Un saber realmente útil es la exposición que actualmente está desestabilizando saberes y poderes en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.

La muestra, comisariada por el colectivo croata WHW (What, How and for Whom), integrado por Ivet Curlin, Ana Devic, Natasa Ilic y Sabina Sobolovic, pone de manifiesto, entre otras cosas, el derecho del arte a ser inútil. Pero además de eso, reflexiona sobre los sistemas educacionales contemporáneos y la necesidad de replantear nuevos modos de aprendizajes y enseñanzas recíprocas, que aboguen por una repolitización de la educación.

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Exposición Un saber realmente útil, Museo Reina Sofía (MNCARS). Madrid. 2014. Foto: Anto Rodríguez Velasco

Un saber realmente útil retoma ideas planteadas por las organizaciones obreras del Reino Unido (1820-1840) en el siglo XIX, quienes diferenciaron los saberes en aquellas disciplinas que parecían “poco prácticas”, como filosofía, economía o política, de aquellos saberes que las clases dirigentes consideraban “productivamente útiles”, y por lo tanto, en las que tenía sentido invertir en educación para los obreros, tales como ingeniería, física, química y matemáticas. Las organizaciones obreras tenían la necesidad de dar valor a la auto-educación, entendida desde esos saberes “improductivos”. La muestra propone dar luz a estos planteamientos para conjugar ejemplos históricos y actuales, como maneras colectivas de entender la tensión, la lucha y la emancipación social, a través de la educación.

La exposición, que reúne a más de 30 artistas y colectivos con obras en diversos campos del arte y activismo (como pinturas, objetos, instalaciones, films, documentación, arte de acción), indaga y pone de manifiesto distintas maneras en que el arte no académico se acerca espontáneamente a situaciones educativas, entendiendo el papel fundamental y transformador que el arte -esta práctica “inútil”- detona en los contextos sociales jerarquizados y dominados por modelos capitalistas reproductivos.

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Ardmore Ceramic Arts, cerámicas que alertan contra los peligros del sida en Sudáfrica. Museo Reina Sofía (MNCARS). Madrid, 2014. Foto: Anto Rodríguez Velasco

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Ardmore Ceramic Arts, cerámicas que alertan contra los peligros del sida en Sudáfrica. Museo Reina Sofía (MNCARS). Madrid, 2014. Foto: Anto Rodríguez Velasco

Un saber realmente útil investiga cómo las imágenes pueden llegar a ser generadoras de acción política y cambio social en el contexto en que se manifiestan. Es por esto mismo que resultan tan pertinentes las reacciones generadas por la obra Cajita de fósforo (2005), del colectivo argentino Mujeres Públicas, conformado por Magdalena Pagano, Lorena Bossi y Fernanda Carrizo (2003, Buenos Aires), dentro de la exposición.

La obra consiste un una cajita de fósforo en la que se ve estampado en una de sus caras el dibujo de una iglesia en llamas, junto con el lema: “La única iglesia que ilumina es la que arde”, acompañado de un ¡Contribuya!. La frase, de Piotr Kropotkin (pensador ruso, 1842-1921) es célebre, y fue repetida frecuentemente por el español Buenaventura Durruti (1896-1936), líder del movimiento de colectividades de Aragón durante la guerra civil española. Al objeto le acompaña una variación feminista del Padrenuestro: 

“Concédenos el derecho a decidir sobre nuestro cuerpo. Y danos la gracia de no ser ni vírgenes ni madres. Líbranos de la autoridad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo para que seamos nosotras las que decidamos por nosotras. Ruega porque el poder judicial no haga suyos los mandatos de la Iglesia y ambos nos libren de su misógina opresión. Venga a nosotros el derecho a cuestionar si es bendito el fruto de nuestro vientre. No nos dejes caer en la tentación de no luchar por nuestros derechos. Y concédenos el milagro de la legalidad del aborto en Argentina. Amén”.

Y otros registros sonoros que gritan: “El Papa es argentino y el aborto clandestino. Si el papa fuera mujer, el aborto sería ley”. 

