Roc Laseca, Doctor en Teoría del Arte y Prospectiva Cultural, curador e investigador, nos presenta este año el libro El Museo Imparable. Sobre institucionalidad genuina y blanda (Editorial Metales Pesados, 2015), conformado por cinco ensayos que reflexionan en torno a lo museal tensionando lo institucional, lo arquitectónico y lo histórico, reflexionando necesariamente en torno a su condición material desplegada en la ciudad y su localización territorial e histórica para desentrañar su proyecto.

En su primer ensayo, Manifiesto contra-museal, propone a modo de inicio la pregunta acerca de la viabilidad misma del museo: “¿Tiene algún sentido seguir pensando las posibilidades del museo? ¿Qué formas ha aprendido a manejar la institución en la proliferación de dinámicas permanentemente móviles y efímeras?” (p.17). El museo no está en crisis, nos anuncia en este capítulo. Todo lo contrario. De ahí el concepto que acuña y genera el título del libro: lo imparable. El Museo es imparable, rentable, funcional en su proyecto: drenar, ser un catalizador de presiones de intereses públicos y privados. No es independiente sino instrumentalizado. “Es el museo de todos que aspira a gestionar la indiferencia estética” (p.19). Así, en este capítulo, intenta analizar en sus capas más superficiales el concepto de Museo Imparable, generando el retrato de una institución clonada y monstruosa, carente de vida propia, enajenada y automatizada. Una plaga a nivel planetario. Su rol: “homogeneizar las posturas sociales y favorecer la sedación consensuada de la mirada por medio de una secuencia sincronizada de exposiciones, modos de intervención en el espacio público y relatos progresistas que funcionan al entregar valores de significado incontestables” (p. 20), asentado sobre lo contemporáneo como lugar de enunciación de su discurso totalizante y globalizado, desatendiendo lo local por un discurso a la vez homogeneizante. Desde allí Laseca acuña el concepto de “institucionalidad blanda”, usado para definir una estrategia que es “(…) condescendiente y aparentemente bienintencionada, propia de nuestros tiempos, afín a una cosmética solidaria y conciliadora” (p.22), donde lo suyo no es poner en crisis ni al arte ni a su propio estatuto museal, sino que acoger y conciliar desde un espacio a prueba de crítica, inclusivo hasta la anulación absoluta de la diferencia. La institucionalidad blanda fagocita los movimientos externos en pos de su propia estabilidad, en definitiva, “hace modificar el entorno para garantizar su supervivencia” (p.22). Así, lo anónimo, lo descentralizado y las manifestaciones radicales del exterior son estabilizados por esta institucionalidad blanda que da forma y lugar seguro a su manifestación. El Museo Imparable, carente de vida interna y de sangre que irrigue sus paredes, pero aún así aparentemente vivo, es lo que Laseca denominará como una ficción urbana zombi.

El Museo Imparable, emplazado en la ciudad genérica de Koolhas, esa “ciudad sin historia, fácil de mantener y con una enorme capacidad por autodestruirse y renovarse” (p. 34), cuya arquitectura carece de identidad precisa, sino que es más bien genérica, se vuelve objeto de consumo y no de uso, plantea Laseca, produciéndose una indiferenciación entre las figuras del espectador, el ciudadano y el consumidor. Pero no todo es crisis y apocalipsis. La propuesta de Laseca es un museo localizado, disensual, en el marco de una institucionalidad que “más que regular la candidez del imaginario plano, da por concluida la etapa de institucionalidad blanda con la restauración de la sospecha (…) para abrir las puertas de par en par al estímulo del pensamiento crítico, libre y participativo” (p.46). Como respuesta a lo planetario, lo local como modelo dialéctico dará paso al fin a un proyecto político (p.47).

A través de los capítulos de este libro, Laseca desarrollará esta idea desde la historia, la filosofía, la literatura y la ficción, generando cruces entre Hegel y Elizondo, lecturas apocalípticas e irónicas, hasta acercarse, por medio de la conceptualización del Museo Imparable, a la construcción proyectiva de un ideal y de una revolución tanto arquitectónica como institucional: el advenimiento de un museo político y crítico, cuya porosidad no asegure solo la introducción de lo otro en su esfera material e intelectual, sino que genere una política de la contaminación y la fricción entre el cuerpo institucional y el social.

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El museo imparable, de Roc Laseca, 2015. Cortesía: Editorial Metales Pesados

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Katherinne Lincopil

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