“La obra más fantástica que hice en mi vida fue La Menesunda”

Marta Minujín

El 27 de mayo de 1965 abrió sus puertas al público en el Instituto Torcuato Di Tella La Menesunda, obra creada por Marta Minujín y Rubén Santantonín, con la colaboración de los artistas Pablo Suárez, David Lamelas, Rodolfo Prayón, Floreal Amor y Leopoldo Maler. La Menesunda en lunfardo significa “mezcla” y “confusión”. Según sus creadores, no era obra ni happening, tampoco espectáculo. Era pura experiencia y provocación. Un proyecto descomunal que se convertiría en el escándalo del año, pero también en uno de los grandes hitos de la historia del arte argentino.

De estructura laberíntica, el recorrido incluía once situaciones y se organizaba a partir de una secuencia no lineal de espacios cúbicos, poliédricos, triangulares y circulares recubiertos por diferentes materiales que generaban estímulos multisensoriales y ocupaban la totalidad de la superficie de la sala principal del Instituto.

Cincuenta años después, el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires se convierte en escenario y testigo de una reconstrucción fiel que se despliega dentro de un espacio de 400 metros cuadrados en el primer piso y propone una experiencia que apunta a repensar la carga legendaria depositada en la obra original. De esta manera, su reconstrucción invita a hacer nuevas lecturas del pasado, pero también despierta reflexiones y sensaciones en un contexto contemporáneo.

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Marta Minujín y Rubén Santantonín en el ingreso de La Menesunda. Registro fotográfico de La Menesunda, mayo de 1965, Instituto Torcuato Di Tella. Archivo Marta Minujín

 

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La Menesunda, mayo de 1965, Instituto Torcuato Di Tella, cortesía Archivo Marta Minujín

 

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La sala de neones de La Menesunda, durante el montaje de 2015. Museo de Arte Moderno de Buenos Aires. Foto: Josefina Tommasi

 

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La Menesunda, mayo de 1965, Instituto Torcuato Di Tella, cortesía Archivo Marta Minujín

 

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Vista interior de “La Menesunda”, 2015. MAMBA. Foto: Josefina Tommasi

A La Menesunda se ingresaba por un túnel de neón que buscaba recrear las luces de la calle Florida, para luego pasar o bien a un espacio longitudinal donde se había ubicado una serie de televisores que, de los cuales dos reproducían la imagen del visitante en circuito cerrado o las imágenes captadas en el momento y otros cinco emitían imágenes de programas de televisión abierta, o bien a un dormitorio donde se veía una pareja en la cama en paños menores.

El espacio televisivo resumía la naturaleza del resto del recorrido. La presencia de los aparatos de televisión, incipientes miembros de la gran familia argentina, y la posibilidad para muchos de ver aparecer su imagen por primera vez en una pantalla, plantean una serie de cuestiones que aparecerán en forma recurrente en la obra: el avance desaforado y el uso doméstico de la tecnología y los medios de comunicación.

Luego, se descendía al interior de la cabeza de una mujer gigante donde una maquilladora se ofrecía para hacer masajes o maquillar al público y, a través de un visor ubicado en uno de los ojos, se podría tener la visión completa de la mujer reflejada en el espejo.

Según recuerda Marta Minujín, “después pasabas por una calesita que era una jaula redonda de hierro soldado que tenía una sola puerta y por ahí llegabas y estaba la puerta cerrada como una cárcel, pero en ese momento vos veías que se abría, te metías y ¡jum!, giraba sobre un solo eje y podías ir a varios ambientes. La puerta se paraba: la primera puerta que se detenía era una pieza en la que el piso subía y el techo bajaba, y entonces vos empezabas a caminar, ibas caminando en espiral y cada vez el techo se hacía más bajo, que estaba recubierto de intestinos gigantes, que eran bolsas de polietileno con arena. Entonces llegabas al centro de la espiral, metías la cabeza y veías paisajes hedónicos, lagos, montañas, una película.”

