A Cuba le cuesta lidiar con la noción de cambio, eso es un hecho. Luego de tantos años interpretando su propia temporalidad, acompasarse a las dinámicas del “outside” constituye un reto mayúsculo. Por eso cuando alguien me pregunta sobre la Cuba de hoy, la post diciembre 2014, la de los restablecimientos y pactos estratégicos, yo, simplemente, no sé qué decir. De la noche a la mañana nos hemos revelado trending topic, escala obligada de celebrities, objeto de deseo, nosotros que, como bien diría Gilberto Padilla, siempre llegamos tarde –ya no me queda claro si por voluntad, temperamento o inercia histórica–. Lo cierto es, no obstante, que el cambio está ahí (al menos eso nos han dicho). No ha pedido permiso o tocado la puerta, simplemente la ha derribado en un exasperado arranque de ansiedad.

Ante la imposibilidad de asumir de manera armónica este viraje, irrefrenable al parecer, los cubanos decidimos seguirle el juego a la circunstancia. Porque de eso,  no cabe duda, sí que sabemos. Así, el accionar se transforma en gesto, simulacro. Y es que sigue quedando pendiente la constatación de los modos en que semejantes permutas terminarán implementándose en la isla. A la retórica del cambio nacional, que ha venido de la mano de un rosario de guiños y pequeñas escenificaciones de apertura, se contrapone la expectación de todos. La duda, ¿dónde buscar el link que conecta las visitas (y fotos sobresaturadas) de Katy Perry, Rihanna y Paris Hilton a La Habana, con un giro real en la vida de los cubanos? De momento, ese continúa siendo el eslabón perdido, la pregunta clave.

Pero está, del otro lado, la esclusa de la cultura. Y todo indica que será esa, y no otra, la brecha por donde comience a construirse la presunta posthistoria de nuestro país. Habría que preguntarse, sin embargo, qué motivaciones de fondo se hallan liderando semejantes movimientos, y quiénes terminarán beneficiados de ellos. No había pasado un mes desde la proclamación del 17 de diciembre, y ya los “analistas” de ambas orillas auguraban un alza en las cotizaciones de los artistas locales, un nuevo boom del mercado del arte cubano. Este vaticinio, convertido en mantra durante la duodécima edición de la Bienal de La Habana, se instauraría en el epicentro mismo de la ciudad, orquestando un espectáculo claramente direccionado al consumidor foráneo. Cuando digo foráneo me refiero, claro está, a norteamericano.

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Guisela Munita, 80 sillas de playa para contemplar la espera. Vista de la instalación en la 12va Bienal de La Habana, 2015. Foto: Mariella Sola

 

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Michelangelo Pistoletto, registro de performance Tercer Paraíso en La Bienal de La Habana, 2015. Foto: Mariella Sola

Toda la Bienal fue así, desenfreno y agitación. El mes de las lentejuelas y las inauguraciones, y las fiestas y las cenas por invitación. Ya luego el arte. Cada parte (artista, curador, coleccionista e, incluso, institución cultural) buscando acomodo en este puzzle rearticulado que promete un lugar en el paraíso de los fieles. Por esos días comenzó a desinhibirse una suerte de doble discurso en torno al arte –ya estaba montado desde hacía más de veinte años, pero sospecho que durante ese mes se radicalizó definitivamente–. Se trata de un discurso a dos tiempos que sabe armonizar, sin contradicciones de ningún tipo, producción plástica y despliegue comercial, proyecto expositivo y taller del artista. He ahí nuestra entrada formal al reino de los cielos.

La Bienal, puede decirse, marca el punto de arranque de esta carrera vertiginosa hacia no se sabe dónde. Hace pocos meses se inauguró, con la muestra Anclados en el territorio, una nueva sede de Galleria Continua. El hecho en sí no revestiría demasiada importancia para los cubanos (al menos no para los que nada tienen que ver con el mundillo del arte) si no se tratara, esta sede, de la primera galería extranjera radicada en el país después de 1959. Un espacio comercial que andará por cuenta propia avisa de que algo grande, ciertamente, está sucediendo ¿Pero qué? ¿Qué es ese algo? Yo creo que nadie lo sabe con certeza, y allí donde podría arengarse de ganancias y crecimientos (que es claro que puede haberlos), también es viable, e inaplazable, hablar de ingenuidad, mediaciones, pactos, oportunismos… ¿Cuánto ganamos, cuánto perdemos?

