“Los monos son demasiado buenos para que el hombre pueda descender de ellos”
Friedrich Nietzsche

A la manera de una muñeca rusa, durante los meses de noviembre y diciembre el Centro Cultural España en Santiago albergó y alimentó al Centro Cultural Casa Lobo. Como una cueva parásita dentro de otra, este nuevo hogar para las artes acogió dos exposiciones curadas de manera deliberadamente nepótica por sus directores Joaquín Cociña y Cristóbal León.

Tituladas Sangre y Mérito I y Sangre y Mérito II, ambas exposiciones acogieron el trabajo de artistas que comparten linaje con León y Cociña, constituyendo así una biología familiar compuesta por la obra de sus padres y sus hermanos.  Cabe preguntarse entonces, ¿cómo permiten a dos artistas visuales armar un centro cultural dentro de otro sabiendo que su único afán es pervertir los valores éticos de la institución que los acoge y dedicarse a mostrar obras de sus familiares?

Por un lado, esta pregunta puede ser parcialmente replicada mediante la asimilación de los numerosos antecedentes de esta naturaleza que existen en un medio artístico lo suficientemente vulnerable, precario y flexible para convertirse en un caldo de cultivo para iniciativas parasitarias similares.

En Chile, el juego de meter una galería dentro de otra no es nada nuevo. De hecho, existe una tradición simbiótica tan rica y variada, que incluso desbordó las expectativas epistemológicas del teórico catalán Martí Perán cuando importó al país su proyecto curatorial Esto no es un Museo, Artefactos Móviles al Acecho. A saber, esta investigación sobre galerías fantasmas y facsímiles museales en Chile concluyó en una exposición, a medio camino entre la curaduría contracultural y una planilla Excel de lo exótico, realizada el año 2014 en el Museo de Arte Contemporáneo de Quinta Normal. Si bien Perán logró incluir en su archivo a puntas de lanza actuales de esta lógica de asalto institucional como Galería Daniel Morón o el Museo Internacional de Chile, hubo muchas otras que quedaron fuera precisamente por su carácter móvil, impulsivo e invisible. Aún así, muy por el contrario de lo mucho que gran parte estas iniciativas piensan que tienen de motín anti-institucional, al parecer, en el medio artístico chileno las carencias de infraestructura, mercado y audiencia son aún lo suficientemente transversales como para permitir que iniciativas contraculturales como éstas no sólo sean comunes, sino también resulten subsidiadas cariñosamente por las instituciones a las cuales supuestamente violentan.

Al mencionar esto, en ningún caso quiero quitarle valor a estas conquistas meta-museales, pero para entender lo que está en juego en el  Centro Cultural Casa Lobo y sus exposiciones Sangre y Mérito I y II, es importante aclarar que esta estrategia de “toma” no es tal, sino más bien se inscribe en una tradición de asilo que las instituciones chilenas a conciencia le suelen otorgar a estas organizaciones “no-oficiales”. En este aspecto, pareciera ser que a estas alturas nadie resulta escandalizado con un remedo corporativo de esta naturaleza. Resulta claro que las condiciones laborales en las que se desarrolla normalmente una exposición institucional en este país son equivalentes a las que un club, una junta de vecinos o una galería sin personalidad jurídica podría otorgarle a un artista, por lo que en estos casos es más importante saber qué y cómo se expone, a qué y cómo se remeda.

No cabe duda que en condiciones normales podría resultar incómodo para un centro cultural extranjero que exhibe una foto de su rey en la entrada convertirse en la sucursal de otro centro cultural que fomenta un imaginario fascista y un criterio editorial incestuoso. Pero a la hora de enfrentarse a un proyecto como éste, es importante reconocer las condiciones técnicas, estéticas y narrativas impecables de León y Cociña, que favorecen su lectura profunda, en la cual, una vez cruzada esa superficie europeizante, machista y malvada, es posible identificarse con la ternura incrustada en las bases de su nepotismo.

Desechada la originalidad de esta parte de la premisa de León y Cociña al constatar que este ejercicio de puesta en abismo de galerías dentro de otras galerías, museos dentro de otros museos, o centros culturales dentro de otros centros culturales no es una novedad para el contexto artístico chileno, quizás sería importante revisar el origen y el destino en particular del Centro Cultural Casa Lobo.