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La Menesunda, mayo de 1965, Instituto Torcuato Di Tella, cortesía Archivo Centro de Artes Visuales, Universidad Torcuato Di Tella

 

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La bajada al cuarto de maquillaje y masajes de “La Menesunda” 2015. Museo de Arte Moderno de Buenos Aires. Foto: Josefina Tommasi

 

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La bajada al cuarto de maquillaje y masajes de “La Menesunda” 2015. Museo de Arte Moderno de Buenos Aires. Foto: Josefina Tommasi

Luego seguían el espacio de la ciénaga, cuyo piso había sido recubierto con varias capas de goma espuma que dificultaban la marcha del espectador, y un ambiente con “olor a dentista” con un dial de teléfono gigante y un cartel que indicaba: “Apriete el botón para abrir la puerta”. Acto seguido, se sucedían un espacio que recreaba el interior de una heladera gigante con varios grados bajo cero y un bosque” de distintas formas y texturas, peludas, suaves, coloridas, que el público podía tocar.

Finalmente, según relata la artista, “pasabas a la pieza más fantástica, una octogonal de espejos, con una cabina de espejos también en el medio, con olor a fritura y ventiladores que tiraban papel picado fluorescente y se prendían luces negras, como estar en la calle Florida. Y de ahí salías”.

La obra apareció en el circuito del arte argentino como una exposición inusual, que arrastró tanto escándalo mediático como éxito masivo.

Los visitantes esperaban hasta tres o cuatro horas en la calle Florida para ingresar a la exposición. La prensa rioplatense recogió por entonces epítetos como “tontería“, “estupidez” (La Gaceta), lamentable” (La Nación), “enervante” (La Prensa), mientras que sus creadores fueron adjetivados de “locos“, “sinvergüenzas“, sin omitir un “sentimos que nos han tomado el pelo descaradamente” (Careo).

En contraste con la burla irónica de los medios, el potencial crítico de esta obra se encontraba en su capacidad para romper con los límites establecidos por una sociedad aún conservadora, desdibujando los contornos del objeto, para reemplazarlo por una obra de arte total, que apelaba a todos los sentidos del participante, interpelándolo y provocándolo con imágenes de la intimidad de los hogares argentinos y de su cotidianidad, apuntando a su voluntad para romper con las antiguas restricciones. 

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Vista interior de “La Menesunda”, 2015. MAMBA. Foto: Josefina Tommasi

 

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Vista interior de “La Menesunda”, 2015. MAMBA. Foto: Josefina Tommasi

 

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Vista interior de “La Menesunda”, 2015. MAMBA. Foto: Josefina Tommasi

 

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Vista interior de “La Menesunda”, 2015. MAMBA. Foto: Josefina Tommasi

El proyecto de reconstrucción de La Menesunda -realizado a partir de documentación, fotografías, videos, notas de prensa, material audiovisual y testimonios de los artistas que colaboraron con Minujín y Santantonín en la pieza original de 1965- implicó un trabajo conjunto de los departamentos de Curaduría, Diseño y Producción de Exposiciones, y Conservación del MAMBA, junto a Marta Minujín, quien acompañó cada etapa de su desarrollo.

El hecho de contar con la presencia de la artista hizo posible este gran proyecto. También se trabajó junto a un equipo de especialistas contratados para la ocasión, incluido el arquitecto Fernando Manzone.

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Marta Minujín en el túnel de neón. Registro fotográfico de La Menesunda, mayo de 1965, Instituto Torcuato Di Tella. Cortesía Archivo Centro de Artes Visuales, Universidad Torcuato Di Tella.

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Vista del proceso de reconstrucción de “La Menesunda” en el MAMBA, 2015. Foto: Josefina Tommasi

 

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Vista del proceso de reconstrucción de “La Menesunda” en el MAMBA, 2015. Foto: Josefina Tommasi

 

“El arte de hoy es para ser vivido y no para ser observado, si se le quiere dar un sentido de reafirmación de la espiritualidad latente en el hombre. Hice muchos happenings antes de pasar a las ambientaciones. Intentan sacar al hombre del medio que lo ha anquilosado, agrisado, llevándolo a situaciones vertiginosamente mudables y desconcertantes, pero también renovadoras, para mostrarle que en lo mismo que lo aniquila está su salvación, si no, se deja dominar por él”.

Marta Minujín

Algunos interrogantes curatoriales

Durante el proceso curatorial del proyecto surgieron diferentes interrogantes: algunos generales, que suelen plantearse al afrontar cualquier tipo de reconstrucción histórica, y otros específicos, relacionados directamente con La Menesunda.

Entre los interrogantes de carácter general, el primero que se planteó fue cómo recuperar en la actualidad el conjunto de relaciones materiales, sensoriales y simbólicas que hicieron posible la existencia de La Menesunda en 1965, sin caer en un ejercicio arqueológico de mera reconstrucción objetual, vacía de toda significación.

