Fundación MAPFRE, en Madrid, presenta la primera gran retrospectiva de la obra de Paz Errázuriz (Santiago de Chile, 1944), una de las fotógrafas chilenas de mayor reconocimiento internacional, y quien junto a Lotty Rosenfeld representó a su país en la última Bienal de Venecia. Curada por el crítico de arte español Juan Vicente Aliaga, la muestra recorre, a través de más de 170 obras, cuarenta años de la dilatada trayectoria de esta fotógrafa, abarcando desde sus primeras obras de mediados de los años setenta hasta sus series más recientes.

En ocasión de esta importante exposición, Fundación MAPFRE ha publicado un catálogo con contribuciones de Aliaga, así como de Gerardo Mosquera, curador independiente, y Paulina Varas, investigadora y curadora independiente.

La muestra es un reconocimiento más a la obra de Errázuriz, tras una serie de exhibiciones y premios importantes fuera de Chile que comenzó en el 2012, cuando Mosquera curó, junto con Mónica Portillo, la exposición Aquí estamos, que reunió fotos de Errázuriz y Richard Avedon, Richard Billingham y Lilla Szász en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, dentro de la programación de PHotoEspaña 2012.

“La muestra introdujo –muy tardíamente– la obra de Errázuriz en Europa, causando un impacto notable. Ella, la menos conocida aquí de los expositores, había sido, sin embargo, la causante de la exposición. La idea del proyecto me surgió tras una visita al estudio de la fotógrafa en Santiago de Chile, cuando era director artístico de PHotoEspaña. Había estado antes allí, conocía a Paz, y desde hacía años me había impresionado su obra, que había apreciado sobre todo a través de publicaciones realizadas en su país. No obstante, al verme sumergido en el universo de sus imágenes y personajes en aquel ámbito de la vieja y muy bella casa-estudio de la artista –tan especial como sus propias fotos y los seres en ellas representados, donde estos parecían respirar en un ambiente que les era propio– tuve una suerte de anagnórisis. De pronto vi que aquella constelación de personas que destacaban por su diferencia –a veces chocante–, su marginalidad, su irregularidad personal y social, eran, al final, yo mismo, éramos todos. Las fotos poseían un poder de identificación al actuar como espejos fractales, en cuyos seccionamientos aparecíamos todos juntos, pero también como espejos que nos permiten mirar hacia adentro, en los cuales podíamos penetrar, no para explorar mundos fantásticos como Alicia, sino para descubrirnos despojados de nuestras benévolas auto-representaciones”, dice Mosquera en el texto que ha escrito para el catálogo, titulado Nosotros.

 

Screen-Shot-2015-12-14-at-11.57.31-AM1111Paz Errázuriz, Regias, Santiago, de la serie Personas, 1988. Cortesía: Fundación MAPFRE

 

De formación autodidacta, Paz Errázuriz inicia su carrera en los difíciles e inciertos años 70 de Chile, marcados por la llegada de la dictadura de Pinochet y una fuerte represión. Así, salir a la calle a hacer fotografías era, muchas veces, una actividad de riesgo, más aún en el caso de una mujer. Muy pronto la obra de Paz Errázuriz se centra en entornos y personajes marginales que se sitúan más allá de lo convencional, pero que se nos muestran llenos de dignidad y de naturalidad. Seguramente, eso se debe a su método de trabajo, que se basa en una suerte de antropología, donde la convivencia con sus retratados crea un clima de confianza y respeto necesarios.

Pero si bien el trabajo de Errázuriz pudiera considerarse “antropológico”, sobre todo por desarrollar series que exploran distintos ambientes y contextos específicos –incluso el de los indígenas kawésqar en la isla Wellington, en la región austral de Chile–, podría decirse que su “antropología” se halla más próxima a la tendencia actual de esta disciplina, que procura restringir el protagonismo del antropólogo para hacer hablar a las personas que estudia, según Mosquera.

“Paz intenta dar voz a sus retratados, quienes parecen afirmar: ‘aquí estamos’. Dentro de la situación de poder que implica toda relación entre un fotógrafo y una persona retratada, ella consigue pulsar la instrumentalización implícita hacia la subjetivización de sus modelos, que aparecen afirmados como sujetos. Esta agencia de los fotografiados es a menudo fruto de la relación de proximidad que la artista consigue establecer con ellos a lo largo del tiempo. Sus personajes siempre expresan algo más allá de sus imágenes, nos hablan, nos interpelan a veces. Plasman el ‘aquí’ de extraordinarios encuentros entre una fotógrafa y aquellos a quienes retrata. De ahí quizás esa familiaridad que sentimos ante sus imágenes, así procedan de ámbitos que nos son ajenos, ajenos/nuestros, según diría Bajtín”, apunta Mosquera.

