Los museos en Chile son un histórico malestar. Representan una de las principales infraestructuras culturales, pero se desperdigan a lo largo del territorio sin mucha coherencia. Por coherencia, consensuemos, no debemos entender la total irracionalidad o ineficiencia, sino meramente la ausencia de un criterio sistémico. Los museos responden a diferentes intereses, proponen distintos acercamientos y nacen de variados orígenes; se administran, por si fuera poco, bajo gestiones que muchas veces son completamente disímiles entre sí y, finalmente, poseen poca articulación como sector. Los museos, siguiendo este histórico malestar, han demostrado la necesidad de responder a estas carencias (de sistema y de sector) con una solución esperada con ansias: una política nacional para sus singularidades y universalidades.

En la actualidad, la formulación de una política nacional de museos halla distintos desafíos que son comprobados comúnmente por su sector. A la tradicional dicotomía entre museos públicos/privados se le suma una complejidad de factores, partiendo desde la descentralización (instituciones nacionales en comparación a las regionales) hasta llegar a la materia de la que tratan: en Chile, existen museos de historia natural, glorias militares, cultura popular, obras precolombinas, expresiones comunitarias y, desde luego, obras de arte. Sin embargo, pareciera ser que la falta de una política de sector haya consolidado una suerte de miopía en torno a esta diversidad de naturalezas y perfiles. Cada micro-sector pareciera sólo tener a la vista lo que ocurre en su respectivo nicho, sin poder visualizar más allá de los muros y pilares que erigen su infraestructura museal. La consolidación de este mecanismo disgregado de auto-comprensión hace de los museos, nuevamente, un sector que requiere una respuesta política: ante la excesiva categorización de sus modos de ser, nace la urgencia de desarrollar puentes de cohesión, acercamiento y diálogo. En estos puentes (que cruzan los pilares, arcos y vitrales de sus edificios) los museos pueden encontrar un gesto fundante para modernizarse, crecer y enriquecer su patrimonio.

En lo que respecta a los museos de artes visuales, pareciera acrecentarse la visión parcelada del problema. Estadísticamente, el número de instituciones que se asignan esta etiqueta (museos “sobre arte”) es profundamente minoritaria al interior del sector, en donde proliferan museos que gestionan otros tipos de formas patrimoniales. Sin embargo, es el mismo sector de las artes visuales el que parece olvidar este razonamiento (aquel que llama a ubicarse en una política) y, sin más, se empantana gratuitamente en una auto-comprensión tendiente a la auto-referencia. El resultado es, evidentemente, en dragón que muerde su cola buscando las respuestas que carcomen las escamas de su espalda. Concentremos nuestra atención en esta circular analogía.

 

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Galpones del Sur, proyecto de intervención arquitectónica de Ducci & Ducci para el frontis del Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA), en Santiago de Chile, 2015. El proyecto Galpones del Sur consiste en el rescate de una técnica constructiva patrimonial que esta en vias de extinción en Chile: el cajon y espiga. Este tipo de arquitectura se basa en el ensamblaje de grandes vigas de madera sin el uso de pernos ni clavos. Cortesía: MNBA

 

En la actualidad chilena existen dos instituciones que juegan un papel preponderante en torno a las artes visuales: el Museo Nacional de Bellas Artes (DIBAM) y el Museo de Arte Contemporáneo (Universidad de Chile). Los indicados paréntesis hablan justamente de su diferente origen administrativo; uno parte de un servicio público de 1929 llamado Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, y el otro de la Universidad de Chile –posiblemente más antigua que la misma República chilena-. Pese a lo anterior, ambas instituciones comparten el mismo edificio (fundado para el centenario de Chile, aunque el Museo de Arte Contemporáneo tiene una segunda sede), y recientemente han inaugurado un pasadizo que “conecta” sus construcciones. En este sentido, se puede decir que tanto el Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA) como el Museo de Arte Contemporáneo de Santiago (MAC) son, nominalmente, museos públicos, aunque administrativamente dependientes de distintos órganos del aparataje estatal. Bajo estas nomenclaturas, tanto el MNBA como el MAC se entretejen en una serie de categorías, etiquetas y misiones, todas ellas erigiendo diferentes tipos de mitos, mitos sobre una institucionalidad museal que, precisamente, carece de lo propio de una institucionalidad: política. Así, toda esta nomenclatura colisiona con una realidad fáctica que se muestra absurdamente dispar en donde, como ya es de público conocimiento para el sector de las artes visuales, las gestiones de ambos museos evidencian una fracturación cada vez más alarmante.

