Pese a ser uno de los artistas chilenos contemporáneos más destacados a nivel internacional, desde que se asentó en Nueva York a finales de la década de los 90 Iván Navarro había estado presentado su obra en Chile de manera escasa y fragmentada. Suele conocérsele como «el artista que trabaja con neón» y, por antonomasia y de manera reductiva, como «el Dan Flavin chileno». Tampoco abundan textos críticos o académicos escritos desde Chile que ahonden en el trabajo de un artista que en el 2009 representó a su país en la Bienal de Venecia.

Era sólo cuestión de oportunidad para que, por primera vez, la obra de Navarro pudiese ser vista en conjunto en su país natal, tal y como está ahora impecablemente montada en el Centro de las Artes 660 / CA660 de la Fundación CorpArtes. Esta presentación responde así a la revisión en deuda de su trayectoria en Chile, enmarcada en la conjunción propicia, en tiempo y espacio, de personas e instituciones.

El mismo Navarro reconoce las dificultades que había enfrentado en el pasado para llevar adelante una muestra de esta naturaleza en su propio país: «Es realmente importante hacer esta exposición porque ha habido varios intentos fallidos en el pasado por cuestiones relacionadas con el traslado de obras, o por propuestas que he hecho y que no fueron aceptadas por diversas razones, más que nada por temas de espacio».

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Iván Navarro, Death Row, 2006-2009, neón, puertas de aluminio, espejo, espejo unidireccional y energía eléctrica, 124,4 x 231,1 x 35,5 cm cada puerta. Colección Mundus Novus. Foto: Felipe Ugalde

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ván Navarro, Death Row, 2006-2009, neón, puertas de aluminio, espejo, espejo unidireccional y energía eléctrica, 124,4 x 231,1 x 35,5 cm cada puerta. Colección Mundus Novus. Foto: Felipe Ugalde

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Iván Navarro, Death Row, 2006-2009, neón, puertas de aluminio, espejo, espejo unidireccional y energía eléctrica, 124,4 x 231,1 x 35,5 cm cada puerta. Colección Mundus Novus. Foto: Felipe Ugalde

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Iván Navarro, Death Row, 2006-2009, neón, puertas de aluminio, espejo, espejo unidireccional y energía eléctrica, 124,4 x 231,1 x 35,5 cm cada puerta. Colección Mundus Novus. Foto: Felipe Ugalde

Titulada Una guerra silenciosa e imposible, la primera retrospectiva de Iván Navarro en Chile es comisariada por Manuel Cirauqui, curador asistente de la Dia Art Foundation, en Nueva York, quien conoció personalmente al artista cuando ambos coincidieron en la última edición de la feria Ch.ACO, en Santiago. «Nos vimos después algunas veces en Nueva York y empezamos a hablar de una colaboración. Se creó una química muy especial y es a él a quien debo agradecer mi participación en este proyecto», señaló Cirauqui en un encuentro con la prensa.

Navarro no exponía de forma individual en Chile desde el 2007, cuando lo hizo en Matucana 100. «Esta exposición en M100 también fue muy importante y creo que fue gracias a ella que pude participar en la Bienal de Venecia de 2009. Ese mismo año gané el Premio Altazor. Esa muestra me ayudó a pensar en cómo hacer exposiciones que sean enriquecedoras, y esta muestra (en el CA660) marca entonces un siguiente paso. Espero que sea muy fructífera para mi trabajo a futuro», comenta el artista. De hecho, ya está planeándose llevar esta exposición a otras ciudades de Latinoamérica, una región donde Navarro aún no ha tenido grandes presentaciones individuales de corte institucional.

El título de la retrospectiva proviene de una conversación entre Navarro y el crítico y curador Justo Pastor Mellado que está incluida en el catálogo que acompañaba a Threshold, su proyecto para la 53ª Bienal de Venecia: “El deseo de lucha contra la institución, contra el espacio arquitectónico y contra la alienación de la ciudad, son referencias de la instalación de puertas (Death Row) y de la acción grabada en video (Resistance). Ambos trabajos intentan intervenir, temporalmente, un espacio impenetrable. Podría decir que representan una guerra silenciosa e imposible”.