La exposición se ha organizado en esta ocasión por grupos temáticos en los que se agrupan las diferentes series realizadas por la artista chilena.

 

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Paz Errázuriz, Dormido X, de la serie Dormidos, 1979. Cortesía: Fundación MAPFRE

 

Agentes y espacios del devenir social

La obra fotográfica de Paz Errázuriz irrumpe en Chile en un contexto político dominado por la dictadura de Pinochet. Sus primeros pasos están marcados por una situación de incertidumbre y riesgo para las vidas de quienes no apoyaron el golpe de estado. Salir a la calle con una cámara podía suponer sin duda un riesgo para quien quisiera captar la realidad, y una amenaza también para los que sostenían el orden marcial. Asimismo, es remarcable que en ese momento era todavía menos habitual el hecho de que fuese una mujer quien saliese a realizar dichas fotografías.

En 1980 Paz Errázuriz lleva a cabo su primera exposición individual titulada Personas, en el Instituto Chileno-Norteamericano de Santiago, y un año después funda con sus compañeros de profesión la Asociación de Fotógrafos Independientes (AFI).

En esos tiempos Paz Errázuriz posó su mirada en aquellos individuos que pasaban sus días a la intemperie, durmiendo en el suelo, malviviendo, sumidos en la indigencia (serie Los dormidos). Las imágenes registradas muestran una perspectiva nada heroica del país, inmerso en la pobreza. También en esos años y a lo largo de los ochenta Errázuriz ahondó en el modus vivendi de las clases adineradas, que exhibían su fortuna en los barrios santiaguinos de Las Condes o La Dehesa.

 

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Paz Errázuriz, Las Juezas, Santiago, de la serie Vejez, 1983. Cortesía: Fundación MAPFRE

 

Las edades de la vida (y la muerte)

En esta sección se reúnen obras que comprenden un amplio periodo de la trayectoria de Paz Errázuriz, siendo las más antiguas de principios de los ochenta y las más recientes de la primera década de nuestro siglo. El hilo conductor es el tiempo y su tratamiento en la imagen.

A mediados de los ochenta, Paz Errázuriz decidió fotografiar a su hijo Tomás una vez al mes durante cuatro años (julio de 1986-diciembre de 1990): su rostro serio se ofrece al espectador mientras la huella del cambio y los pequeños accidentes de la vida asoman. Años más tarde hizo un video –Un cierto tiempo, 2004- con el preciado material fotográfico, lo que permite subrayar la idea de continuidad y de ritmo visual.

Las edades extremas de la vida (niñez y vejez) son las más representadas por la artista en su obra, en la que incluye una mirada crítica hacia la infantilización social que afecta a los ancianos, así como otras cuestiones como la presencia del trabajo en las personas mayores. Consciente del culto a la juventud y a la belleza de nuestra época, la actitud audaz de la fotógrafa le ha llevado a adentrarse en un asunto tabú como el de la desnudez desinhibida de algunas personas de edad avanzada (serie Cuerpos), o en el del disfrute del tiempo de ocio (serie Tango).

Cierra esta serie un conjunto de imágenes -serie Memento mori– centradas en un cementerio de Santiago donde la autora posa su mirada sobre las fotos y otros elementos decorativos colocados por los familiares para evocar a la persona muerta.

 

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Paz Errázuriz, Infarto 38, Putaendo, de la serie El Infarto del Alma, 1994. Cortesía: Fundación MAPFRE

 

Reclusión

La privación de libertad de movimiento en un país sumido desde 1973 hasta 1990 en la dictadura provocó en la fotógrafa una búsqueda de las razones que llevan al confinamiento de determinadas personas. Estas circunstancias indujeron a Paz Errázuriz a visitar en repetidas ocasiones el hospital psiquiátrico Philippe Pinel de Putaendo, a doscientos kilómetros de Santiago, donde se encontró con personas desatendidas por sus propias familias. Allí hizo dos conjuntos de fotografías, El infarto del alma (1992-1994) y Antesala de un desnudo (1999).

Huyendo de una visión miserabilista, el ojo de Errázuriz se centra en los lazos humanos basados en el cariño y la ternura, en las relaciones de pareja creadas en el psiquiátrico. Las fotos se llenan de abrazos, de manos que se agarran, de cuerpos que se juntan. La aportación principal de El infarto del alma consiste en la valoración ante todo de la individualidad de los sujetos retratados y de las vinculaciones afectivas tejidas en el internamiento.

