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Vista de la exposición Doméstica, de Jorge Cabieses-Valdés, en la Sala MNBA Plaza Vespucio. Cortesía: Sala MNBA

“Se podría considerar que el arte contemporáneo políticamente correcto es un verdadero Caballo de Troya”. Esta es la sentencia que estableció el artista chileno Jorge Cabieses-Valdés hace ya varios años al ser interpelado respecto a la relación entre arte y política en el medio local. Se trata de una declaración que realizó hace más de una década como parte de una entrevista para el video Arte y Política III (ARCIS, 2004). Actualmente, esta afirmación podría considerarse fuera de contexto, sobre todo por el enfoque desde el que emanó: un video-documental sobre las artes visuales en Chile que enfatizaba en el devenir de esta área durante los años 90 y comienzos del 2000. Aún así, es una idea válida –o deberíamos esperar que lo fuera–, incluso para nuestro tiempo. Pero, ¿por qué volver a dicha referencia? Esta surge a propósito de la última muestra del artista, titulada Doméstica, que se exhibe actualmente en la Sala de Arte perteneciente al Museo Nacional de Bellas Artes ubicada en el Mall Plaza Vespucio de Santiago. El asunto podría sintetizarse de la siguiente manera: ¿hablamos aquí de un Caballo de Troya?

La Sala MNBA Plaza Vespucio se encuentra en un rincón de un centro comercial -pionero en la fórmula de los malls en Chile y uno de los más concurridos a nivel nacional-, conviviendo con una librería, una tienda de decoración, una heladería, una tienda deportiva, un cine, un Starbucks y restaurantes de toda índole. Allí, esta suerte de embajada del Museo Nacional de Bellas Artes cumple la difícil misión de irradiar cultura visual contemporánea a una zona que prescinde completamente de ella. Se trata de un espacio de confluencia en el que, por el contrario, sólo prolifera la llamada “cultura del consumo” (debido a la concentración de servicios, en algunos sectores de Santiago los malls han pasado a convertirse en los principales puntos de encuentro, función que antes cumplían urbanísticamente los paseos y las plazas públicas). Es justamente ésa la dirección adonde apunta el proyecto del museo, denominado Museo sin muros, como figura de apertura hacia un público corriente, deshabituado o no especializado: aquel público que no se ha forjado como consumidor de arte. La contraposición entre consumir cultura y la “cultura del consumo” se grafica ejemplarmente en el contraste generado entre este espacio de exhibición, nacido en los primeros años del 2000, y el lugar donde se asienta: un colosal centro de ventas.

Sin bien la frase citada de Cabieses-Valdés apuntaba particularmente a la posición del arte contemporáneo frente al mercado –cómo un artista refractario puede ser coherente, políticamente hablando, dentro de los círculos donde se desenvuelven las artes visuales en nuestro país–, la imagen del Caballo de Troya se ajusta a cabalidad a los fines de esta sala de arte. En este punto cabe preguntarnos de qué manera el artista resuelve su inscripción en un espacio como éste, de implicancias inmanentemente políticas (como es lógico, la “cultura del consumo” y su consolidación a través de la exacerbación de lugares exclusivos de comercio responde a decisiones y enfoques gubernamentales y transnacionales claros). Ahora bien, ¿de qué forma el arte puede actuar estratégicamente frente a su contexto?, ¿puede llegar a convertirse en un Caballo de Troya?

El arte contemporáneo es deudor de una historia que se ha disputado entre la autonomía de su propio lugar en el mundo y la fusión con la realidad concreta del mismo. La etapa posmoderna del arte se presentaría precisamente como el resultado de la contaminación entre ambas orientaciones. Es por esta razón que una obra ceñida a los códigos del campo artístico es libre de hacerse cargo, de acuerdo a la perspectiva del artista, de su entorno inmediato (la corrupción de los formatos clásicos que las neovanguardias del siglo XX se encargaron de institucionalizar estableció una relación directa con los componentes que integran el acontecimiento de la obra en un lugar y tiempo específico). Bajo estos términos, una obra “políticamente correcta” no podría descuidar factores tan determinantes como los modos de financiamiento, los temas a los que alude y, en este caso particular, el espacio físico que la posibilita (sus aspectos históricos, materiales, institucionales, geográficos, etcétera).

En este sentido, Doméstica es una muestra que no omite ni aísla las implicancias inherentes a la sala donde se emplaza. Habla desde un mall, trabajando elementos que se vinculan directamente con éste, como son los productos electrodomésticos –ya instalados en la trayectoria artística de Jorge Cabieses como parte de su itinerario visual– y el hábito de lo desechable en las sociedades contemporáneas. La obra consiste en el sumergimiento de distintos aparatos de uso doméstico bajo las aguas del Pacífico frente a las costas de Quintay, en la quinta región de Chile (un precedente de este gesto fue La balsa de la Medusa naufraga en costas chilenas, realizada el año 2005 por la artista Judith Jorquera). El resultado de la permanencia de estos objetos durante 301 días en las profundidades es lo que se presenta a los espectadores-consumidores que visitan la sala del MNBA en el Mall Plaza Vespucio. Aquí la dicotomía entre idea y experiencia se zanja en una contraposición. Frente a la seducción de las vitrinas comerciales aledañas y el misterioso e impulsivo placer de comprar, Jorge Cabieses-Valdés propone una obra que deja de lado la experiencia de las cosas para componer un esquema objetual y videográfico que se limita a dar cuenta de una “puesta a prueba”. Vale decir, el lado estético no posee tanto valor en sí mismo como el proceso y los resultados que constituyeron a la obra tal como se ofrece.