En estrecha vinculación con este primer problema surgió la pregunta por lo que podría diluirse o potenciarse al recuperar una experiencia propuesta hace 50 años. Por un lado, La Menesunda fue una obra polémica y novedosa para un público general y una experiencia de ruptura respecto de los lenguajes visuales de la década. Estas características la transformaron en una obra central del imaginario cultural argentino, que se fue cargando de múltiples significaciones y relecturas durante medio siglo. Su reconstrucción carece de las mismas características de novedad, polémica y ruptura, fundamentales en la potencia que generó la obra en quienes la vivieron en 1965. Esta diferencia propone una nueva experiencia que, antes de su inauguración, es imposible comprender cabalmente, pero que podría licuar la carga legendaria depositada en la obra original.

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Vista del proceso de reconstrucción de “La Menesunda” en el MAMBA, 2015. Foto: Josefina Tommasi

 

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Vista del proceso de reconstrucción de “La Menesunda” en el MAMBA, 2015. Foto: Josefina Tommasi

Por otro lado, esta reconstrucción realizada en 2015 invita a hacer nuevas lecturas del pasado, pero también despierta nuevas reflexiones y sensaciones en un contexto contemporáneo. Una de ellas está relacionada con el protagonismo del cuerpo, central en las rupturas estéticas de los 60, que se vincula con el acercamiento del arte a la vida, la liberación sexual o la violencia política, entre otros. En La Menesunda, el cuerpo del espectador es un elemento central de la pieza: sube y baja escaleras, se agacha, se estira, se marea en un canasto giratorio, pisa una ciénaga y se hunde, es rozado por diversas texturas para terminar proyectándose infinitamente en los espejos de un octógono. Se trata de un recorrido plagado de posibilidades de contacto con los materiales —trapos de piso y arpillera, pieles falsas, plásticos, cueros, telas y papeles—, que pone al tacto en primer plano. Es una situación poco usual en el campo artístico, por lo que cobra nuevas dimensiones en un contexto en el cual el contacto físico se ve cada vez más desplazado por la asepsia y el miedo al contagio. El ámbito de lo tocable se convierte, así, en algo poco deseable, sobre el cual, sin embargo, La Menesunda avanza enérgicamente.

En la actualidad, el uso de las tecnologías digitales está modificando las experiencias corporales: las relaciones sociales se entretejen dentro de mundos cibernéticos e hipervinculados. Así, La Menesunda traza una línea entre dos momentos singulares del cuerpo. Recupera una  forma de percibir con todos nuestros sentidos, a la vez que nos permite reflexionar sobre la paulatina pérdida de lo físico en nuestras experiencias actuales, en favor de un predominio de lo visual y lo virtual.

Entre los desafíos específicos, el primero que surgió, incluso antes de tomar la decisión de realizar el proyecto, fue proponer la reconstrucción de una obra colaborativa con la presencia de uno solo de sus autores. La ausencia de Rubén Santantonín (1919-1969) constituyó un dilema central que ponía en cuestión la posibilidad misma de llevar a cabo el proyecto. Si bien la presencia de Santantonín en la versión de 1965 fue palpable durante todo el proceso de investigación, ya que sus reflexiones en torno al arte se trasladaron en forma directa a la obra, se decidió transformar esta disyuntiva en una oportunidad para trabajar en un proyecto de reconstrucción histórica con una artista viva, una de las más grandes agitadoras de la vanguardia artística argentina. La posibilidad de contar con la presencia de Minujín en cada paso del proceso se manifiesta como una oportunidad única y es, además, garante de su fidelidad histórica. Preocupados por comunicar muy claramente la ausencia del aporte presencial de Santantonín en la versión actual así como la presencia de Minujín, fundamental para finalizar muchos detalles no documentados, los curadores llegaron a la proposición de nombrar a este proyecto de reconstrucción La Menesunda según Marta Minujín.

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Nota a tener en cuenta: la sala tendrá una capacidad limitada, por lo tanto el ingreso será por orden de llegada. Los niños y menores de 16 años deberán ingresar acompañados por un adulto (hasta un niño por adulto). La sala no cuenta con acceso para personas con movilidad reducida y se solicita el acceso con calzado sin tacos.

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Marcelo Gutman

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