«Es un título misterioso y ambiguo, que expresa un estado continuo, de frecuencia permanente en el trabajo de Iván. Hay acciones que se repiten y que tienen lugar en un contexto conflictivo y esto ha servido para estructurar la muestra», señala Cirauqui, también editor de Iván Navarro. Una guerra silenciosa e imposible, la publicación que acompaña a la retrospectiva y que dista mucho del catálogo convencional. «Es un documento de exhibición. Una compilación extensa de escáners de páginas de cuadernos, croquis y dibujos de Iván. Representa además un acto de confianza de parte de él, y para mi un tremendo acto de voyerismo. Me ayudó a entender el pensamiento del artista. Es otra manera de exponerlo».

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Iván Navarro. Una guerra silenciosa e imposible. Página interior del libro con escáners de cuadernos, croquis y apuntes del artista

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Iván Navarro, To Speculate, 2010, LED, monedas, madera, espejo, espejo unidireccional y energía eléctrica, 182,9 x 61 x 61 cm. Foto: Felipe Ugalde

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Iván Navarro, Red Ladder (Backstage), 2005, tubos fluorescentes, fijaciones metálicas, filtros de color y energía eléctrica, 243,8 x 73,7 x 17,8 cm. Foto: Emiliano Valenzuela

Esta es una retrospectiva que no tiene carácter de síntesis sino de recorrido por las ideas fundamentales de Iván Navarro. Una panorámica que no es cronológica sino que más bien subraya afinidades entre obras

De la ampolleta al neón

Una guerra silenciosa e imposible comenzó a prepararse en marzo de este año. En tiempo récord -«fue una locura montar una exhibición tan compleja en sólo cuatro meses», según Cirauqui- se realizaron las gestiones para reunir una selección de 23 obras provenientes de diversas colecciones, en su mayoría de Estados Unidos. «Escogimos cuidadosamente entre lo que estaba disponible y lo que se podía traer a Chile. Pensamos la exposición según lo que teníamos, claro que luego intentamos forzar las cosas para tener acá obras que realmente queríamos. Era importante además incluir obras menos conocidas», explica el curador.

La exposición recorre 20 años de la producción artística de Navarro, desde sus primeros trabajos in situ realizados en Chile a mitad de la década de los 90 hasta las series más recientes y conocidas producidas en Nueva York y para un público internacional. «Esta es una retrospectiva que no tiene carácter de síntesis sino de recorrido por las ideas fundamentales de Iván Navarro. Una panorámica que no es cronológica sino que más bien subraya afinidades entre obras», explica el curador.

El período estudiado se remonta a 1996, un año en el que Navarro crea una serie de piezas que serían clave para su carrera. «Es el año cuando expone en la (Galería) Gabriela Mistral y se va de Chile. Entonces es como un recorrido de ida y vuelta, porque ahora este año parece que Iván se asienta en su país», agrega Cirauqui.

El curador se acerca a la obra de Navarro desde un punto de vista que no es el de ningún medio plástico en particular, sino más bien a partir del concepto de máquina, conectando así el diseño industrial funcionalista, el arte cinético, el minimalismo y las formas aplicadas de la crítica institucional.

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Iván Navarro, Death Row, 2006-2009, neón, puertas de aluminio, espejo, espejo unidireccional y energía eléctrica, 124,4 x 231,1 x 35,5 cm cada puerta. Colección Mundus Novus. Foto: Felipe Ugalde

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Iván Navarro. Una guerra silenciosa e imposible. Página interior del libro con escáners de cuadernos, croquis y apuntes del artista

Las nociones de emboscada, trampas y obstáculos, de desvíos y retornos, han sido importantes para el diseño del montaje

Del corredor de la muerte al cuarto de música

El recorrido de Una guerra silenciosa e imposible empieza por Death Row [Corredor de la muerte] (2006-2009), la emblemática instalación de portales de luz que formó parte de la muestra de Navarro en la Bienal de Venecia.

«El trabajo de Iván Navarro a menudo hace referencia a obras de otros artistas que en su momento marcaron el rumbo del arte moderno, aunque desviando el significado de las referencias y alterando elementos cruciales en ellas, es decir, cambiando el rumbo original. En el caso de Death Row, realizada entre 2006 y 2009, Navarro refleja la obra Spectrum V (1969) del pintor estadounidense Ellsworth Kelly: la pieza en cuestión estaba compuesta por múltiples lienzos monocromos, cada uno de los cuales presentaba un color específico del espectro cromático. Del lienzo plano pasamos aquí al volumen de las puertas fabricadas en masa y a la profundidad espectral que crean los espejos ocultos en ellas. Pero Death Row no es solo la ‘traducción’ que un escultor realiza de una obra pictórica, sino que también da acceso a niveles de significado y de experiencia sensorial propios. La referencia a la pintura se electriza, los marcos se vuelven profundos, la mirada los recorre en dos direcciones: lateralmente y hacia adentro. El corredor de la muerte es ese módulo de las cárceles de Estados Unidos en que los condenados a la pena capital esperan su ejecución. En esta obra, cada una de las puertas da a una cámara cerrada e infinitamente profunda, una celda sin nadie», escribe Cirauqui en una guía de recorrido por la muestra.