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Inauguración del nuevo espacio de Galleria Continua en La Habana. La sede cubana de esta galería multinacional se encuentra en el viejo cine Habana Aguila de Oro, en el barrio chino de la capital cubana. Cortesía: Galleria Continua

De momento, mientras estas cuestiones toman forma y las muchas interrogantes se aclaran, el arte cubano se prepara para el período de bonanza profetizado. O lo vive desde la virtualidad, lo está viviendo a su manera. Ninguno de nosotros quiere reaccionar cuando sea demasiado tarde y hayan pasado los quince minutos claves. Los ojos de buena parte del mundo están sobre la Cuba redescubierta y, dado el caso que es tiempo de apuestas, cada uno le pone a lo que piensa, puede generar mejores retornos. No es de extrañar, entonces, que la reciente Semana del Arte en Miami contara con la presencia de una nómina abultada de creadores cubanos. Todos, o casi todos estaban allí. El que se asomara a Miami o, en su defecto, a la web, vería una especie de Habana desplazada, una versión maquillada –con rímel diría un amigo querido– de La Habana insular. La otra.

Hace algunos meses conversaba con un artista cubano sobre esta serie de cambios que se suceden en nuestro país. Creo que ha sido de los pocos en mostrarse temeroso ante las implicaciones del naciente panorama. Yo, la verdad sea dicha, no acabo de enterarme de cuál es el mood adecuado para semblantear esta nueva etapa. A fin de cuentas, nunca le he temido al mercado y lo que representa, al menos no hasta ahora. Ese tipo de posturas reticentes me resultan demasiado románticas e infantiles a estas alturas. Tal vez porque he creído poder conservar el equilibro imprescindible para moverme en los extremos y no caer (la armonía, según los griegos, será lo esencial en la cultura). Pero a veces la Historia destruye las certezas más hondas y te pone a prueba. Y ahora, que hay que vivirla en tiempo real, y escoger, y tomar partido, ya nada es tan fácil. Un pequeño pasito nos separa del cinismo más atroz. Otro igual de pequeño, de todo aquello que el arte es y representa.

En cualquier caso, y amén de los caminos que tome nuestra producción plástica en los próximos cinco años (digamos), por ahora sólo tenemos una promesa de futuro. Una calle larga con tiendas oscuras. El mercado, ya sabemos, tiene la última palabra y van faltando indicadores que nos permitan elaborar una tesis definitiva: boom o burbuja. Sí que hay entusiasmo, cálculos, inversiones, una catálisis de nuevos modos de pensar y relacionarse con el arte. Uno mucho más pragmático indudablemente. No obstante, tampoco saben los cubanos las implicaciones objetivas de esta nueva narración que parece articular la vida nacional, la doméstica.

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Vista de la exposición «Wild Noise: Bronx | Havana» en el Museo de Bellas Artes de La Habana, Cuba, 2015. La muestra es la primera de un intercambio entre el MNBA de La Habana y el Museo del Bronx, en Nueva York. Foto: Joel Greenberg Photography

 

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Willie Cole, How Do You Spell America? #2, 1993. Parte de la muestra «Wild Noise». Foto: Joel Greenberg Photography

Un año ha transcurrido desde la aparición televisiva de Raúl y Obama y aún la bruma no termina de despejarse. A veces me cuestiono la pertinencia real de volver sobre la posición de nuestro arte en el mercado internacional, cuando preguntas mayores carecen todavía de respuestas. Preguntas esenciales. Quizá esta necesidad irreprimible de saber y especular sobre el filón económico de nuestra cultura sea el primero de los síntomas para entender a Cuba, o el arte cubano de hoy. O para demostrar que ciertos cambios ya se habían operado desde antes en la isla, y que lo acontecido no representa lo mismo para unos y otros. Hay una distancia insalvable entre el sector del arte y el resto de la sociedad cubana. No necesitábamos un 17 de diciembre para enterarnos de eso. Hay quien dice, también, que la nueva Historia del país ha comenzado a escribirse desde el arte. Y creo que es verdad, aunque no sé si eso es bueno o malo.

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Daleysi Moya

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