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Vista de la exposición Doméstica, de Jorge Cabieses-Valdés, en la Sala MNBA Plaza Vespucio. Cortesía: Sala MNBA

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Vista de la exposición Doméstica, de Jorge Cabieses-Valdés, en la Sala MNBA Plaza Vespucio. Cortesía: Sala MNBA

Si observamos la producción visual contemporánea podemos darnos cuenta que la relación entre la forma y el o los contenidos que se sugieren representan un equilibrio difícil de lograr. La “coherencia política” puede socavar los rendimientos estéticos, así como la concentración exclusiva en los aspectos formales puede restar parte importante de la agudeza a una operación visual. En esta suerte de dialéctica se debate toda propuesta de obra. En el caso de Doméstica, el aspecto conceptual se sobrepone a los resultados estéticos: los distintos objetos que se exhiben, entre ellos una cafetera, un extractor de jugo, una tostadora, una plancha de ropa, un secador de pelo, una batidora, han pasado por un evidente proceso de transformación. Estos fueron revestidos por la erosión y la vida marina sin que el artista incidiera directamente en ello. Pero si bien el resultado no estaba en sus manos, sí lo estaban las decisiones que determinaron la materialización de ese fenómeno. La obra es preponderantemente conceptual en la medida que sobresale la información que la compone por sobre la experiencia y las cualidades que ésta revela en su momento de exhibición.

La inmersión en un contexto supeditado a la seducción del consumo conduce a decisiones del siguiente tipo: ser una obra más alienante, más provocadora que lo provocador, o bien retrotraerse a dicha seducción, a la impulsiva experiencia del “poder adquisitivo”, construyéndose en la abstracción de lo inmaterial -como idea, concepto o pura información-. Sin cerrarse tajantemente dentro de una de estas resoluciones, Cabieses-Valdés pone el énfasis en la segunda opción. ¿De qué idea o información se trataría? De la obsolescencia. En términos históricos, un nuevo tipo de obsolescencia: la obsolescencia de la producción industrial contemporánea.

Doméstica es un experimento que comenta el tema de la producción serial y masiva de objetos caracterizados por una vida útil limitada. Conocida es la acumulación de artículos manufacturados que contaminan nuestro planeta debido a su lenta biodegradación. En el circuito económico en el que vivimos, el énfasis en el consumo ocupa un lugar fundamental. Esta distribución masiva e irreversible de productos es un problema que incrementará con los años y afectará más agudamente a las futuras generaciones. Además de los electrodomésticos sumergidos, los que ahora se observan oxidados, cubiertos por pequeñas algas y diminutos moluscos, la exposición presenta dos videos que documentan la etapa en que éstos son sumergidos en una malla de pesca –uno de ellos fue filmado desde la superficie y el otro al interior de las aguas–. Estos videos patentan el énfasis antes señalado respecto al proceso de obra.

La exposición de Jorge Cabieses-Valdés incluye a su vez un video digital realizado en el año 2008. Titulado La Miniatura (Tostadora), consiste en una performance llevada a cabo en los acantilados de Dover, en Inglaterra. El video muestra al artista uniendo distintos tipos de extensiones eléctricas hasta llegar al borde de un acantilado, lugar en el que conecta una tostadora y la arroja al abismo (¿una poética del suicidio?). Este video incluye elementos que podrían asumirse como antecedentes de Doméstica. Por esa razón, resulta una inclusión coherente con la muestra.

Si bien la figura del Caballo de Troya simboliza una jugada maestra, una estrategia de infiltración que conduce a la victoria, cuestión que se torna difícil de dimensionar cuando hablamos de las artes visuales, sus significados no deberían perderse de vista. Muchas veces buscar de forma ensimismada la coherencia resta efectividad, y el compromiso excesivo con los resultados, en el caso contrario, provoca el descuido de la coherencia. En tiempos de post-vanguardia pareciera ser que la pregunta por la incidencia extra-artística ha perdido todo valor. Sin embargo, este no es ni debería ser un asunto saldado. El naufragio que Cabieses-Valdés trae ante nosotros, como tópico, es más bien global, sin que por ello fortalezca su sentido gracias al lugar en el que se exhibe. En sintonía con la muestra, cabe destacar que tanto la Sala MNBA Plaza Vespucio como la exposición Doméstica –a diferencia de la hipocresía publicitaria de muchas de las grandes marcas– son verdaderamente “amigables con el medio ambiente”. Consumir arte es completamente limpio: éste es un punto a favor.

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Diego Maureira

Nace en Santiago de Chile. Es Licenciado en Artes con mención en Teoría e Historia del Arte por la Universidad de Chile. Se desempeña actualmente como ayudante en cátedras de arte moderno y contemporáneo, y ha publicado ensayos e investigaciones ligadas al arte chileno de las últimas décadas.