Para el curador, era importante que Death Row abriera la exposición, no sólo porque se adapta muy bien al espacio donde se ha instalado sino porque sirve de preámbulo para llevar luego al espectador a un campo más comprimido, a las salas en las que se presentan obras esculturales de menor formato. «Las nociones de emboscada, trampas y obstáculos, de desvíos y retornos, han sido importantes para el diseño del montaje», explica Cirauqui.

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Iván Navarro, Reja CorpArtes, 2011-2015, neón, aluminio y energía eléctrica, dimensiones variables. Foto: Felipe Ugalde

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Iván Navarro, Pink Electric Chair, 2006, tubos fluorescentes, fijaciones metálicas, filtros de color y energía eléctrica, 114,3 x 80 x 113 cm. Foto: Felipe Ugalde

Una vez pasada Death Row, el visitante se enfrenta a un imponente trabajo, Reja CorpArtes, una instalación que cambia su título según el lugar en que se exhibe. En el CA660, la reja, de estructura modular, se ajusta a las medidas de la sala, situándose en diagonal para cumplir su función de bloquear un acceso, en este caso a otra pieza, Pink Electric Chair (2006), perteneciente a la famosa serie de sillas eléctricas del artista.

«La reja de Iván Navarro también contiene referencias y guiños a la historia del arte reciente y en particular al minimalismo que dominó en Estados Unidos durante las décadas de los 60 y 70. Ciertos artistas clave de ese movimiento, como Dan Flavin y Carl Andre, definieron la relación de la obra con el espacio de exposición en términos nuevos, y en ciertos casos sus esculturas también fueron barreras. Flavin construyó barreras con tubos fluorescentes, como aquí Navarro lo hace con filigranas de neón. Fiel (a veces) a la tradición minimalista, Navarro no deja huellas dactilares en sus esculturas, todas ellas realizadas con materiales prefabricados por la industria», apunta Cirauqui.

La muestra también incluye una serie de esculturas de forma cilíndrica que remiten a pozos y túneles y que utilizan espejos para crear la sensación de abismo y proyección infinita, efectos visuales característicos del trabajo de Navarro. Insertar palabras en estos insondables espacios generados por el reflejo combinado de dos espejos (uno normal, el otro unidireccional) es también un procedimiento frecuente del artista.

Una de estas obras, BOMBOMBOMB (2015), es un bombo que contiene la palabra BOMBO pero también BOMB. «Es la bomba y también el sonido del instrumento musical, una onomatopeya y un acto y un ritmo y una palabra que se muerde la cola, una secuencia de letras que no empieza ni acaba en ningún lugar preciso», explica Cirauqui.

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Iván Navarro, BOMBOMBOMB, 2015, neón, bombo y energía eléctrica, 182,9 x 182,9 x 81,3 cm. Foto: Felipe Ugalde

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Iván Navarro, BOMBOMBOMB, 2015, neón, bombo y energía eléctrica, 182,9 x 182,9 x 81,3 cm. Foto: Felipe Ugalde

Estatismo y movilidad, participación y contemplación, memoria e hipnosis, trauma y seducción son conceptos que se combinan sorprendentemente en el trabajo de Iván Navarro

El objeto funcional de connotaciones políticas

Navarro utiliza la energía eléctrica y la luz artificial para interrogar la historia reciente. Se vale de materiales y elementos fabricados en masa para sus construcciones, que en su mayoría integran espejos y luces para generar reflejos infinitos y falsos abismos. Así da lugar a una extraña experiencia contemplativa, entre interacción e inacción. Esta muestra presenta diversos ejemplos de esculturas construidas con tubos de neón o fluorescentes que si bien por su forma nos remiten a primera vista al diseño de muebles (mesas, sillas) o al objeto utilitario (carretillas), ocultan un significado de tinte político en el diseño mismo. Las piezas Joy Division I (2003) y Joy Division II (2005), por ejemplo, son dos mesas que incorporan la simbología de la esvástica y la Estrella de David. Objetos bellos, elegantes que, sin embargo, pueden producir una sensación de incomodidad según quien la mire.