El primer mito es que el MAC es sólo un museo universitario de alcance relativo, pero en realidad no lo es. Su rol no necesariamente se encuentra coordinado con una planificación universitaria y, a decir verdad, parece estar en una situación de abandono sutil. Sutil, en cuanto su máxima autoridad sigue siendo un profesor universitario de una precaria Facultad de Artes, pero que en la práctica evidencia la falta de un correlato económico: presupuestariamente hablando, la Universidad de Chile abandona periódicamente la mantención de una institución particularmente costosa, dedicándose a financiar sólo los “mínimos” para poder abrir las puertas del edificio, pero renunciando al costo que implica impulsar una programación de calidad. Pero pese a lo anterior, y de una manera que demuestra el pulso inorgánico que mantiene en pie a instituciones en abandono, el MAC termina asumiendo un papel que, evidentemente, desborda la mera función universitaria, pese a que presupuestariamente podría bien acotar su gestión a una tarea de extensión de esta casa de estudios. El efecto de romper con este mito implica la triste constatación de que sólo nacen más contradicciones y, por ello, se advierte una colisión que es de triple envergadura: un rol universitario poco esclarecido, una fuente de financiamiento incongruentemente baja, y el resultado irrisorio de querer cumplir un papel nacional (más amplio que el rol inicial). El MAC es, en esta sencilla explicación, más que la institución museal del arte contemporáneo, la infraestructura cultural de las contradicciones.

El segundo mito es que el MAC es, entonces, un museo nacional similar a su vecino de edificio (el MNBA). Esto implicaría su obvia inclusión al servicio público DIBAM, primera solución evidente para darle una homologación económica y administrativa coherente con su antedicho mito. Sin embargo, esto no necesariamente conllevaría la solución inmediata de las problemáticas actuales del MAC, ya que subsiste toda la compleja situación sectorial y política ya enunciada. La histórica ausencia de esta política impacta, guardando las proporciones, igualmente a las instituciones DIBAM, las cuales siguen presentando dificultades para enriquecer sus colecciones, fortalecerlas y abrirlas hacia una función pública. En este sentido, el MNBA no se encuentra “necesariamente” en una categorización absolutamente mejor, demostrando que el problema no es solucionable por la vía de la rearticulación de piezas en un tablero difuso y sistemáticamente débil. Como una de las medidas para solucionar esta tensión, el MAC simplemente ha eternizado su “eventual” integración al organismo DIBAM, pero ha demostrado que, como institución, no tiene claridad definida sobre la conveniencia o no de esta mudanza; lo anterior se evidencia en la seguidilla de solicitudes para que la medida de gratuidad de los museos –aplicable sólo a los museos DIBAM a partir de marzo de 2015- se le otorgase, casi a modo de honoris causa, a las sedes MAC, bajo un gesto de solicitar beneficios sin resolver el problema de naturaleza.

 

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Fachada del Museo de Arte Contemporáneo (MAC) de Parque Forestal, Santiago, tras el terremoto de 2010. Foto: Elde Gelos

 

