El trabajo reciente de Magdalena Atria muestra una progresión en sus investigaciones formales vinculadas a la forma, la materia y el color, a las tensiones y congenialidades entre lo natural y lo fabricado, a la geometría oculta y a veces develada en lo orgánico.

En La Montaña Movediza, su actual exposición en la galería XS, formas densas, compactas y pesadas pretenden la tarea imposible de acercarse a la condición de piedras, «meras cosas» que no han sido fabricadas por la mano humana sino por procesos naturales.

Con esta serie de trabajos, Atria retorna a la cerámica para intentar reproducir lo irreproducible, para dejar a la materia «hablar por si sola» hasta, mediante un juego calibrado de accidente y control, configurarse para generar imágenes que responden a una cierta lógica interna más que a la reproducción de lo inerte. Conversamos brevemente con la artista sobre el proceso que ha dado con estas obras y las ideas que han empujado La Montaña Movediza.

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Vista de la exposición «La Montana Movediza», de Magdalena Atria, en galería XS, Santiago de Chile, 2014. Cortesía: XS

Alejandra Villasmil: La otra noche conversábamos y salió por ahí la frase de que estas nuevas esculturas eran como mojones cósmicos… nos causó mucha gracia la definición. ¿Cómo describirías esta nueva serie de trabajos? ¿Cómo llegas a estas formas?

Magdalena Atria: Estos trabajos nacen de una sensación, bastante vaga pero persistente, de fascinación y perplejidad frente a ciertos objetos que ponen de manifiesto nuestra imposibilidad de acceder, o hacer inteligible, la naturaleza. Estos objetos son las piedras, que a pesar de ser tan ridículamente omnipresentes, son también infinitamente misteriosas, impenetrables, han existido por millones de años y seguirán existiendo mucho después de nuestra muerte o, incluso, de nuestra extinción como especie.

Algunas piedras manifiestan este misterio de manera más evidente, como son los meteoritos, que han atravesado distancias inimaginables y han sido «testigos» de cosas que jamás veremos antes de aterrizar ante nosotros. Por otro lado están las piedras que se forman constantemente en las profundidades de la Tierra, en lugares igualmente inimaginables e inaccesibles que los meteoritos; de alguna manera, entonces, estos objetos, las piedras (que Heidegger llamaba «meras cosas» para diferenciarlas tanto de los utensilios como de las obras de arte), establecen un hilo conector entre esas dos dimensiones tan opuestas.

La cerámica, por otra parte, usa como materia prima arcilla y minerales extraídos de la tierra, que luego son sometidos a temperaturas muy altas y en ese proceso se transforman en materia dura, cristalizada, no tan distinta de las piedras en su materialidad y en el proceso que la origina. Trabajé la pasta cerámica con las manos pero evitando dejar huellas de mis manos en ella. No me interesaba la lectura expresionista, humanista, de la huella del dedo y la mano en la arcilla blanda, más bien quería forzar la arcilla a deformarse, agrietarse, partirse, colapsar y generar formas que sugirieran haberse «hecho solas», al mismo tiempo que concentraran un misterio similar, o equivalente, al que nos ofrecen los meteoritos o los cristales.

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Vista de la exposición «La Montana Movediza», de Magdalena Atria, en galería XS, Santiago de Chile, 2014. Cortesía: XS

A.V: En ese proceso veo entonces una intención de recreación de las formas minerales, utilizando procedimientos que, como dices, persiguen que estos objetos informes luzcan como si se hubiesen hecho solos. Es un procedimiento controlado, es decir, hay una tensión entre lo natural y lo fabricado, entre la creación espontánea de la naturaleza y las formas (re)creadas por el hombre. Ahora, ¿cómo fue esa transición de trabajar con plasticina, otro material maleable, que identifica extensamente tu obra con sus patrones geométricos y orgánicos, a trabajar con cerámica, por ejemplo?. Una vez me contaste que estabas retomando la cerámica…

M.A: Efectivamente, cuando estaba en la universidad aprendí cerámica y durante algún tiempo experimenté con ella, pero nunca encontré la forma de sacarle un rendimiento artístico, así que quedó ahí archivada, hasta que hace unos años sentí la necesidad de retomarla, porque tenía ideas que sólo podían materializarse con cerámica, y surgió entonces este trabajo, que no es el trabajo de una ceramista –que no lo soy-, sino de una artista que puede usar este medio entre muchos otros.