Una pieza clave en esta exposición es Satellite (1999) porque marca un momento de transición en la carrera de Navarro. Es aquí cuando el artista incorpora el cinetismo a su obra, una estrategia que derivará más tarde en piezas rodantes inspiradas por vehículos típicos de la ciudad: el carrito de supermercado, la carretilla de la construcción y el rickshaw (esa silla a remolque que puede verse en las grandes ciudades asiáticas). Son además obras donde el objeto escultórico y su condición estática y de carácter contemplativo dan paso a trabajos más elaborados con el video y la performance. La exposición incluye una serie de videos en los que vemos a distintos personajes acarreando estos objetos por la ciudad: Homeless Lamp, The Juice Sucker (2004-2005); Flashlight: I’m Not from Here, I’m Not from There (2006); y Resistance (2009).

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Iván Navarro, Satellite, 1999, ampolletas, piezas de bicicleta, trípode, dinamo y energía eléctrica, 218,44 x 91,44 x 218,44 cm. Foto: Felipe Ugalde

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Iván Navarro. Vista de la exposición en CorpArtes, 2015. Foto: Felipe Ugalde

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Iván Navarro. A la izq.: Joy Division II, 2005, tubos fluorescentes, fijaciones metálicas, filtros de color, vidrio y energía eléctrica, 62,2 x 76,2 x 76,2 cm. Al fondo y a la der.: Nowhere Man III y IV, 2009, tubos fluorescentes, fijaciones metálicas y energía eléctrica. Foto: Emiliano Valenzuela

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Iván Navarro, Nowhere Man IV, 2009, tubos fluorescentes, fijaciones metálicas y energía eléctrica, 242,6 x 224,8 x 8,9 cm. Foto: Emiliano Valenzuela

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Iván Navarro. Una guerra silenciosa e imposible. Página interior del libro con escáners de cuadernos, croquis y apuntes del artista

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Iván Navarro. Una guerra silenciosa e imposible. Página interior del libro con escáners de cuadernos, croquis y apuntes del artista

Otras piezas fundamentales de esta muestra son las que vuelven a mostrarse en Chile después de dos décadas: Juego de luces para la fiesta [Party Lights] (1996); Lamp Guitar (1996); y Lámpara II & III (1996). La primera, reconstruida especialmente para la exposición, es una instalación que va a la pared tipo diagrama, un dibujo con cables y ampolletas que no dejan de causar hasta cierta ternura al situarse en la sala de exposición junto a una obra de 2015, también lumínica pero de funcionamiento más sofisticado.

La exposición explora, además, aspectos menos conocidos de la actividad de Navarro, como son su vertiente colaborativa y su trabajo en el campo de la música experimental y alternativa, al frente del sello discográfico Hueso Records. Esta veta del artista se puede explorar en Music Room (2014-2015), un cuarto de música que invita a ponerse cómodo sobre un mobiliario hecho en colaboración con la artista Courtney Smith. En esta sala se encuentran, discretas, las Lamps de 1996, y por supuesto la colección de discos y ediciones del sello del artista. Es acertado que esta sala sea una especie de «cierre» de la muestra o, más bien, que con su música y las sensaciones que este medio evoca sea como una puerta abierta hacia el amplio campo de posibilidades de la obra de un artista siempre en expansión.

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Iván Navarro y Courtney Smith, The Music Room, 2014-2015, espuma de polietileno, colección de discos y ediciones de Hueso Records, instalación sonora y mobiliario. Dimensiones variables. Foto: Emiliano Valenzuela

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Alejandra Villasmil

Nace en Maracaibo (Venezuela) en 1972. Es Directora y Fundadora de Artishock. Licenciada en Comunicación Social, mención audiovisual, por la Universidad Católica Andrés Bello (Caracas, Venezuela, 1994), con formación libre en arte contemporáneo (teoría y práctica) en escuelas de Nueva York (1997-2007). En Nueva York trabajó como corresponsal sénior para la revista Arte al Día International (2004-2007) y como corresponsal de Cultura de la agencia española de noticias EFE (2002-2007). En Chile fue encargada de prensa y difusión para el Museo de Artes Visuales (MAVI), Galería Gabriela Mistral, Galería Moro y la Bienal de Video y Artes Mediales.