Hace algunas semanas se ha realizado el lanzamiento del disco de cantos y poemas de Cecilia Vicuña, Kuntur Ko. Gracias al apoyo del sello Hueso Records del artista Iván Navarro, que distribuye este disco grabado en Nueva York en 2006 y publicado por Torn Sound en 2012, Kuntur Ko fue presentado en MoMA PS1 en noviembre de 2014 y en las galerías de Santiago D21 y Patricia Ready el pasado mes de enero.

Sin embargo, la artista escogió crear obras nuevas en cada una de estas presentaciones, sin jamás recrear los cantos de Kuntur Ko. Para su primera presentación en Chile, en D21, contó con el músico-etno-arqueólogo y musicólogo José Pérez de Arce, quien compuso música para el guitarrón a partir de poemas de Cecilia. En el performance, José cantaba su versión de los poemas, y ella respondía improvisando sonidos que deshacían el poema y la canción; en la siguiente presentación, en la galería Patricia Ready, se reunió un grupo de jóvenes voces de la nueva canción chilena, el teatro y el arte –Camila Moreno Elgart, Francisca Benítez, Francisca López Reyes, Camila Marambio, Francisca de la Riva, Ana María Baeza Carvallo, Fran Gili, Josefina Echeñique y Norma Ramírez Arenas (madre de la artista)- para crear un canto colectivo por el agua, improvisado en el momento.

Vicuña ha mantenido siempre un intenso contacto con Chile desde que se instalara en Nueva York en 1980. Sin embargo, este último año, desde la exposición Artists for Democracy: el archivo de Cecilia Vicuña en el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos y la aparición de su nombre como una de las posibles representantes de Chile en la Bienal de Venecia de 2015, la artista ha puesto en marcha nuevos desafíos, ya que, aunque parezca increíble, en Chile poco se sabe de su gran trayectoria internacional, así como de la importancia e influencia de su poesía y sus performances en la escena norteamericana. Celebramos junto con el lanzamiento de Kuntur Ko el que la Tate de Londres haya incorporado recientemente a su colección Precarios. Diario de objetos para la resistencia chilena 1973-74,  adquirido gracias a la Tate Americas Foundation y por cortesía del Latin American Acquisition Committee 2014. Un gran reconocimiento a sus años de trayectoria, y una razón más para hablar de su trabajo, especialmente de sus performances orales que se proyectan como una de las manifestaciones más completas y complejas de su obra.

Now I wish to tell you a sort of not yet poem

Cecilia Vicuña

Se podría decir que los cantos y poemas de Cecilia Vicuña atraviesan diferentes dimensiones del tiempo. Sus performances son rituales en los que ella pasa del habla al canto, del canto al susurro, subiendo y bajando el volumen, de un idioma a otro, yendo de lo conocido a lo indescifrable. De su boca, ese espacio del cuerpo que la artista denominó Spit Temple (Templo e’ Saliva) [1], salen sus plegarias. Allí nace la unión de lo dicho con las circunstancias del cosmos, aquello que aún está por decirse, eso que es pura energía, puro potencial. Cecilia ha tomado el concepto astronómico del quásar (del inglés quasi-stellar radio source) para definir estos cantos y poemas que son creados en el momento, lo que hace de ellos algo excepcional. Ella reimagina lo ya escrito, lo altera, lo improvisa en cada espacio nuevo donde éstos tienen lugar, los refuerza, les vuelve a insuflar vida, les otorga poder en la acción. En casi 50 años de desarrollo de su trabajo, estos eventos ceremoniales son el momento en que la obra de Cecilia se expresa en su mayor totalidad. Ella como artista y poeta ha desarrollado un estado de consciencia que la mantiene sensible, abierta, como si fuera una antena de radio, a las señales del afuera. En sus performances pueden ser “leídos” los nudos de la transmisión oral de todos los tiempos, de todas las formas de vida, incluso de las que aún no existen.

