En las últimas semanas he leído varias opiniones sobre la cancelación de la exhibición de la obra del artista austriaco Hermann Nitsch en las que de cierta forma se minimiza al artista austriaco asociando su obra con la violencia y con la muerte de una manera simplista. Esta interpretación de su trabajo ha sido el argumento que ha sustentado el rechazo por una parte de la sociedad, más de cinco mil personas que firmaron una petición de change.org y después por el Museo Jumex, la institución que organizó la muestra. Asociar su obra con la muerte y la violencia resulta obvia en la cultura mexicana porque la sangre de la violencia publicada por la prensa populista siempre ha generado un morbo que toleramos (o incluso apreciamos) como parte de los clichés con los que definimos nuestra identidad cultural: la sangre que circula por los medios masivos de comunicación generando fascinación y miedo, mucho miedo, sobre todo ahora con la violencia social que sufrimos en el país desde hace ya casi una década y que se agudizó a partir de lo ocurrido en Ayotzinapa. Pero la sangre no sólo significa muerte, es también nacimiento y ante todo es vida. La obra de Nitsch no está relacionada con el momento de violencia social en el país, aunque hacer esta relación nos parezca la más lógica.

El nacimiento es un momento sangriento, visceral, de miedo y de alegría, de belleza y de fealdad. El nacimiento está ligado a la sangre que fluye contenida en nuestro cuerpo mientras vivimos. Al llegar el final algunos mueren cubiertos de sangre, pero a diferencia del momento del nacimiento, la muerte sangrienta es excepcional y ocurre generalmente cuando está relacionada con la violencia. Tal vez sea por esa excepcionalidad en términos generales por lo que el derramamiento de sangre nos impresiona tanto. Nacimiento, vida y muerte son valores universales que compartimos con los demás seres vivos; pero el pensamiento nos diferencia a los humanos. En la sintaxis que organiza el significado de nuestras ideas, la sangre roja puede significar muerte y violencia, pero también puede significar el nacimiento y la vida, porque la sangre circula en nosotros hasta el final.

Hace un año tuve la oportunidad de visitar el museo Hermann Nitsch en Nápoles, situado en una antigua estación eléctrica en el centro de la ciudad, adecuada para exhibir la obra del artista por la Fondazione Morra. A pesar de sólo tener un conocimiento básico de la obra de Nitsch, en su museo descubrí que su extenso cuerpo de trabajo no sólo incluye los rituales sangrientos que tanto se han mediatizado en las últimas semanas en México, sino que además hay un lado de su trabajo enfocado en la botánica y en la materia mineral. En este museo, que parece un enorme laboratorio, hay instalada una larga tabla de colores naturales. Esta tabla de colores me llevó a comprender que la obra de Nitsch es una larga reflexión sobre la percepción de lo natural y la manera profunda en la que los humanos nos relacionamos con la naturaleza. El museo, que en realidad es una enorme instalación (Gesamtkunstwerk) que abarca todo el edificio, no sólo parece un laboratorio científico, si no lo que podría ser el laboratorio de un alquimista. Pero Nitsch no es un científico ni un alquimista, es un artista y esta diferencia es importante, porque significa que su interés en la naturaleza y en la cultura no está ligada al progreso o a la metafísica, sino a la espiritualidad en la materia: al cuerpo humano, al animal, a las plantas y a la tierra en la que vivimos. La sangre en la enorme instalación que podemos visitar en su museo fluye como el elemento vital que cohesiona a los seres y a las cosas en la tierra, incluyendo el nacimiento y la muerte de los seres que la habitamos, como sucede en nuestro cuerpo. Visitar el museo Nitsch fue una experiencia profundamente existencial, por esto me resulta preocupante no poder ver la obra de Nitsch en México. Si existe un arte que trasciende los valores materialistas que rigen nuestra sociedad contemporánea, lo necesitamos urgentemente para trascender el cinismo. La obra de Nitsch, cuando es comprendida, puede ayudarnos a humanizar nuestra sociedad.