Unos años después de concluir esta serie, Errázuriz regresa al mismo universo de reclusión y lleva a cabo Antesala de un desnudo. Para esta serie escogió un lugar de uso corriente pero de evocaciones siniestras: las duchas. Los cuerpos hacinados en un espacio de paredes sucias y suelos manchados, y sobre todo la visión de las ancianas desnudas junto a las puertas enrejadas nos hablan de la brutalidad del sistema carcelario.

 

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Paz Errázuriz, Mujeres por la Vida, de la serie Protestas, 1988. Cortesía: Fundación MAPFRE

 

Lucha y resistencia

Desde 1981, estando activa en la  AFI, Paz Errázuriz salió en ocasiones a la calle en grupo para documentar los acontecimientos que se estaban dando. En esa década se tomaron gran parte de las imágenes de amplios sectores de la población chilena que participó en huelgas, en manifestaciones o en protestas contrarias al régimen.

Errázuriz siguió de cerca las actividades de Mujeres por la Vida, que tuvo un papel destacado en la concientización de la subordinación femenina. En 1985 fotografió el Día de la mujer captando desde los altos de un edificio del centro de Santiago la interrupción del tráfico por parte de un grupo de manifestantes y las prácticas disuasivas –lanzamiento de chorros de agua- o abiertamente represivas de las fuerzas del orden.

Otra de las series mostradas en esta sección es Mujeres de Chile (1992). En ella, la artista, como si hubiese iniciado una búsqueda sobre sí misma, retrató un conjunto de mujeres que trabajan en distintos oficios, cuyas vidas no reflejan los medios de comunicación ni los libros de historia: una maestra rural, una chinchorrera (recolectora de carbón), una mujer buzo…

 

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Paz Errázuriz, Evelyn I, Santiago, de la serie La Manzana de Adán, 1987. Cortesía: Fundación MAPFRE

 

El sexo, instrumento de supervivencia

Desde muy temprano en su carrera, Paz Errázuriz tuvo contacto con el mundo de la prostitución femenina. Sin embargo, fue entre 1982 y 1987 cuando dedicó gran parte de su tiempo a frecuentar a un grupo de hombres que se travestían y prostituían en distintos burdeles de Santiago y Talca.

En 1990 se publicó un fotolibro que recoge las fotos en blanco y negro de La manzana de Adán, así como textos y entrevistas realizados a los integrantes de una familia que en nada encajaba con el modelo burgués al uso. Una gran familia heterodoxa que rompía moldes y que se vio diezmada por el Sida, la precariedad económica y la persecución policial.

Errázuriz ofrece en La manzana de Adán un amplio paisaje visual en el que muestra la vida cotidiana de sus protagonistas: imágenes de la calle, de los preparativos de la noche y de las diferentes habitaciones en que posan en la cama como odaliscas.

No obstante, antes de iniciar este proyecto ya había conocido a algunas trabajadoras del sexo. Su interés continuó en las tomas en distintos burdeles de Curanilahue y Valparaíso (serie Prostíbulos, 1999-2002) en las que destacan el grado de complicidad que se detecta entre las mujeres y los clientes. No hay ningún glamour en estos burdeles pobres y el desnudo femenino brilla por su ausencia.

Una incursión reciente al norte de Chile la condujo a un prostíbulo perdido en el que pudo desarrollar la serie en color denominada Muñecas, Frontera Chile-Perú, 2014. Su mirada aguda traduce el nivel de confianza lograda con las prostitutas que se dejan captar por la cámara sin el menor recato.

 

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Paz Errázuriz, La luz que me ciega, de la serie La luz que me ciega, 2008-2010. Cortesía: Fundación MAPFRE

 

Impedimentos de la mirada

Paz Errázuriz inició en 2003 su serie Ceguera, hasta ahora inconclusa, en la que sus modelos han sido en todo momento conscientes de que iban a ser fotografiados. Los retratados aparecen a veces solos, o también en pareja, lo que destierra la idea del aislamiento de los invidentes.

Otra serie posterior, titulada La luz que me ciega (2010) la condujo al pequeño poblado de El Calvario, cerca de la localidad de Paredones, en la VI región de Chile. En ese lugar conocerá a una familia aquejada por la acromatopsia, una enfermedad congénita por la cual la realidad es percibida en blanco y negro. Además, esa falta de percepción del color va acompañada de una visión que está alterada gravemente. Las imágenes captan un drama contemporáneo de un pueblo en cuyo cementerio se repiten los mismos apellidos, lo que desvela una larga historia de incestos.