En Kuntur Ko los cantos son dictados por el espíritu del agua, los hielos glaciares de las cumbres más altas de la Cordillera de Los Andes, protegidos por nuestros ancestros indígenas y por el espíritu del Cóndor. “Ko” (Qon – Co) [2] es la fuente de la vida, el agua; “Kuntur” es el Cóndor, que en un juego simbólico de palabras es también el Cordón que teje las aguas entre los glaciares y el mar. Entre ambas se entrelaza la metáfora del hilo de la vida, que está encarnada en los performances y obras de Cecilia por la lana, siempre presente en memoria del quipu como fuente de sabiduría. Sus performances, en otras palabras, ofrecen la urdimbre y la trama en la que cualquier texto puede o no ser escrito; en ellos todos los textos están sujetos a cambios, todos son precarios y están “a punto de suceder”, todos son hebras para ser hiladas en un continuo y mayor tejido, que representan el complejo entramado de los mundos que habitamos.

En el libro Spit Temple Rosa Alcalá reúne la transcripción de los performances orales de Cecilia Vicuña haciendo uno de los análisis más certeros sobre el concepto del quásar en la obra de esta artista. Allí Cecilia afirma que un poema solo se vuelve poesía cuando su estructura está hecha no de palabras sino de fuerzas” [3]. Fuerzas intuitivas, o de otro mundo, que van deshaciendo lo aprendido en la medida que conectan con un campo de significados, de vibraciones que van por debajo de la superficie de las palabras, sacando a la luz un conocimiento sustituto e invisible. Esta “matriz melódica”, señala Alcalá, puede sostener la “memoria ancestral suprimida por la cultura oficial” que Cecilia reconoce por primera vez en la voz “disonante” de Violeta Parra, una disonancia que ayudó a recuperar las olvidadas canciones campesinas chilenas. La obra de Violeta Parra dió lugar a la “nueva canción chilena” de la década de los 60 [4]. La insistencia de Vicuña, ejemplificada en Parra, de que a pesar de la selectividad implícita en la construcción de la historia, en la represión de las voces, son las nuevas voces -como las de las mujeres que la acompañaron en el lanzamiento del disco Kuntur Ko-, las que mediante nuestra escucha pueden revelar los hilos perdidos de los mundos y las palabras suprimidas, y por tanto promulgar un cambio de perspectiva que podría instigar la transformación de nuestra estructura social. La obra de Cecilia Vicuña va en busca de lo que Jean Gebser (1905-1973) llama una consciencia integral, en un sentido aperspectivo que busca reconocer otras concepciones del tiempo y la historia fuera de la lógica modernista de progreso.

Considerando esta postura podemos entender que en ese lenguaje en formación, en potencia, que da origen a estos cantos y poemas performados por Cecilia se encuentra camuflada “la estética de una acción ética”, de la cual gran parte de su obra depende. Es creer en la posibilidad de que el arte se establezca como un canal por donde fluyen las herramientas para la creación de una conciencia más elevada, para un despertar en relación al legado de nuestros antepasados y también en vistas de un futuro que existe en la medida que somos conscientes de nuestro lugar en el mundo.

No es la primera vez que Cecilia Vicuña presenta un performance que llame al despertar, a una reflexión a los desastres ecológicos que están ocurriendo –Kuntur Ko es una plegaria por los glaciares de Pascua Lama en venta a una empresa minera para la explotación del oro que se encuentra bajo sus hielos sagrados-: lo ha hecho desde los años 60, uniendo y haciendo visible un mundo de conexiones que nosotros decidimos, como en el cotidiano, si ver o ignorar, pero que buscan hacernos conscientes de una realidad de implicaciones tanto sociales como políticas en las cuales solo podemos actuar colectivamente. Aquí es donde la obra de Cecilia toma posición a favor de una consciencia más evolucionada, que nos agrupe como sociedad e incluso como especie, negándose al uso de una razón divisiva, y trazando un viaje multidimensional entre los estados de la consciencia arcaica, mágica, mítica y mental para finalmente llegar a una integral, cuyo carácter deriva de nuestros valores espirituales, apartando los preciados valores “intelectuales” de nuestra sociedad de consumo.