Me pregunto entonces cuál es la razón de fondo por la que en México se interpreta la obra de Nitsch de una manera ilustrativa y superficialmente llana, en la que se le asocia de una manera simplista con la muerte y con la crueldad hacia los animales. Sucedió que a partir del comunicado de prensa que emitió el Museo Jumex anunciando la próxima exposición de Nitsch (se incluía la imagen del artista ante una de sus instalaciones sangrientas) varias personas buscaron su nombre en Google y después de mirar las impresionantes imágenes sangrientas en las que se ven rituales con cuerpos de animales acusaron al artista de ser un hombre cruel con los animales y exigieron la cancelación de la muestra mediante una petición de change.org (generada por un activista de los derechos de los animales). El museo, a pesar de haber comisionado la exhibición y programarla desde hace dos años, la canceló de último momento, primero, sin dar explicaciones, y finalmente, presionado por la prensa, publicando una justificación en la que el museo se autodefine como “sensible” a las necesidades de la sociedad mexicana por el conflictivo momento social en el que estamos inmersos. Es risible que un museo justifique la cancelación de una exposición argumentando que su contenido es demasiado cercano a la realidad, ¿Acaso significa que en el futuro las exhibiciones del museo estarán alejadas de la realidad? Explicar la cancelación por razones de sensibilidad social parece una fórmula retórica que oculta lo que resulta evidente: un museo corporativo que reacciona ante la potencialidad nociva del escándalo activista, para proteger la imagen de la marca que le da nombre.

Con motivo de la cancelación, la embajadora de Austria en México expresó que la obra de Nitsch fue leída erróneamente. ¿A qué se refiere con esto?

Yo creo que una parte del problema radica en la manera en que en México hemos sido educados para entender y relacionarnos con el arte. En nuestra sociedad tenemos al muralismo como el canon modernista de su arte. Un movimiento artístico que surgió tras la Revolución Mexicana pensado y realizado para ilustrar, desde el punto de vista institucional, las problemáticas de un incipiente Estado nacionalista. Los pintores muralistas representaron conceptos ideológicos para ser entendidos por el pueblo de una manera directa, pedagógica, en la que los niveles visuales fueron reducidos semánticamente a lo que se ve y entiende a primera vista, sin ambigüedades. Este fue un arte que se hizo con una función social predeterminada: la educación moral y política de una gran masa inculta, mediante la articulación de una simbología visualmente narrativa con significado nacionalista. La enorme importancia que tuvo el muralismo en México es incuestionable y, tal vez, es debido a ello que nos podemos explicar la poca trascendencia que tuvo el pensamiento vanguardista en México. El muralismo no fue un movimiento vanguardista, como tampoco lo fue el realismo socialista en la Unión Soviética, porque estando al servicio del Estado nunca cuestionó el plano formal clásico de la representación. En México comúnmente se entiende el arte como una ilustración ideológica que viene desde arriba hacia abajo, justificada como educación, pero expresando las políticas institucionales del Estado o, en los últimos años, de la iniciativa privada.

No obstante las profundas raíces del nacionalismo, desde hace algunas décadas México se transformó en sintonía con los cambios globales que sucedieron tras la disolución del bloque socialista. Este cambio se manifestó en el contexto artístico a partir de los años noventa con la crisis de las instituciones culturales estatales y con el surgimiento de una nueva generación que comenzó a operar con independencia de éstas en un nivel local pero, sobre todo, internacional. Este cambio paradigmático se consolidó en México con la apertura e institucionalización progresiva de unas cuantas colecciones privadas personales o corporativas que paulatinamente fueron sustituyendo la autoridad de las instituciones estatales, al grado que estas últimas se han vuelto semi-dependientes financiera y discursivamente de las privadas. El discurso artístico dejó de ser nacionalista para volverse internacional y globalizado (un fenómeno que no es exclusivamente mexicano) por lo que el arte que se produce actualmente en México está relacionado con el de otros países o regiones mundiales. A partir de esa apertura al mundo los artistas contemporáneos mexicanos hemos sido abiertamente influidos por el legado de las vanguardias artísticas europeas, norte y sudamericanas del siglo XX, además del pensamiento crítico que se generó a partir del feminismo y del posmodernismo. Los artistas nos inspiramos y relacionamos con colegas de otras partes, interesándonos en una historia del arte que no se limita a la nacional, pero que se despliega en un campo global. México exporta e importa arte. A pesar de estos cambios pareciera ser que el punto en el que se centra la comprensión del arte en nuestro país en gran medida sigue siendo (en cuanto al objeto artístico) desde la lectura reduccionista del muralismo, sólo que ahora a partir de valores nuevos que ya no son dictados desde un Estado débil sino desde una iniciativa privada fuerte.