Vista del Centro Cultural Casa Lobo, CCE, Santiago de Chile. Cortesía de los artistas

Vista del Centro Cultural Casa Lobo, CCE, Santiago de Chile. Cortesía de los artistas

La Casa Lobo es el título del largometraje de animación stop-motion que los artistas Cristóbal León y Joaquín Cociña vienen produciendo desde el año 2013. Dueños de un sobresaliente catálogo de trabajos audiovisuales e interdisciplinarios realizados a través de diversas técnicas tales como el stop-motion, la instalación, las marionetas, el teatro, el dibujo, la pintura o la escultura, a la hora de realizar su primer largometraje idearon una estrategia de producción tal que les permitiese develar su proceso de trabajo y animar en vivo en distintos lugares de exhibición. Así, han armado su taller indistintamente en varios museos, galerías, centros culturales o residencias artísticas, a la manera de una instalación en donde no sólo llevan a cabo el trabajo de animación necesario para su largometraje, sino también revelan los sabrosos pormenores de este mismo a la gente que asiste a estos lugares. Por lo mismo, las últimas exposiciones de Joaquín Cociña y Cristóbal León han sido bastante similares en su forma y su contenido, no así en su impacto en la gente a la cual le permiten eligir su forma de relacionarse con la obra en proceso. No es raro ver que tomen ayudantes espontáneos para animar con ellos, reciban contribuciones al guión o la escenografía de espectadores entusiastas, o desarrollen talleres o workshops experimentales de animación para niños y jóvenes. Muy por el contrario a lo que uno podría llegar a pensar de dos artistas que arman un centro cultural para mostrar las obras de sus familiares, en todas estas exposiciones que han realizado en lugares tan diversos como la Upstream Gallery de Amsterdam, el centro Kampnagel en Hamburgo, el Museo Nacional de Bellas Artes, Galería A2 y el MAC de Quinta Normal en Santiago, o el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, la dupla León & Cociña muestra un sincero interés por crear muestras que sean espacios vivos, no simples muestras de objetos. De esta forma, sus exhibiciones cruzan ese muro tan invisible como grueso que suele segregar al público del arte contemporáneo, al configurar  el espacio de exhibición como un taller, una escuela o una kermesse de colegio.

Dentro de esta particular e ingeniosa (Gary Medel diría «chisposa») visión del concepto work in progress, es en la cual se inscribe su proyecto Centro Cultural Casa Lobo, erigido especialmente para el Centro Cultural España.

Carlos Cociña, 1976, parte de la muestra Sangre y Mérito, Centro Cultural Casa Lobo, CCE. Cortesía de los artistas

Carlos Cociña, 1976, parte de la muestra Sangre y Mérito, Centro Cultural Casa Lobo, CCE. Cortesía de los artistas

Carlos Cociña, Aguas Servidas, parte de la muestra Sangre y Mérito, Centro Cultural Casa Lobo, CCE. Cortesía de los artistas

Víctor León, Retablo, parte de la muestra Sangre y Mérito, Centro Cultural Casa Lobo, CCE. Cortesía de los artistas

Víctor León, Maqueta, parte de la muestra Sangre y Mérito, Centro Cultural Casa Lobo, CCE. Cortesía de los artistas

No es menor el hecho de que Cristóbal León y Joaquín Cociña dieran con una fórmula para adquirir visibilidad y permeabilidad creativa en un proceso otrora tan largo, agobiante, solitario y anónimo como la producción de una película de animación cuadro a cuadro. Tampoco lo es que de paso esto les permitiese tener acceso a uno que otro lugar para instalar sus talleres nómades sin pagar arriendo. Pero si bien podrían haberse conformado con emplazar nuevamente su estudio en un lugar público para continuar con la producción de La Casa Lobo en vivo, se tomaron la libertad -o la molestia- de crear en el Centro Cultural España otro centro cultural parasitario con el objetivo de estrechar aún más esta relación directa, orgánica, astuta y sincera que pretenden entablar con quienes asisten a ser testigos de cómo se desarrolla su cuerpo de obra.

En este punto, me parece necesario volver a echar mano del ejemplo de otras galerías dentro de galerías o museos dentro de museos chilenos para develar, por contraste, el carácter original y políticamente incorrecto del Centro Cultural Casa Lobo.