 

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Paz Errázuriz, Atáp, Ester Edén Wellington,. Puerto Edén, de la serie Los nómadas del mar, 1995. Cortesía: Fundación MAPFRE

 

La desaparición de una etnia

El encuentro con Fresia Alessandri Baker –cuyo nombre en lengua kawésqar es Jérwar-asáwer– hizo que en 1992 Paz Errázuriz diera un giro en la serie Mujeres de Chile, para trasladarla a su propio hábitat, la costa de los archipiélagos de la Patagonia occidental. Inicialmente Jérwar-asáwer no le permitió que le tomase ninguna foto, hasta que después de muchos años se estableciese entre ellas una relación de confianza. Esta es una de las pautas más apreciadas y valoradas que otorgan un carácter distintivo a las fotos de Errázuriz.

Años más tarde, la fotógrafa se adentró en la cotidianidad de una comunidad envejecida (serie Los nómadas del mar) que vive entre canales de la pesca de la cholga (molusco) y de la confección de cestos hechos con junquillos. Se trata de una etnia que se encuentra sumida en un proceso de extinción.

 

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Paz Errázuriz, Black Demon, de la serie Luchadores del Ring, 2002-2003. Cortesía: Fundación MAPFRE

 

Fortaleza y debilidad

En 1987 Paz Errázuriz quiso explorar un mundo tan supuestamente viril como el del boxeo. Acudió en un principio a hacer algunas averiguaciones al Club México de Santiago pero fue rechazada con el argumento de que las mujeres no estaban autorizadas a penetrar en un recinto masculino de dichas características. Pero finalmente pudo llevar a cabo su proyecto visitando la Federación Chilena de Boxeo.

El resultado de sus reiteradas visitas es una serie de imágenes (serie El combate contra el ángel, 1987) de hombres cuyo aspecto vulnerable hace dudar de la victoria a la que aspiran, pues Errázuriz los muestra fuera del ring o dispuestos a iniciar el entrenamiento. Sin embargo, más que una musculatura en su esplendor físico, vemos sobre todo cansancio, agotamiento y también precariedad y fragilidad.

Años después, tras viajar en autobús por el norte de Chile con un grupo de luchadores pudo descubrir unas realidades que no suelen asociarse con los practicantes de la lucha libre: la existencia de sus familias, su descendencia, su vida personal. Tampoco en este caso (serie Luchadores del ring, 2002-2002) le movió a dedicarles tiempo y atención la batalla de los cuerpos, sino la fragilidad y singularidad de unas vidas que no encajan con la normalidad por su carácter nómada y por la profesión a la que se dedican.

 

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Paz Errázuriz, Mago II, de la serie El Circo, 1988. Cortesía: Fundación MAPFRE El circo

 

El circo

En esta serie se retratan momentos de la vida diaria, anodina o no, de circos pobres, de aquellas personas que malviven en las barriadas de las ciudades sin contar con el apoyo de grandes anuncios o reclamos espectaculares.

La excepcionalidad del comportamiento humano despierta la fascinación de Paz Errázuriz, alimentando también su respeto hacia formas de vida que no son habituales para la mayoría.

En este caso la fotógrafa se aparta de las visiones estereotipadas y coloristas sobre el circo que lo relacionan con las risas de los payasos o el uso de animales peligrosos; su mirada se posa más bien en la cotidianidad de personas que hacen de su profesión un modo de vida sin estridencias, hasta el punto de que el acróbata o el mago pueden parecerse a cualquiera de nosotros.

 

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Paz Errázuriz, Exéresis I, de la serie Exéresis, 2004. Cortesía: Fundación MAPFRE

 

Exéresis

La serie única Exéresis (2004) que forma parte de esta sección es una rareza en toda su producción pues no ha sido realizada en su país sino en distintos museos europeos y norteamericanos como el Louvre (París), el Pergamon (Berlín), El Metropolitan Museum (Nueva York) y la National Gallery of Art (Washington).

Las imágenes muestran las estatuas fotografiadas que carecen de cabeza pues el encuadre las corta a la altura del pecho, de modo que la atención se concentra en la zona genital donde encontramos una cavidad o los restos de un pene extirpado. Las razones históricas, culturales y morales de la desaparición de ese órgano esculpido obedecen probablemente a mentalidades oscurantistas y/o a venganzas de origen religioso, pero el resultado le sirve a Errázuriz para reflexionar sobre la masculinidad desfigurada, en absoluto heroica, lo que crearía un cuerpo ambiguo, sin un género definido.

 


Paz Errázuriz

Sala Bárbara de Braganza, Fundación MAPFRE, Madrid

Del 16 de diciembre de 2015 al 28 de febrero de 2016