1.

Amparándose en las ambigüedades y forzando las conjeturas, este es el único método posible que halló el novelista norteamericano William Boyd, nos dice, en aras de recomponer la vida del desconocido artista, también norteamericano, Nat Tate (1928-1960).

Chismes, anécdotas, presunciones, someras vaguedades para explicar una vida enigmática. Porque datos ciertos hay pocos: que nació el 7 de marzo de 1928 en Union Beach, Nueva Jersey, que su padre (un pescador de Nantucket) murió ahogado antes de que Nat naciese, y que su madre, Mary, murió atropellada en 1936, cuando Nat tenía ocho años. Que fue adoptado por Peter Barkasian y su esposa, un matrimonio rico -y sin hijos- de Long Island.

Todo lo demás, y es bien poco, que sabemos sobre Nat Tate, proviene de los diarios del escritor Logan Montstuart (1906-1991), amigo de Tate, y de las cartas cruzadas entre Montstuart y Janet Felzer, la marchante que expuso por primera vez a Tate, en su galería cooperativa de Nueva York, en 1952. Una mujer, Felzer, cetrina y vivaz, de gusto ecléctico y moderno y que favorecía a los artistas que ostentaban “un manifiesto brillo intelectual” (p. 43).

Algún dato más tenemos, traído de la correspondencia personal de Boyd, pero son cotilleos poco o nada  fiables.

Sabemos que a Tate ser rico le afligía, se nos dice que se convirtió en un chico solitario, que era un hombre de natural tímido y desmañado. Que se dedicó a la pintura. Que se supone que hubo de formar parte de la así llamada Escuela de Nueva York, y su obra sería la de un expresionista abstracto. Pero no podemos juzgar, pues apenas se conservan doce o trece de sus cuadros. Y en este libro, El enigma de un artista americano, solamente se nos ofrecen tres imágenes de sus cuadros: Retrato de K (1958), Puente (1959) y Puente nº 122 (sin fecha). Dos dibujos y un óleo.

La vida de Tate sería la de un artista de fama fugaz, efímera y cuyos rastros él mismo se habría ocupado de hacer desaparecer (días antes de suicidarse quemó todos sus cuadros, y no solo los que tenía en el estudio de la calle 22 con Lexington Avenue, sino también algunos otros que logró recuperar y que andaban tanto en manos privadas como públicas).

Mostró su obra por primera vez en 1952, en la galería Aperto de Nueva York, en una exposición colectiva. Tenemos noticia de que el influyente crítico Clement Greenberg dejó escrito sobre la muestra: “Había unos dibujos prometedores y en cierto modo inquietantes de Nat Tate, aunque este haría bien en visitar menos el estudio del señor De Kooning” (p. 50).

En 1959 Tate viaja con su padrastro a Europa, y allá se encuentra con Picasso, pero también con Braque, que está en su madurez creativa. Encuentro crucial (con el segundo, con el primero apenas intercambió un saludo), ya que al ver a Braque entregado a su incansable y obstinado perfeccionismo, siente Tate que debe hacer lo mismo: rehacer lo hecho, en aras de mejorarlo. Al mismo tiempo, sufre un shock de autoconciencia, al darse cuenta de que sus obras no son tan buenas. Aquí se hallaría el leit motiv no solo para la destrucción de toda su obra, sino también para su propio suicidio. Acontecimientos separados en el tiempo solamente por cuatro días.

Dejó un cuadro inacabado. Su título: Orizaba / Regreso a Union Beach.

Orizaba es el barco que traía al escritor Stephen Crane desde La Habana, en 1932, y desde el que éste se lanzó a las aguas suicidándose. Lo mismo que hará Tate, desde el ferry de Staten Island, en Nueva York, el 12 de enero de 1960.

Nunca encontraron su cuerpo.

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2.

El enigma de Tate se resuelve en la penúltima página del libro.

Ahí escribe William Boyd: “Era una de esos pocos artistas que no necesitan (ni persiguen) la transformación de su pintura en una valiosa mercancía que puede ser comprada y vendida al arbitrio del mercado y sus mercaderes. Había visto el futuro y el futuro apestaba”.

Esto es, el escritor revela sus intenciones, al modo de la denuncia.

