Al visitar la exposición Desde un charco hasta puntas de flecha de Diego Santa María uno se encuentra con una serie de cosas que son partes de otras. Pareciera ser que el método de configuración y composición de la exposición sitúa al artista como un reconocedor de fragmentos que pudiesen comportarse como superficies cargadas de, por una parte, condiciones gráficas y pictóricas y, por otra, condiciones evocativas propias de las cosas afectadas ambientalmente por el tiempo. Estas condiciones habitarían (así como suele suceder con las prácticas gráficas y pictóricas) a las superficies. Digamos entonces que los objetos recolectados poseen superficies de interés para el artista. Cabe señalar que entre las piezas exhibidas hay tres tipos: 1) partes encontradas y descontextualizadas. 2) construcciones realizadas por el artista, que sin embargo se parecen mucho a las anteriores (1). 3) Pinturas que de alguna manera replican la temperatura de las piezas anteriores (1 y 2).

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Vista de la exposición Desde un charco hasta puntas de flecha, de Diego Santa María, en Casa Mutt, Santiago. Foto: Bárbara Oettinger

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Vista de la exposición Desde un charco hasta puntas de flecha, de Diego Santa María, en Casa Mutt, Santiago. Foto: Bárbara Oettinger

Estas superficies habitaban otros lugares: el cemento bajo un piso de parquet, un escalón cubierto de un linóleo verdoso (desteñido probablemente por el sol), el vidrio de una ventana. Digamos que algunas de estas piezas –o no las piezas, pero si ellas como cosas- son anteriores a la idea de esta muestra, entonces su existencia fue autónoma a las consideraciones y problemas de los que esta exposición pretende hacerse cargo. Creo entonces que el artista no estaba solo en busca de unas cosas como contenedoras de superficies, sino de unas superficies afectadas por el tiempo. Entonces, algunas partes de esta exposición estaban habitando el mundo a su manera, practicando su existencia como lo hacen las cosas más anónimas e imperceptibles, hasta que Diego, en un ejercicio estético de recolección, decide reunirlas en esta exposición, como si ellas tuviesen el potencial de generar relatos de pertenencia y familiaridad.

Entre las piezas exhibidas hay un vidrio que contiene una mancha antigua de pintura y que en su reflejo se genera una nueva mancha (sombra) sobre el muro; esto me parece de una poesía silenciosa y que de alguna manera también comunica la historia privada (y perdida) de ese objeto, con la intimidad aparente de la exposición. Me parece que de estas maneras sutiles, las partes de esta muestra construyen un ahora como el producto de una suma de pasados.

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Diego Santa Martía, Segunda capa, 2014, cemento, malla metálica y madera, 144 x 100 cm. Foto: Bárbara Oettinger

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Diego Santa María, El peldaño vecino, 2014, madera, volcanita y linoleo, medidas variables. Foto: Bárbara Oettinger

Mi primera impresión es que Diego mira con especial interés algunas cosas que han sido diseñadas cuidadosamente (y de manera eficaz) para que no resulten de interés de nadie. Mi segunda impresión es que esas cosas que nunca despertaron mi interés realmente lo merecían. Una de las eficacias en la elección de lo exhibido es efectivamente que fueron producidas para guardar silencio, y por mucho que se las cuelgue en el muro de la galería siguen conservando un carácter silencioso, independiente de que no puedan evitar comunicar. Eso que comunican resulta por tanto misterioso, raro, ambiguo, cálido, frío, extraño y (al mismo tiempo) absolutamente conocido y familiar. Este es un tipo de silencio inquietante en la medida que comunica. Digamos que lo que en este caso define el silencio no es la ausencia de un contenido que se manifiesta como un sonido, murmullo o ruido, sino lo difuso y ambiguo transmitido en ese contenido. El silencio no es total, es el volumen del mensaje el que no permite su codificación. Además presumo que el mensaje es múltiple; el tiempo y la excesiva familiaridad hacen que estas superficies se vuelvan contenedores plurales de aspectos silenciosos, complejos y simples al mismo tiempo, nos recuerdan eso que nunca podríamos nombrar pero que habitualmente habita los mismos espacios que nosotros habitamos, eso que nos acompaña pero que no sabemos como nombrar. Otro acierto de esta muestra es que todas estas cosas pareciesen ser partes de lo mismo, sin que necesariamente hubiesen constituido antes una unidad, se llevan bien y parecen compartir un lenguaje común que  probablemente es así por su condición de ser pedazo y de estar diseñadas para la invisibilidad.

 Estas cosas fueron construidas como potencialmente infinitas, precisamente para la práctica de lo finito (de distintas maneras); para decirlo claro, me refiero a su carácter modular. Digamos que las baldosas de un piso podrían sucederse de maneras indeterminadas ajustándose a estructuras distintas siendo siempre unidad, o una vereda es una unidad compuesta de otras unidades. En esta exposición se individualizan las partes compuestas de otras partes, y se someten a sistemas de exhibición propios del arte. De esta manera se instala al anónimo en la condición de individuo, miramos de frente a eso que estaba en el suelo. Eso que en su hábitat sería pedazo, es acá una discontinuidad excepcional con condición de objeto estético.

