos Velásquez, diseñador y músico, junto a Paola Acebedo y José Darcy, artistas plásticos, abrieron un espacio con la intención de generar una red solidaria. “Tenemos una raíz en la música punk, pero el espacio está dedicado a las artes plásticas y el diseño gráfico. Somos un espacio para la producción de música no corporativa y el arte no institucional”, explica Velásquez, director de Rat Trap. Organizan conciertos y exposiciones de diseño y arte,  lo que atrae por supuesto públicos diversos. “Buscamos desmitificar el arte sin volver trivial la obra. El público tiene la posibilidad de comprar obras por precios asequibles porque aquí se produce obra seriada”, dijo Velásquez.

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MIAMI. Cortesía del espacio

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MIAMI. Cortesía del espacio

MIAMI – Prácticas Contemporáneas

Un grupo de artistas plásticos necesitaba un espacio para desarrollar sus proyectos y se propuso encontrar una casa para compartir. En el año 2011 la encontró en el barrio Teusaquillo y se convirtió en MIAMI. Desde ese entonces, además de operar talleres, es un espacio activo en el medio cultural: un lugar para hacer exposiciones, lanzar libros y celebrar conciertos, para discutir proyectos con más artistas o con involucrados al mundo del arte contemporáneo. Celebran open studios para que los artistas y diseñadores que tienen su taller allí estén en permanente contacto entre ellos y con el público, para apoyarse y reflexionar sobre sus proyectos.

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Espacio Odeón, Bogotá. Cortesía: Odeón

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Leyla Cárdenas, Trama, 2015. Vista de la instalación site-specific en Espacio Odeón, Bogotá. Cortesía: Espacio Odeón

Fundación Espacio Odeón

Espacio Odeón rescató un edificio –que en 1939 fue una de las primeras salas de cine de Bogotá– con un proyecto para promover las artes contemporáneas desde sus diferentes expresiones. “Creamos la Fundación con el propósito de recuperar el espacio como un centro de cultura”, apunta Tatiana Rais, directora. En 2011, María Fernanda Currea, Juliana Steiner y Rais inauguraron el edificio con un enfoque in situ. “Buscamos invitar artistas de distintas disciplinas y nacionalidades a intervenir el espacio a partir de la arquitectura, la ruina y la historia que lo compone”.

Actualmente el equipo está conformado por Tatiana Rais, Ximena Gama, Diana Cuartas, Vanessa Adatto y cuentan con ayuda de practicantes. El espacio ha tomado cada vez más fuerza y reconocimiento en la escena artística. “Hemos encontrado que efectivamente había un vacío en la escena local para este tipo de proyectos. Los artistas buscan espacios para trabajar propuestas más arriesgadas y el público también está cada vez más interesado en conocerlas”.

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A seis manos. Cortesía del espacio

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A seis manos. Cortesía del espacio

A seis manos

Un colombiano y dos franceses montaron un espacio con la intención de mostrar la riqueza artística en Colombia y los aromas de la cocina franco-colombiana. “Al principio fuimos tres y después se unieron otras personas, amigos. Es la historia de la vida, algunos se fueron otros llegaron”, cuenta Christophe Vandekerckhove.

En el año 2010 encontraron dos predios, uno era una escuela de informática y el segundo un parqueadero para vendedores de la calle. Luego de adaptar este espacio para restaurante, conciertos, muestras de arte, ciclos de cine o talleres de baile, nació A seis manos en el centro de Bogotá. “Este es un espacio cultural, una ventana para los nuevos talentos, una reunión de disciplinas, una puerta abierta a la cultura”, añade Vandekerckhove.

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El Validadero Artístico. Cortesía del espacio

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El Validadero Artístico. Cortesía del espacio

El Validadero Artístico

La palabra validadero, en Bogotá, es un nombre que se le otorga a colegios que ofrecen graduar alumnos en tiempos record. A Carolina Zuluaga y Federico Daza les causaba curiosidad esa oferta cada vez que transitaban por la carrera Caracas y encontraban estos lugares que prometían graduar a sus estudiantes en seis meses. Esa figura de estudio los inspiró para desarrollar un proyecto pedagógico, alternativo y expositivo que fue posible gracias a una beca de circulación de prácticas artísticas del Instituto Distrital de las Artes (IDARTES), en el 2013. Finalmente, en el 2015 lograron conseguir un espacio físico en el centro de la ciudad y montar formalmente El Validadero Artístico.

“Estudiar en El Validadero Artístico puede ser una opción por los bajos costos y la calidad de la planta docente”, explica Daza. “Nosotros no validamos los procesos artísticos, tan solo creamos los espacios de discusión para su estudio a partir de procesos de experimentación. Al final todo termina en una parodia ceremonial de un grado a un título como certificación profesional, avalada únicamente por todos los participantes del proyecto como docentes, estudiantes y artistas invitados”.

El Mentidero. Cortesía del espacio

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El Mentidero. Cortesía del espacio

El Mentidero

A veces es restaurante, galería o un espacio común para muestras de artistas, estudiantes y dentro de poco también será piñatería. Paulo Licona convirtió su apartamento en casa, taller, oficina y espacio de exposición. “Este espacio es íntimo. Puede ser popular en la red, pero generalmente las inauguraciones son con muy poca gente. Y cada vez buscamos un ambiente más familiar, caserito”, describe Licona.

Esta iniciativa, que cumple dos años en mayo de 2016, la crearon Ana Rivera –quien se alejó para realizar otros proyectos–, Juan Obando –quien se encarga actualmente de Lucero, la hija del Mentidero en Boston, Estados Unidos– y Licona. Además de generar intercambios artísticos, ayudan a jóvenes artistas a crecer. “Pseudo representamos a un par de artistas tratando de moverlos y mostrarlos, sin pensar con ánimo de lucro. No recibimos plata por eso y esa no es la idea. Es más para potenciar gente joven”.

El Mentidero es un apartamento ubicado en el centro de Bogotá, es posible que mute a Lechona Art Institute para acentuar el carácter íntimo del espacio. Cuenta además con una residencia ara artistas, que puede durar desde una semana hasta tres meses. “Todo lo que hemos mostrado tiene un humor muy negro. Yo siento que es muy ecléctico” añade Licona.

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La Peluquería. Cortesía del espacio

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La Peluquería. Cortesía del espacio

La Peluquería

“La Peluquería nació de una trasquilada, 10 años atrás, viviendo en Londres, en donde por cuestiones extrañas del destino terminé cortando el pelo de mi mejor amiga cuando iba para una fiesta; la trasquilé pero quedó linda y muy agradecida”, recuerda Melissa Páerez, directora. “Seguí cortando el pelo a varios amigos y finalmente seguí el camino de las tijeras desde ese momento”. En el año 2007, apenas llegó a Bogotá, consiguió una casa en el barrio La Candelaria con ayuda de su familia para volver realidad un proyecto pensado desde las artes visuales y como espacio cultural.

Melissa Páerez montó una peluquería artística, donde los clientes no pueden verse al espejo sino hasta el final y, a la vez, es un espacio para diseñadores independientes, alimentos orgánicos y artistas emergentes. Un colectivo femenino –Peluqueras Asesinas–, variable y multidisciplinario, hace talleres que resultan en proyectos de arte y sociales. “Nuestra propuesta va más allá de ser un simple local o espacio comercial”.

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Julia Roldan

Nace en Bogotá, Colombia. Es comunicadora social con énfasis en periodismo. Se inclina hacia proyectos sociales y culturales en donde pueda ser gestora, mediadora o productora de actividades y contenidos.