Sí, amigos, es un fake.

En 1998, William Boyd trabajaba en el comité editorial de la revista Modern Painters. Así, un día, su jefe, Karen Wright, se preguntaba en una de las reuniones editoriales si es que hubiese un modo de introducir ficción en la revista. Boyd se dijo a sí mismo: “¿Y por qué no me invento un artista?”.

Este artista es Nat Tate.

El nombre proviene de dos galerías públicas londinenses (la National Gallery y la Tate Modern), y el origen del libro podría encontrarse en New Confessions, la autobiografía ficcional que Boyd publicó en 1987. Pero Boyd quería ir más lejos: anhelaba crear una ficción que imbricase de tal modo realidad y ficción que pusiese a los lectores a dudar de la veracidad de lo que se cuenta. Para ello, hizo pasar fotografías anónimas por retratos verdaderos del así llamado Nat Tate. Y las obras de Tate las dibujó él mismo. E introdujo un buen montón de nombres verdaderos (y bien reconocibles) en su historia.

El caso es que David Bowie también formaba parte del comité de la revista Modern Painters y, a su vez, tenía un pequeño sello editorial llamado 21 Publishing, donde finalmente se publicó la historia de Nat Tate, en un bello y breve monográfico.

Se hicieron dos fiestas de presentación, una en Londres y otra en Manhattan. La primera, en Nueva York, fue en el estudio de Jeff Koons, coincidiendo con el April Fool’s Day  (el Día de los Inocentes); una semana después se presentó en Londres. Bowie escribió el blurb, y Gore Vidal (que estaba metido en el ajo) escribió una cita elogiosa para la portada.

Así nació el hoax

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Bridge No.114, de Nat Tate, vendido en Sotheby’s en 2011

3.

Pero la cosa comenzó a írsele de las manos a Boyd: todo el mundo quería hablarle de Nat Tate, y comezaron a entrevistarle, se hicieron documentales sobre Tate, incluso estudiantes de tesis le pedían permiso para citar a Nat Tate (¿?).

Boyd pensaba que la cosa menguaría y que la gente se acabaría olvidando, pero no. Y no solo eso, sino que se produjo un renovado interés: en 2011, el libro se volvió a publicar.

Boyd se dijo que a aquella broma había que darle término: “Lo que he de hacer es sacar a la venta una obra de Tate. Así se cerrará el círculo”. Y escribía en 2011: “Si este artista de ficción es capaz de vender una obra de arte por dinero real, entonces la historia de Nat Tate habrá llegado a algún tipo de apoteosis o consumación“. Así, el cuadro Bridge nº 114, inspirado en el poema The Bridge, de Hart Crane (y dibujado por el propio Boyd), salió a la venta en Sotheby’s el 16 de noviembre de 2011. El cuadro se vendió por siete mil doscientas cincuenta libras a un comprador anónimo.

Decía Boyd en una entrevista reciente que su intención no era burlarse del mundo del arte, sino sencillamente crear una fábula. Una fábula de su tiempo, de los años noventa, cuando un montón de artista mediocres triunfaban a lo loco (en particular los Young British Artists).

Boyd quería escribir una pequeña historia que retratase el peligro de esa deriva; deriva que llega hasta nuestros tiempos, en los que el artista ha quedado “en una incierta posición equidistante”, opina el crítico de arte Francisco Calvo Serraller en el prólogo, “entre un chamán y un diseñador”.

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William Boyd, Nat Tate (1928-1960), El enigma de un artista americano, traducción de Andreu Jaume, prólogo de Francisco Calvo Serraller, Ed. Malpaso, 2014, 89 págs.

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Nace en Castellón, España, en 1977. Tiene un Diplomado en Literatura Creativa (Escuela TAI-Madrid) y es Graduado en Estudios Ingleses (Universidad de Barcelona) y miembro de la asociación española de críticos literarios (AECL). Escribe sobre arte y cultura contemporánea en el suplemento Cultura(s) de La Vanguardia y en diferentes revistas, como FronteraD, Artishock y Naif Magazine, entre otras. Ha publicado el libro de relatos "Fin de fiestas" (Suburbano, 2014). Se ocupa del departamento de prensa de la Editorial Malpaso.

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