El desplome de la subjetividad para el tiempo post-histórico, aquello que teóricamente hemos asumido como “lo contemporáneo”, se manifiesta abruptamente en el arte. La distancia entre el mundo y la creación artística construyen este universo de ficciones metafóricas, cada vez más disonantes con el paradigma de la presentación y re-presentación. En su conjunto, el panorama no es más desolador que el de la tecnologización social y la economía política; todo se desploma, lentamente, en pequeños pedazos de pequeñas subjetividades.

Aquella humanidad siempre ubicada en el centro, creadora de lenguaje, de mundo y de naturaleza (segundas naturalezas) se aparta para ocultarse en una penumbra. La belleza de una vida personal se traduce en relatos estrictos, el cuento de una historia, el pasado que espera a ser recogido; y así, los trozos de subjetividad son apilados para captar la mejor de las imágenes, aquella que nos permita ver la nostalgia del tiempo vivido. Vivencias, saberes y deseos se entretejen y quedan clausurados en álbumes familiares, libros de autoayuda y sesiones de psicología especializada. Sus afectos, fácilmente, se transan en redes virtuales donde no hay materia: nada puede ser tocado y todo puede ser visto, nada nos pertenece y de todo podemos llorar.

Pero aquellos pequeños individuos, solos y a la vez acompañados, atesoran sus memorias listas para convertirse en relatos. Los relatos se organizan no sólo como testimonios, sino también como ejercicios de auto-comprensión, de encuentro, y de reflejo. Los pequeños individuos cuentan historias, se depositan en objetos, añoran imágenes y construyen hogares donde habitar. Y son estas pequeñas oportunidades o recovecos los que le interesan a Bárbara Oettinger.

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Bárbara Oettinger, Punto Ciego. Cortesía de la artista

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Bárbara Oettinger, Punto Ciego. Cortesía de la artista

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Bárbara Oettinger, Punto Ciego. Cortesía de la artista

Punto ciego, uno de los primeros proyectos de largo aliento de la artista visual chilena, trata justamente de trozos dispersos. Durante dos años, la autora recibe un buen número de visitas en su hogar, muchas de ellas personas que no conoce. Las visitas se acercan a ella a través de terceros, invitaciones por redes sociales o simples recomendaciones curiosas; se saludan cordialmente, y pasan a informarse de las reglas del juego. Oettinger diseñó reglas básicas para gestar la incomodidad de estas subjetividades, normas sencillas que abogan por la preservación de preguntas monumentales: el sujeto, su identificación, y la catarsis.

Primero, escribir. Escribir, palabra tras palabra, línea junto a línea, el pulso de un relato personal. La hoja sobre la cual se escribe puede ser cualquiera, y el contenido de la escritura puede tener o no sentido; sus únicos resguardos son la privacidad y el compromiso de este contenido con la vida del invitado. Segundo, modificar o destruir. Destruir el papel, cambiarlo, alterarlo o simplemente fracturar su materia. Agredir su soporte, agredir la pequeña confesión que éste recoge, la pequeña confesión de la pequeña subjetividad. Tercero y final, reordenar para registrar. Los vestigios del instante construido son re-adecuados, nuevamente organizados, y dispuestos para el final del rito: tan solo una fotografía.

En todo el proceso, el individuo encuentra una relación exquisita con la materia, la forma y el objeto. Por medio de esta escrituración catártica e íntima, los invitados hallan una oportunidad de conexión y desprendimiento de sus vivencias, proyección que se realiza materialmente en un papel. El papel, en este juego psicológico, se eleva a la categoría de recipiente que todo lo puede, todo lo alberga y todo lo calla; es el oído absoluto de las palabras personales, el frágil mausoleo de una confesión interna. De esta manera, la subjetividad entra en relación con un externo, vinculación que, según cierta filosofía, se reproduce con toda forma de propiedad: darle contenido a la hoja es apropiarse de la materia, abocarse sobre ella y mancharla con la voluntad humana. Son estas delicadas manchas lingüísticas las que Oettinger puja hacia su destrucción, construyendo un juego que se acerca a la perversión de una trágica crónica sobre la fragilidad del afecto.

Los pequeños trozos de la subjetividad padecen el cambio violento, pero se reencuentran listo para el placer estético de la fotografía. Una simple imagen de un pequeño trozo retiene la conducción reglada de esta relación personal, generando desde la contemplación la pregunta abierta sobre el sujeto. ¿Son estos papeles mejores registros que un retrato? ¿Son estos pedazos los reductos de nuestros sueños? La fotografía no entrega más respuestas que un color de fondo y un instante artificialmente inmortal.

Punto ciego, sin más, es la colección minuciosa de sujetos de múltiples colores, versiones y escrituras. Entre ellos, el espacio expositivo se convierte en otra hoja de papel, preparada para la reordenación sensible y, quizá, su posterior destrucción.

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Bárbara Oettinger, Punto Ciego. Vista de la exposición en la Sala de Fotografía Emergente, MAC Quinta Normal, Santiago de Chile, 2014. Cortesía de la artista

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Bárbara Oettinger, Punto Ciego. Vista de la exposición en la Sala de Fotografía Emergente, MAC Quinta Normal, Santiago de Chile, 2014. Cortesía de la artista

Punto ciego / Blind spot from Barbara Oettinger on Vimeo.

Bárbara Oettinger: Punto ciego

Curadora: Montserrat Rojas Corradi

Sala de Fotografía Emergente

Museo de Arte Contemporáneo (MAC), Sede Quinta Normal, Santiago, Chile

Hasta el 18 de enero de 2015

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Francisco Villarroel

Estudió Derecho en la Universidad de Chile. Asesor jurídico de la Asociación Nacional de Funcionarios de la Dirección de Bibliotecas Archivos y Museos (ANFUDIBAM) y del Sindicato de Trabajadores del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos. Miembro del comité de especialistas del FONDART Nacional de Artes Visuales.