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Patricia Esquivias, Archivo de fotografías de portales, 2012-2016. Foto: Patricia Esquivias. Cortesía de la artista

El trabajo de Patricia Esquivias (Caracas, 1979) se basa en la construcción de relatos, fundamentalmente a través de videos en los que intercala su voz con fotografías, dibujos o imágenes de archivo. De esta manera, crea un lenguaje propio con el que explora la brecha generada en el tránsito de la modernidad al presente y que nos lleva a cuestionarnos las lecturas oficiales de la historia, planteándonos alternativas y abriendo vías para una relectura de la modernidad y sus construcciones.

En A veces decorado, la muestra que presenta actualmente en el Centro de Arte Dos de Mayo, Patricia Esquivias nos invita a un paseo a través de la ciudad de Madrid, el norte de Marruecos y Colombia para acompañarnos en el redescubrimiento y el disfrute de paisajes cotidianos, prestando especial atención a la arquitectura, el urbanismo y los rastros de las personas que lo construyen, ya sea a través de sus historias personales o del trabajo que realizan.

Para esta exposición, Esquivias utiliza la arquitectura, la artesanía y las artes aplicadas como herramientas para abordar la ciudad y, por ende, el espacio público. De este modo, la investigación y la práctica artística se convierten en estrategias para crear vínculos con la ciudad y habitarla de modo consciente.

La obra que exhibe en el CA2M hasta el 5 de junio propone un recorrido que invita a fijarnos en elementos arquitectónicos cercanos que conforman el entorno cotidiano: elementos estructurales o decorativos, en muchas ocasiones humildes, como pueden ser los revocos de las fachadas madrileñas, o los pavimentos colombianos que Esquivias convierte en monumentos.

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Archivo de fotografías de revocos madrileños, 2013 – 2016. Foto: Patricia Esquivias. Cortesía de la artista

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Archivo de fotografías de revocos madrileños, 2013 – 2016. Foto: Patricia Esquivias. Cortesía de la artista

En este conjunto de obras, la artista presenta ejemplos de una arquitectura en la que no son importantes los grandes nombres sino los oficios y el trabajo de la gente anónima que la habita. Un ejercicio en el que mira al mundo que le rodea asumiendo que hay alguien detrás de aquello que investiga o persigue y que ese alguien tiene mucho que aportar. Estas contribuciones hacen que el trabajo presentado sea, en muchas ocasiones, una suerte de ejercicio coral que no existiría sin la fascinación por esas personas que aportan la dimensión humana del mismo. Es por ello que a lo largo de la exposición se encuentran continuas referencias a las personas que han colaborado con Esquivias en el desarrollo de los diferentes proyectos, intercalando su trabajo con el de otros artistas y artesanos, no sólo como una crítica al concepto de autoría artística sino como un reconocimiento al trabajo realizado y a la riqueza de los discursos compartidos.

En esta exposición Patricia Esquivias parte de la historia de unos edificios: los números 111-119 del Paseo de la Castellana, una de las avenidas principales de Madrid, anteriormente denominada Avenida del Generalísimo. Unos edificios construidos a finales de los años 50 y que representan un momento muy específico del régimen franquista: las políticas aperturistas, tanto en el ámbito político como el económico, que implicaron un ambicioso proyecto de transformación productiva y reconstrucción urbana. Este impulso desarrollista fue especialmente significativo en Madrid donde supuso, a nivel arquitectónico, dejar atrás el academicismo de los primeros años del régimen en favor de un tipo de arquitectura más acorde con los principios básicos de la modernidad. La arquitectura se convierte, de este modo, en una herramienta para la construcción del imaginario colectivo: un nuevo país a ser descubierto por sus habitantes y el resto del mundo. En este sentido, los arquitectos jugaron un papel fundamental, convirtiéndose en clientes y patrones de otros artistas, pintores y escultores que recibieron encargos para decorar la mayoría de los edificios de ese periodo.

Los balcones de los edificios de la Castellana fueron decorados con unos murales cerámicos realizados por el pintor Manuel S. Molezún y el escultor Amadeo Gabino por encargo del arquitecto Miguel de Artiñano. Unos murales que representan motivos de diferentes ciudades europeas (muestra del “aperturismo” del momento) y que, como podemos ver a través de las acuarelas, los dibujos y las postales intervenidas de Molezún y Gabino, se corresponden con las imágenes dibujadas durante los viajes que realizaron por Europa a principios de la década de los cincuenta. Un periplo que compartieron junto con el arquitecto Ramón Vázquez Molezún con quien trabajaban bajo el pseudónimo de MOGAMO. Un colectivo que era un fiel reflejo de los debates intelectuales de la época en torno al potencial colaborativo de las diferentes disciplinas artísticas y la unión de las Artes (entre las que se incluía la arquitectura). Una discusión común en los círculos europeos y americanos.