Las performances de Cecilia se construyen en la inestabilidad de lo efímero, de aquello que existe por breves minutos durante su comunicación casi mediúmnica con el lenguaje poético de las fuerzas de la naturaleza; luego desaparecen, como se desvanecen también nuestras grandes reservas de agua en el silencio de las montañas mientras nosotros vivimos en el precipicio de nuestra propia desaparición. La metáfora de lo efímero se vuelve cada vez más tangible, palabras que se forman y que desaparecen, sonidos irrepetibles, la desintegración del poema en el performance, que muta en el tiempo, sin que nunca lleguemos a saber qué es lo que existe primero, si el performance viene después del poema, o antes como resultado de una narrativa de voces en acción. Alcalá pone especial énfasis en la aparición del mito en los performances de Cecilia como la afirmación de sus condiciones humanas básicas: un mito de la creación se vuelve a crear todos los días, de la materia cotidiana del aliento y la ropa, comer, dormir, hablar, respirar… [5]  Así, estas performances orales toman la dimensión oracular de lo aún no escrito, dándonos la posibilidad de comenzar siempre de nuevo y proyectar un futuro diferente.

Los poemas, el lugar, el público, las narrativas y los hilos desaparecidos del mundo, todo conectado en esa voz tan particular que sale del Spit Temple. Todos los elementos que componen ese momento, la manera en que ella incorpora anécdotas y observaciones, el calor, el ruido ambiental, los acontecimientos del ahora, tejidos como poemas y cantos a través de su voz, emergiendo en esto que ella llama el quásar. Sus performances orales crean constantemente un espacio ritual. El transformar de las palabras nos recuerda que un día la lengua fue solo una, que emergió de un sonido primigenio, para transformarse en las lenguas que hoy hablamos, dejando atrás muchas que desaparecieron y desaparecen día a día, como desaparecen con ellas culturas completas. Los cantos de Cecilia son “pre-cantos”, como si lo que ella quisiera es estirar el tiempo de las cosas, o como dicen los tártaros en cada comienzo de año, renovar lo que el tiempo ha gastado, para así acelerar el metabolismo de nuestras conciencias en esa otra temporalidad donde pone especial intención su trabajo. En su presencia – la del cuerpo- como lugar de origen de una palabra que muta, evoluciona, en busca de convertirse siempre en algo más, manifestando que la poesía no es sólo lo escrito o hablado, sino lo que habita en ese ciclo constante de vida custodiado por una suerte de espíritu de lo inminente.

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[1] En la introducción del libro, Rosa Alcalá señala: “El título de este libro, Spit Temple, se deriva de mi traducción de un poema que Vicuña escribió y publicó en el catálogo de su exposición Cloud-Net. ‘Illapantac’, el título del poema, y la palabra contenida en él, ‘Illapa’, refieren a ‘la deidad más antigua en la mitología andina’, cuyo nombre ‘condensa los truenos, relámpagos y tormentas’, y por tanto tiene el control de la ‘fluidez y la lluvia’. Esta deidad es también el ‘mediador supremo de sonido’, y se puede conocer por el nombre ‘Pachacuti, el que revierte del mundo'” (Vicuña, Cloud-Net, 1999).

[2] Kuntur Ko – Cóndor Agua / Kuntur – Cóndor Cordón Guardían Hilo Unión / Ko -Agua Glaciar Sangre Oro Unión.

[3] Alcalá, Rosa. Spit Temple: The Selected Performances of Cecilia Vicuña. Ugly Duckling Presse, New York, 2012. P.16

[4] Op. Cit P.17

[5] Op. Cit P.18 (Alcalá cita a Maria Damon sobre el mito en los performances de C. Vicuña).

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Carolina Castro Jorquera

Nace en Chile, en 1982. Es curadora, y Doctora en Historia del Arte por la UAM, Madrid. Sus intereses están enmarcados por las relaciones que es capaz de establecer el arte con otras disciplinas como la ciencia y la filosofía, así como también con las diferentes dimensiones de la conciencia humana y su rol en la construcción de la historia y del presente.