Y aunque pueda parecer superficialmente un trabajo muy distinto de lo que he hecho con plasticina, tiene al mismo tiempo mucha relación, no sólo por la condición blanda y maleable del material, su relación con el cuerpo y con la mano, su lugar intermedio entre la pintura y la escultura -la superficie y el volumen- sino porque ofrece la posibilidad de generar imágenes que responden a una cierta lógica interna más que a la reproducción de cosas que ya existen en el mundo. En ambos casos hay un encuentro entre una idea (mía) y un material que “tiene sus propias ideas”, y de esta conversación surge algo que me resulta infinitamente misterioso y sorprendente.

El aspecto “informe” de estas piezas podría parecer muy lejano de la geometría de mis trabajos en plasticina, pero justamente esa es una de las categorías binarias que este trabajo busca cuestionar. La geometría nunca ha sido para mí un fin en sí mismo, y en mi trabajo siempre es una geometría imperfecta, accidentada, “existencial” de alguna manera. Por otro lado, la estructura de un cristal (y todas las piedras son cristales) responde a una geometría estricta que a veces percibimos (como en los casos más evidentes de los cristales de cuarzo u otros de ese tipo) y otras veces no, pero existe incluso en las piedras más informes, determinando que su forma sea esa y no otra.

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Vista de la exposición «La Montana Movediza», de Magdalena Atria, en galería XS, Santiago de Chile, 2014. Cortesía: XS

A.V: De hecho en una pieza que estás mostrando actualmente en la Galería Gabriela Mistral se conjugan tu trabajo con la plasticina y la cerámica, que creo es algo nuevo también. Pero me llama la atención eso que decías de la «geometría existencial». No se por qué pero percibo que en estos últimos trabajo hay algo espiritual, poético, más patente que en tus obras con plasticina. ¿Has escuchado eso de que el proceso creativo del artista se aproxima a una experiencia mística?

M.A: Estoy totalmente de acuerdo, y eso me parece que es lo maravilloso del arte: que un objeto, una imagen, algo igualmente concreto y físico que una mesa o un martillo, pueda ponernos en contacto con una dimensión de la existencia muy distinta de la lógica instrumental con la que funcionamos día a día, una dimensión en la que se cruzan sensaciones, emociones, ideas, y que finalmente tiene que ver con eso que llamamos “lo poético”. Hace poco leía un texto muy bonito de Deleuze sobre el acto creativo, donde se pregunta: ¿Cuál es la relación entre la obra de arte y la comunicación? Y su respuesta es: “Ninguna. La obra de arte no es un instrumento de comunicación. Por el contrario, hay una afinidad fundamental entre la obra de arte y el acto de resistencia”. Y ese es un acto de resistencia contra la muerte.

Creo que probablemente en mi caso lo que observas, en relación a esta cualidad más marcada en mi trabajo reciente que en el anterior, tiene que ver con los años, con que precisamente por no ser ya una “artista joven” tengo más libertad para aceptar ese misterio, me preocupo menos de seguir un programa y de ser coherente, confío más en mi intuición, y esto es algo que he observado que también les pasa a otros… es una de las ventajas de envejecer!

También creo que la idea de “geometría existencial” tiene otra implicación, y ésta es la necesaria conexión del arte con la vida, con la experiencia, algo que para mí es muy importante. El arte autorreferente, “arte sobre arte”, bastante abundante, sobre todo en las Escuelas de Arte, no me interesa para nada, me parece un ejercicio estéril.

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Obra de Magdalena Atria en la exposición «Ocupaciones Raras», Galería Gabriela Mistral, Santiago, 2014. Imagen: still de video cortesía de Visioner TV

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Vista de la exposición «La Montana Movediza», de Magdalena Atria, en galería XS, Santiago de Chile, 2014. Cortesía: XS

Magdalena Atria: La Montaña Movediza

Galería XS, Alonso de Monroy 2677, Vitacura, Santiago de Chile

Del 13 de noviembre al 27 de diciembre de 2014

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Alejandra Villasmil

Nace en Maracaibo (Venezuela) en 1972. Es Directora y Fundadora de Artishock. Licenciada en Comunicación Social, mención audiovisual, por la Universidad Católica Andrés Bello (Caracas, Venezuela, 1994), con formación libre en arte contemporáneo (teoría y práctica) en escuelas de Nueva York (1997-2007). En Nueva York trabajó como corresponsal sénior para la revista Arte al Día International (2004-2007) y como corresponsal de Cultura de la agencia española de noticias EFE (2002-2007). En Chile fue encargada de prensa y difusión para el Museo de Artes Visuales (MAVI), Galería Gabriela Mistral, Galería Moro y la Bienal de Video y Artes Mediales.

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