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Patricia Esquivias, Murales de cerámica realizados por Manuel S. Molezún y Amadeo Gabino en 1958, 2013-2015. Cortesía de la artista

Mural Recuperado, Manuel S. Molezún, 1958 (2016) es uno de los murales del edificio, una pieza que Patricia Esquivias intentó que se incluyera en la colección de diferentes museos de la ciudad como una muestra del patrimonio histórico a preservar y que, finalmente, ha pasado a formar parte de la colección del CA2M como donación de la artista. La artista cuestiona con este ejercicio tanto los mecanismos de legitimación artística que ha generado el arte contemporáneo, como el desplazamiento y el poco valor otorgado a las prácticas artísticas cuando estas cumplen una función decorativa.

En su deseo de saber más acerca de estos encargos, Esquivias conoció a Fernando Garrido Rodríguez, marido de la sobrina de Artiñano y con quien este último había compartido despacho una temporada. Un encuentro que no aportó ninguna información a la investigación en torno a los edificios, pero que llevó a una colaboración más extensa entre la artista y el arquitecto, que se plasmó en una publicación: El mundo según Patricia Esquivias, presente en la exposición. Este libronos acerca, a través de los proyectos de Garrido, a los márgenes de la arquitectura de la época, mostrándonos sus diseños en los que busca desarrollar, muy influenciado por Frank Lloyd Wright y Alvaar Aalto, una arquitectura en relación con la naturaleza, en la que la luz es elemento que define el espacio.

Otra de las personas con las que Esquivias colaboró a raíz de la investigación es Guadalupe González-Hontoria y Allende Salazar, cuñada de Miguel de Artiñano, quien ganó un coche en los años 60 y a partir de ese momento comenzó a viajar por España comprando piezas de artesanía. Así consiguió reunir la colección de artes populares más grande del país, que donó al Museo de Artes y Tradiciones Populares, perteneciente a la Universidad Autónoma de Madrid. El proyecto vital de González-Hontoria responde al deseo de Patricia Esquivias de visibilizar el papel del artesano, un artesano al que, como dice Walter Benjamin, la modernidad relega a un segundo plano, en gran parte debido a la urgencia de la información y al desarrollo técnico.

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Patricia Esquivias, still de video de Generalísimo/Castellana 111-119, 2014. Cortesía de la artista

Cuadro del mar (2015) responde a esta voluntad de mostrar el potencial de la artesanía, y lo hace a través de un juego de traducción por el que el mural de mármol de la entrada del edificio de la Castellana se transforma en un tapiz tejido a mano. De este modo, Esquivias no sólo altera los materiales sino que también juega con los temas que estos utilizan, cuestionando las reglas establecidas en cuanto a motivos y técnicas y forzando los modos de hacer tradicionales. Un proceso en el que, del mismo modo que en los escaneos de los revocos madrileños, es fundamental el tiempo dedicado a ello, el estar ahí, como ocurre con la mayoría de saberes artesanales que requieren de tiempo y dedicación para poder existir.

La arquitectura a la que presta atención Patricia Esquivias es una arquitectura cercana, humilde, que podríamos definir como popular y que nos abre puertas para entender el contexto y la historia del país en el que se produce. Así, en Walking Still (2014) recorremos las calles de pequeños pueblos colombianos a la búsqueda de aceras cuyo pavimento nos muestra motivos precolombinos que son recuperados y mostrados como parte de un pasado lejano pero decisivo en la historia americana, todavía por revisar desde la historiografía oficial española.

Un ejercicio similar es el que Esquivias plantea en torno a la relación entre España y el norte de Marruecos, más concretamente la cordillera del Rif que Esquivias recorrió siguiendo los pasos de Alberto Sánchez. Para ello parte de El pueblo español tiene un camino que conduce a una estrella (ca. 1937), obra emblemática de Alberto Sánchez y que se presentó por primera vez en el pabellón de la República, la representación española en la Exposición Universal de París de 1937. Este pabellón, construido en plena la Guerra Civil, y en el que participaron artistas como Pablo Picasso, Luis Buñuel o Julio González, entre otros, sirvió para denunciar los horrores de la guerra y recoger apoyos para la causa republicana. En la exposición se muestran dos elementos aparentemente desconectados entre sí: una pared que hace referencia a la albañilería popular rifeña y una imagen de la escultura de Alberto Sánchez. Ambos responden a dos hechos fundamentales en la historia reciente de España: la ocupación española del Rif y la Guerra Civil. Y esta es una de las grandes riquezas del trabajo de Patricia Esquivias: cómo a través de la articulación de elementos aparentemente carentes de relevancia se pueden generar relatos que cuestionan los mecanismos que construyen la historia que, a su vez, se convierte en una herramienta para revisar cómo vivimos, los espacios que habitamos y las contradicciones de nuestra sociedad.