Esta manera “muralista” de entender el arte sigue profundamente arraigada en nuestra sociedad, continuamos “leyéndolo” como un significante moralista, ideológico y político. La diferencia es que en la actualidad la masa ya no es educada con murales, sino con la publicidad ligada al entretenimiento y con la información que aparece en su muro de Facebook. Ahora la masa consume cultura y aplica su derecho a escoger entre la oferta, además opina (muchas veces emocionalmente y sin conocimiento) y ejerce presión mediante el activismo virtual o real cuando alguna oferta no le resulta ética. Para expresar su descontento algunos ciudadanos activistas se conforman con poner “me gusta” a una causa que apoyan, publicar comentarios en las redes sociales o firmar cartas de presión. Otros pasan a la acción y participan en puestas en escena masivas, simbólicas, en las que simulan metafóricamente el mensaje político que desean trasmitir a los medios, como se ve en la imagen central que ilustra este texto. Los performances de Hermann Nitsch no son ni lo mismo ni lo contrario, son otra cosa porque no simulan nada y existen en la realidad dentro del contexto de su propia lógica artística, no son un medio para trasmitir un mensaje. Con presteza el museo decidió cancelar ante la protesta virtual, probablemente les aterraba el ridículo de una puesta en escena por activistas “ensangrentados” en la explanada de su edificio. A pesar del descontento social que ha habido en los últimos meses, sorprende la falta de discrepancia entre la élite y la masa en este caso: ambas partes se posicionaron en alianza, otorgando la razón una a la otra bajo una lógica aparentemente moralista, pero que en el fondo ocurre por la coerción que el consumidor ejerce sobre el productor.

Hay quien argumenta que siendo una empresa privada, el Museo Jumex está en su derecho de mostrar (o no) lo que le plazca, que no tiene responsabilidades sociales por ser una entidad privada. De ser así, el museo tampoco tendría la responsabilidad de tener salidas de emergencia, o accesos para gente con discapacidad física o baños públicos, ni siquiera tendrían la responsabilidad de pagar a sus empleados. Recordemos que una empresa como Jumex, con una misión que se asume pública y filantrópica en cuanto al coleccionismo de arte contemporáneo, desplazó en gran medida el rol de las agencias culturales que el Estado mexicano prácticamente monopolizaba antes del año 2000. Es un logro innegable la manera como La Colección Jumex, además de coleccionar arte, ha subvencionado buena parte de la producción artística mexicana (física e intelectual) de los últimos años. Lo ha hecho de una manera que ha sido benéfica para el mundo del arte (artistas, curadores, galeristas, críticos de arte, proveedores, instituciones artísticas nacionales y extranjeras e incluso a otros coleccionistas), beneficio que además ha trascendido a la sociedad en general, y, obvio, también a la empresa. De esta manera el Grupo Jumex, a partir de la colección, luego de la fundación y ahora el museo, se ha adjudicado una responsabilidad social que por principio debería trascender sus intereses comerciales básicos en favor de la cultura general de la sociedad en donde existe, sin confundir una cosa con la otra.

Como las razones sobre la cancelación de la exposición en realidad no han sido expresadas claramente ni argumentadas por la institución (tampoco debatidas en un foro publico) el museo provoca que los artistas nos preguntemos los verdaderos motivos de esta censura. Como he venido argumentando, parece que el problema no solamente es de índole política, ideológica, moral o estética, sino que en realidad parece ser un problema mercadológico, básicamente pragmático. El nombre del museo asocia la marca del jugo con la empresa artística/cultural y por lo tanto con los contenidos artísticos que se muestran. En el caso discutido esta asociación de arte y marca pone en peligro al producto mismo que sustenta a todo lo demás. Seamos realistas: el Museo Jumex, por mas grande que parezca, es una empresa de élite dentro de la popular megaempresa Grupo Jumex, productora a gran escala de jugos de fruta, lo que a ojos de su dirección coloca el museo y a la colección en un plano de relevancia económica secundaria. La cancelación de esta exposición solamente es justificable desde la lógica empresarial, que ante todo debe defender la imagen de su producto principal. Esta lógica mercantil también puede explicar el silencio de los artistas mexicanos sobre el tema: cada quien está cuidando su producto frente al principal sistema de mecenazgo artístico del país.

La cancelación de la exposición de Nitsch es una censura. Si los artistas locales no reaccionamos ante la censura de la exhibición de un colega tan importante significa que aceptamos que nuestra obra existe en un plano sin historia donde su valor es tan sólo equivalente a su posicionamiento en el mercado actual. De aceptarlo tendríamos que asumir como válidas las razones pragmáticas de la empresa Jumex ante la defensa de su producto y los artistas limitarnos a cuidar el nuestro. Con esto aceptaríamos que una figura histórica como la de Hermann Nitsch ya no tiene peso en nuestro mundo comercial y pragmático, donde el arte se valora como un bien de consumo. Pero recordemos que Hermann Nitsch es un artista muy importante, de los más importantes en el mundo.