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Diego Santa María, Algunos trozos, 2014, esmalte sobre volcanita ( yeso cartón), repisas de madera, medidas variables. Foto: Bárbara Oettinger

Hablar de esta exposición es complicado porque su asunto (desde mi punto de vista) se encuentra en un espacio extremadamente pequeño (si es que es existente), y ese espacio sería el que habría entre algo y si mismo. Es decir, que algunas cosas serían dos veces de manera simultánea y casi sin diferencia, además ocupando el mismo lugar. Esto que digo sería irrelevante y un cuestionamiento como una mera inquietud poética, si no fuese porque en el trabajo de Diego Santa María no hubiese una seña de que esto es así. Ahora, es probable que en este texto no pueda desarrollar una argumentación contundente hacia la constatación de esto que digo, entonces, más que esforzarme por probarlo quisiera proponer algunas obviedades como el aval de la posibilidad de que las cosas sean dobles:

1- En el mayor de los casos miramos las cosas con dos ojos, lo que de alguna manera implica que ver una vez sería, simultáneamente, hacerlo dos veces. Allí donde nuestro cerebro sitúa lo visto habría dos imágenes; la cosa vista por mi ojo derecho y la cosa vista por mi ojo izquierdo. Cerrar uno de los ojos implica ver distinto de una manera que sin duda es difícil precisar, probablemente similar a lo que veríamos si usásemos el otro ojo o incluso los dos. No quiero sugerir que el mundo a través de un ojo sea diferente, es solo igual de otra manera, y es eso precisamente lo que quisiera plantear.

2- No existe posibilidad conocida de que un mismo objeto o cosa esté en dos lugares distintos de manera simultánea, pero si sería imaginable que una misma cosa se duplique ocupando el mismo lugar dos veces; digamos que una cosa se doble (en cantidad) sin nunca separarse y conservando el aspecto de individuo, de unicidad.

3- Si uno viese a dos cosas distintas ocupando el mismo lugar lo percibiría porque tendría la capacidad de reconocer a ambas como distintas. En el caso de que las dos cosas que ocupan el mismo lugar fuesen iguales no habría manera de diferenciarlas, por lo que tampoco las reconoceríamos como distintas o al menos dobles, sino como únicas.

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Diego Santa María, Línea blanca en forma de rayo, 2014, esmalte sobre vidrio, 80 x 65 cm. Foto: Bárbara Oettinger

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Diego Santa María, Línea blanca en forma de rayo (detalle), 2014, esmalte sobre vidrio, 80 x 65 cm. Foto: Bárbara Oettinger

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Diego Santa María, Estudios de rincón I y II, 2014, esmalte sobre volcanita( yeso cartón), esmalte sobre lino, medidas variables. Foto: Bárbara Oettinger

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Diego Santa María, Estudio de Rincón II, 2014, esmalte sobre lino, 20 x 16 cm. Foto: Bárbara Oettinger

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Diego Santa María, Paisajes guardapolvo I, II y III, 2014, 20 x16 cm c/u, óleo y esmalte sobre lino. Foto: Bárbara Oettinger

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Diego Santa María, Superficie, 2014, óleo y esmalte sobre tela, 200 x 250 cm. Foto: Bárbara Oettinger

Y si entre las dos partes que constituyen las unidades hubiese algo, ¿qué sería eso? ¿Qué podría existir entre una cosa y ella misma? No se me ocurre que ahí pudiese caber algo como las cosas (material). Si yo tuviese que aventurar una presunción, diría que eso tendría que ser algo así como un fantasma. Algo sin forma física, algo como un espíritu, o tal vez algo más como el sonido que como la materia misma. Esto que digo es probablemente una respuesta fácil, y es que la existencia de los fantasmas o las almas ya había sido situada allí en donde unas opacidades necesitaban unos complementos etéreos (digamos: donde unas cosas necesitaban unos espíritus), justo dentro de los cuerpos (o entre una cosa dos veces).

¿Dónde se supone que habita mi alma? Me parece que Diego demuestra una sensible capacidad, esta sería la de: 1. detectar, 2. situar, 3. visualizar o medir, 4. hacer aparecer aquello que no se ve pero que está. Esta es una capacidad que el espectador percibe en el momento en que reconoce algo como familiar, independiente de que nunca lo haya visto. Imagino que esto pudiese ser comparable con empañar un vidrio, que es básicamente hacer aparecer como opacidad una transparencia. Ahora, los métodos usados en esta exposición son sin duda más complejos que lanzar el aliento sobre una superficie. Creo que las cosas que están presentes en esta muestra podrían categorizarse como fantasmas (las representaciones) y cadáveres (las partes). Ambas se resisten al silencio porque les queda la superficie (que es la memoria). Cuando lo irremediablemente muerto nos da una señal de vida, estamos viendo un fantasma.

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Javier González Pesce

Artista visual. Es licenciado por la Universidad ARCIS (Chile, 2008) y Máster en Arte en la Esfera Pública por ECAV (Suiza, 2017). Ha participado en exposiciones colectivas en Chile, Uruguay, Argentina, Colombia, Estados Unidos, Canadá, España, Suiza, Grecia y China. Entre sus exposiciones individuales destacan "Esta Tierra es tal, que para vivir en ella y perpetuarse no hay mejor", en la Galería Gabriela Mistral (Chile, 2017), "Ciels", en el Musée de Art de Sion (Suiza, 2017), y "El ser tan bella no te da derecho a destruir", en el Museo de Artes Visuales (Chile, 2014). Ha ganado el premio de arte joven del MAVI (Chile, 2012), el premio para curadores del Consejo de la Cultura (Chile, 2013), y la Residencia de las Américas del Consejo de las Artes de Montreal (Canadá, 2014). Desde 2011 co-dirige el espacio de arte Local Arte Contemporáneo (Santiago, Chile), en el que han exhibido artistas como Gonzalo Díaz o Tris Vonna-Michell, y ha generado proyectos curatoriales, organizado exposiciones y escrito numerosos textos. Local ha participado de ferias de arte internacional en Chile, Estados Unidos y España.