Seguido de esto, quebremos el tercer mito diciendo que el MAC realmente no es un museo público. La atribución de que un organismo sea, en sentido concreto, una institución pública, no se resuelve con la simple constatación de su dependencia o de la naturaleza de su regulación, sino que se constata con un modelo de gestión interno: es este modelo de gestión el que demuestra, finalmente, el hábito según el cual una institución construye finalmente su función de cara a la sociedad. En el caso del MAC, y dada la ya mencionada contradicción en torno a su baja financiación proveniente de la Universidad de Chile, la institución se encuentra en una constante situación de gestión de salvataje; su modelo responde, año a año, a los intentos de que el museo sobreviva, pueda pagar los sueldos de sus trabajadores, pintar sus salas y financiar su seguridad, pero no posee una gestión de desarrollo. Para dar cumplimiento satisfactorio a su modelo de gestión de sobrevivencia, el MAC recurre a los ya conocidos acuerdos con organismos privados, principalmente canalizados por las alianzas con la Corporación Amigos del MAC y la Fundación Itaú. Estas personas jurídicas privadas y sin fines de lucro son, como ha sido reconocido en diversas ocasiones por la histórica autoridad del MAC, pilares fundamentales para la gestión interna del museo. A ello se agrega el sinnúmero de alianzas y convenios de arriendo, donaciones privadas con fines culturales y asignación de fondos concursables que terminan por resolver, en un sacrificio sin precedentes, los engranajes que el MAC ha de agenciar. En este sentido, el museo realmente no gira en torno a un financiamiento público ni determina su autonomía en relación a ello, sino que subyuga su autogestión a una serie de actores privados que incluso determinan el alcance de su parrilla programática. Las evidencias de esto último proliferan a vista y paciencia de todo el sector de las artes visuales, acostumbrado a visitar el museo y hallarse con que “está cerrado por la celebración de un evento privado” o “exhibe una muestra con el gentil apoyo de tal o cual fundación”.

¿Qué es, pues, este extraño museo de arte contemporáneo? De las pocas certezas que restan a la ruptura de estos mitos, se mantiene erguida la silueta de una infraestructura de carácter simbólico y que combate todas sus contradicciones en la búsqueda de saldar sus deudas. Deudas que un museo contrae constantemente con su público, al cual debe otorgarle el goce reflexivo y educativo de una mirada distinta y que, pese a toda la precariedad, la sociedad reconoce. Según los últimos documentos surgidos del proceso de elaboración de la ya mencionada política nacional de museos, instituciones como el MAC y el MNBA son los más visitados de todos, pero curiosamente son los que poseen el mayor grado de incomprensión e insatisfacción entre sus visitantes. En esa brecha, el MAC intenta apuntar al desarrollo de un área educativa y de extensión que, pese a todas las dificultades de precarización económica, ha dado triunfos significativos a su comunidad. Bajo esta premisa, la continuidad de su gestión dada a las contradicciones pasa a ser, más que un problema de mera dirección particular, un desafío para la institucionalidad estatal.

Lo que el MAC sí implica es conformarse como un aparato de significación prácticamente único, aportando una pieza relevante que, pese a toda la tendencia underground del arte contemporáneo, sigue reconociendo en la forma museal un aporte de valor. La posición y futuro de este aparato afecta inmediatamente al sistema de las artes visuales chilena, deficiente y enfermizo en casi todos los sentidos posibles, y que difícilmente verá la madurez esperada sin el fortalecimiento de la figura de un gran museo de arte contemporáneo: uno que no responda a mitos, contradicciones y vaivenes de beneficios tributarios, sino que surja de una política pública con miras hacia las próximas décadas. El papel del Estado en este urgente desafío no es gratuito, más aun teniendo en consideración lo que otras realidades latinoamericanas han abordado en torno a la posición de sus museos simbólicamente relevantes.

Las recomendaciones para avanzar hacia eventuales soluciones no necesariamente implican la invención de un sistema absolutamente nuevo. Las ya mencionadas experiencias internacionales nos hablan de modelos a tener en consideración, en donde la tendencia actual es hacia la protección de entidades patrimoniales nacionales con posiciones privilegiadas al interior de la orgánica estatal. Hacer que museos como el MNBA o el MAC pasen a vincularse directamente a los despachos de los Ministros de Cultura es, dentro de muchas otras posibilidades, otorgarle facilidades políticas, administrativas y económicas a instituciones que, por su mérito al interior de sistemas de valor, deben ser especialmente resguardadas. A la luz de esta perspectiva, los mitos y contradicciones del MAC no debiesen entramparse en los debates históricos, replicados y traídos a colación año tras año, sino que requieren tomar postura sobre verdad política: demandar un correlato entre el aparato de significación y la responsabilidad estatal, de cara a una sociedad culturalmente más reflexiva y democrática.

 

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Francisco Villarroel

Estudió Derecho en la Universidad de Chile. Asesor jurídico de la Asociación Nacional de Funcionarios de la Dirección de Bibliotecas Archivos y Museos (ANFUDIBAM) y del Sindicato de Trabajadores del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos. Miembro del comité de especialistas del FONDART Nacional de Artes Visuales.