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Cajita de Fósforos, 2005, del Colectivo Mujeres Públicas (Argentina). Museo Reina Sofía (MNCARS). Madrid, 2014. Foto: Anto Rodríguez Velasco

La conmoción que la obra de Mujeres Públicas generó por estos días significó la oposición de varios grupos ultraconservadores, que han sentido esta exhibición como una incitación pública a quemar iglesias y una ofensa directa hacia sus creencias, como la organización Hazteoir.org (que habitualmente se manifiesta en contra del aborto y de matrimonios homosexuales) y la Asociación Española de Abogados Cristianos, que además de recolectar firmas con el fin de censurar la obra Cajita de fósforos, ha solicitado expresamente al Ministerio de Educación, Cultura y Deportes el cese del puesto de director del MNCARS, Manuel Borja-Villel, por la responsabilidad de una exposición con “claros dotes anticristianos”, además de “incitar al odio y a la violencia”, como declara Polonia Castellanos, presidenta de la Asociación Española de Abogados Cristianos: «Un museo nacional es un espacio para el arte y la cultura, no un escaparate de ideología abortista, de vejaciones contra los católicos o de adoctrinamiento».

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Vista de la instalación del colectivo Mujeres Públicas. Museo Reina Sofía (MNCARS). Madrid, 2014. Foto: Anto Rodríguez Velasco

Pero es justamente en éstas declaraciones donde surgen cuestiones fundamentales sobre el rol de un museo de arte contemporáneo en el presente. Y es que el equipo del museo nacional de arte está poniendo sus energías en repensar continuamente su propio modelo de institución, y esto significa preguntarse cómo se le da uso a “un espacio para el arte y la cultura”, cómo se generan espacios para la reflexión crítica que tengan relación y repercusión con el presente, y que no sean sólo “escaparates” y almacenamientos de la historia. Y, además, ¿cómo toleramos las libertades de expresión, tanto afuera como adentro de los espacios institucionales?

Puesto que el colectivo de arte y activismo Mujeres Públicas viene desarrollando un trabajo comprometido desde el año 2003, que justamente aborda las temáticas relacionadas con la posición de la mujer en sociedades opresivas, sobre todo en la lucha contra la legislación del aborto en Argentina y Latinoamérica, el grupo de curadoras WHW ha sabido responder a un conflicto político actual en España misma, afín con las manifestaciones relacionadas con el aborto y las posturas de los poderes políticos por estos días. El espacio de exhibición que otorga el Museo Reina Sofía para el caso de Cajita de fósforo en Un saber realmente útil debe ser entendido -como explica Manuel Borja-Villel- como «(…) un laboratorio de ensayo de nuevas pedagogías» (…) donde (…) «la intención del montaje es restablecer una relación no mediada por el saber, apoyar un pensamiento crítico y trazar conexiones inesperadas».

El Museo Reina Sofía declara en un apartado de prensa: “Esta institución no ha censurado ni puede censurar la obra de un artista, pues atentaría de lleno contra la libertad de expresión, que viene amparada por nuestra Constitución. El censurar una obra violaría el derecho a la difusión artística”, asegurando así que respeta no sólo la libertad de expresión y creación artística, sino que también todas las creencias y libertades de opinión. Así es como este laboratorio de pedagogías, Un saber realmente útil, va de la mano de la tolerancia y la libertad de expresión. Y en este sentido, como institución, el museo se posiciona como catalizador de pensamiento y debate público, o según las palabras de Borja-Villel, como institución viva”.

Este choque entre instituciones -museísticas y religiosas- ha de ser un buen ejemplo del cambio de paradigma por el que el concepto de institución debe atravesar en la actualidad, donde la educación y los espacios culturales trabajen estrecha y cercanamente, donde las jerarquías y los saberes acepten verse cuestionados por una pequeña “cajita de fósforo”, esto, más allá de si el espacio en que se manifiesta es, o no, un Museo Nacional.

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Substramas, Plataforma de investigación y de coaprendizaje sobre las prácticas de producción audiovisual colaborativas. Museo Reina Sofía (MNCARS). Madrid, 2014. Foto: Anto Rodríguez Velasco

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