Reducir el valor del arte a un simple intercambio comercial entre producto y dinero no es aceptable. Pareceré ingenuo, pero creo que el arte tiene un valor espiritual más importante que el material, donde el intercambio comercial de nuestra obra artística por dinero con los coleccionistas (a través de un sistema comercial que involucra a varios agentes) está fundamentado en esa creencia y que ese nivel básico existe para que el intercambio espiritual continúe y se muestre finalmente en el museo a la sociedad en general. Atención: como artista profesional no soy ni tonto ni hipócrita negando la importancia del lado comercial del arte, pero mantengo que este valor no es el único ni el principal, porque una gran obra de arte es, pese a todo, invaluable en términos monetarios y sólo se vuelve trascendente tras el paso de los años, cuando ya se ha convertido en un modelo para la sociedad con la cual se identifica. Pero si el valor del arte es principalmente espiritual y no materialista, ¿se puede definir este valor espiritual? ¿Está relacionado el valor de esta espiritualidad a la libertad de expresión, de fondo y forma, y a la crítica que el artista hace mediante su obra y pensamiento a los valores sociales, éticos y estéticos de su época? ¿Es la libertad de expresión la misma para el artista que para el periodista o para el empresario? ¿Se trata de una libertad de índole política, comercial o está circunscrita al ámbito de la estética? Que los artistas acepten la censura devalúa el aspecto espiritual de su propio arte.

Trazaré a grandes rasgos un mapa histórico del arte austriaco a partir de la modernidad: antes de Nitsch estuvieron Gustav Klimt, Egon Schiele y Oskar Kokoschka, junto a él estuvieron Günter Brus, Arnulf Rainer, Otto Mühl y Rudolf Schwarzkogler, no relacionados al accionismo pero contemporáneos fueron Maria Lassnig, Valie Export y después Franz West. Ahora están Gelitin, Elke Krystufek y otros mas jóvenes. A través de la obra de estos artistas se percibe un malestar y una crítica profunda a la idiosincrasia de su sociedad, crítica que posteriormente se ve reflejada en un nivel ético y estético que se asume socialmente en el espacio público y privado. Estos son los grandes artistas austriacos y todos, de diversas maneras y por diversas razones, fueron o son controversiales. Los artistas de cualquier sociedad critican, sintetizan, reflejan y transforman el mundo en el que habitan, las obras de algunos trascenderán en la historia debido al posterior reconocimiento público, aunque al principio fueran difíciles de asimilar. No obstante la actual aceptación cultural del accionismo vienés en el canon histórico del arte, ya ha pasado medio siglo y la sociedad ha cambiado, es interesante leer la siguiente proclamación de Brus y Mühl contextualizada en los años sesenta:

“… nuestra consolidada democracia, utiliza el arte como válvula de escape, e intenta sobornar al ‘artista’ vanguardista, rehabilitando sus ideas y expresiones ‘artísticas’ revolucionarias para convertirlas en una forma de arte aceptable por el Estado. Pero este ‘arte’ no es arte, solo es política creada desde los más altos estamentos.”

Medio siglo más tarde ni siquiera tenemos una democracia consolidada en México, sólo una que se simula. Permitir la censura de esta exposición es asegurar que a los artistas nos callen para siempre. Callarnos ahora significa que no entendemos nuestros propios intereses: el valor espiritual de nuestra obra, la libertad de expresión artística.

Yo no estoy de acuerdo con que se haya censurado la exposición de Hermann Nitsch porque hacer exhibiciones de arte es la función publica primordial de un museo y creo que la polémica que genera la obra de arte tiene que debatirse en público a partir de la exhibición misma. La censura de esta exposición marca un precedente donde en vez de que el museo eduque al público sucede al contrario. Con esta medida el museo también se autocensura, debilitándose como autoridad académica, denigrándose hasta parecer un salón de trofeos. Esto no es positivo para los artistas mexicanos si queremos ser tomados en serio y queremos un Museo Jumex de primer nivel. Lo peor que podemos hacer en este momento es comportarnos como si fuéramos avestruces.

Me conmueve el que, a pesar del desdén de una parte del público mexicano y del museo que originalmente lo invitó, Hermann Nitsch vino la semana pasada a nuestro país para demostrar que defiende su trabajo ante todo. Es una lección muy importante sobre la que debemos reflexionar quienes vivimos y trabajamos aquí. ¿O es que aquí no pasa nada?

 


* Texto originalmente publicado en la sección Opinión del diario El Excelsior, México, 2 de marzo de 2015. Republicado con la autorización del autor y El Excelsior.

Imagen destacada: Protesta contra las corridas de toros frente al Palacio de Bellas Artes, Ciudad de México, 2010. Foto cortesía: Luis Arcadio de Jesús

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Carlos Amorales

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