Si analizamos detenidamente las particularidades editoriales de otros proyectos parasitarios similares como los mencionados al comienzo de este texto, si bien existe en ellos un leitmotiv antinstitucional, a excepción de casos aislados, el desarrollo curatorial juega claramente un papel conciliador con la oficialidad al mantenerse dentro de una lógica objetiva, o al menos parcialmente meritocrática. Independiente del objetivo de cada curaduría en sí, los directores de estos proyectos han velado por desarrollar muestras con artistas competentes que aporten una reflexión estética ausente en otras instituciones consolidadas legalmente. He ahí el uso, más o menos afortunado, de figuras de selección profesional como concursos, revisión de portafolios o convocatorias abiertas. Mal que mal, en el fondo, la labor de iniciativas emblemáticas como la que llevó a cabo Galería Chilena a finales de los años 90 y comienzos del 2000 consistió en abrir un espacio de trabajo para una nueva generación de artistas profesionales jóvenes que no tenía cabida en otros lugares, y por lo mismo, debía ser consecuente en sus métodos de selección. Muy por el contrario, el Centro Cultural Casa Lobo niega cualquier puente con una objetividad de carácter público y se inclina por una subjetividad privada, en la cual lo familiar se constituye como la base de una nueva ética creativa.

Alejandro León, Miniaturas, parte de la muestra Sangre y Mérito, Centro Cultural Casa Lobo, CCE. Cortesía de los artistas

Alejandro León, Ciudad Invisible, parte de la muestra Sangre y Mérito, Centro Cultural casa Lobo, CCE. Cortesía de los artistas

Al visitar la muestra, el espectador se encuentra con que el Centro Cultural Casa Lobo cuenta con tres iniciativas principales: una residencia para artistas en la que sus creadores se otorgaron a si mismos un espacio para seguir trabajando en su película de animación; una sala de cine en donde proyectan lo que llevan hecho de su largometraje; y por último, una sala de exposiciones, lugar en donde se llevan a cabo las dos ediciones de Sangre y Mérito.

Como bien lo dice su nombre, el guión de la película La Casa Lobo ocurre en una casa. Pero no solo eso, la casa misma es la protagonista que subyuga a los otros personajes del relato cual caperucitas. A María, por ejemplo, una joven que se refugia en esta casa en el sur de Chile tras escapar de una colonia de alemanes y, que a medida que avanza la historia, comienza a verse entrampada en esa lógica ominoso-didáctica que solo un lugar íntimo como la propia casa puede albergar. De esta forma, y al igual que en sus cortometrajes anteriores, Luis y Lucía, el relato de La Casa Lobo utiliza como materia prima una perturbadora interpretación de la mirada infantil hacia el concepto del hogar, en el cual los miedos, anhelos y fantasías se despliegan en un espacio íntimo cargado de valores religiosos y familiares contradictorios. Todo esto embalsamado en una estética nazi que se hace eco de los oscuros antecedentes migratorios alemanes en el sur de Chile. Aún así, el imaginario fascista propio de la película y el centro cultural del mismo nombre, pareciesen ser frutos de un ejercicio intelectual político adulto, no así la sensibilidad surrealista infantil de sus imágenes. Esta última es demasiado compleja y perturbadora como para no caer en la tentación de definirlas como una traducción de sus propios ángeles y demonios familiares.

Habiendo dicho esto, no es para nada extraño que en un afán de develar todos los pormenores de su proceso creativo, Joaquín Cociña y Cristóbal León expongan las obras de sus familiares, quienes siendo o no artistas visuales en ejercicio fueron parte de la casa que formó la estructura sensible que ponen en juego en este su primer largometraje.

Vicente Cociña, parte de la muestra Sangre y Mérito, Centro Cultural Casa Lobo, CCE. Cortesía de los artistas

Vicente Cociña, parte de la muestra Sangre y Mérito, Centro Cultural Casa Lobo, CCE. Cortesía de los artistas

Vicente Cociña, La vida en pareja de M y C, parte de la muestra Sangre y Mérito, Centro Cultural Casa Lobo, CCE. Cortesía de los artistas

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Diego Lorenzini

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