Hacer el intento de desarrollar pensamiento y conocimiento a través de operaciones retrospectivas parece, por decir lo menos, complicado. La memoria, más allá de su fragilidad, es un mecanismo y una herramienta que funciona enlazada con otras capacidades humanas. Así, los efectos de la historia, de la historiografía, de la mitología popular o los recuerdos personales se tornan siempre difusos en el retroceso y la noción de verdad que detentan se relativiza en un mar de subjetividad.

Los procesos de verdad y reconciliación que muchas naciones latinoamericanas han vivido en décadas recientes producto de las graves violaciones a los derechos humanos cometidas principalmente por organismos de seguridad e inteligencia ligadas a aquellos regímenes de facto, han podido observar con delicadeza y precisión cómo se enfrenta el pasado y de qué forma los actores de esa época resisten los mismos juicios de la historia y de la justicia para resolver las apreciaciones sobre los hechos ocurridos.

El caso de Chile no es distinto y, por lo mismo, la imprecisión de la intersubjetividad de la nación genera un tipo de conocimiento difuso; uno incompleto y caracterizado por su zigzagueo narrativo.

La obra de Rodrigo Vergara que se presenta en el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos problematiza los efectos de momentos álgidos de subjetividad colectiva.

Luego de una larga investigación a través de conversaciones, entrevistas con Sergio Buschmann Silva, actor y emblemático integrante del Frente Patriótico Manuel Rodríguez (en adelante FPMR), el proyecto general gira en torno a la vida de Buschmann y se centra en las aparentes contradicciones entre la vida política y la actuación teatral.

Buschmann, en sus tiempos de estudiante en la Escuela de Teatro de la Universidad Católica, comienza su militancia en el Partido Comunista de Chile. Una vez ocurrido el golpe militar de 1973 es detenido y puesto en libertad al poco tiempo. Luego, en 1975, es nuevamente detenido y se exilia en Suecia, donde integra el grupo de apoyo “Comité Pro Chile”. Es este grupo junto al partido comunista quienes lideran el apoyo de la lucha armada para la recuperación de la democracia en Chile. La acción política principal consistió en organizar un grupo paramilitar de guerrilla urbana.

Las operaciones del FPMR fueron diversas y especialmente centradas en lo que ellos denominaron “insurrección popular armada”. Es en este contexto en que Buschmann es designado como jefe operativo de la mayor internación de armamento por grupos guerrilleros en Chile durante el gobierno de Augusto Pinochet.

Se internaron aproximadamente ochenta toneladas de armas, fundamentalmente fusiles M-16, cohetes y lanzamisiles low que estaban destinados a fortalecer la lucha armada durante el año 1986, año decisivo, según el plan del FPMR, para derrotar a Pinochet.

La internación de armas fue un fracaso. La operación fue descubierta por agentes de la Central Nacional de Informaciones (CNI) y los custodios y personal de seguridad de la operación fueron detenidos, entre ellos, Sergio Buschmann. Hay que mencionar que simultáneamente a la operación de internación de armas se transmitía en la televisión abierta la telenovela Matrimonio de papel, donde Buschmann tuvo un breve rol.

Luego de su detención, Buschmann fue trasladado a la cárcel de Valparaíso donde permaneció un año hasta que se fugó junto a otros tres reclusos. Escaparon por los techos del penal y saltaron el muro perimetral de siete metros de la cárcel que colinda con la vía pública.

La fuga fue planificada con mucho detalle y fueron estudiados hasta los últimos pormenores, incluyendo las 20 horas del día 7 de agosto de 1987 como el momento programado para la fuga. Esa hora era especialmente frágil en la seguridad del penal debido a que la mayor parte de los internos y el personal de gendarmería veían todos juntos los capítulos de la telenovela chilena Mi nombre es Lara.

Buschmann, luego de su fuga, no pudo ser capturado y escapó a Europa. Regresó a Chile en 1994 y luego de una reposición de su condena en 1995 fue definitivamente sobreseído. Vivió en Concepción y Valparaíso, ciudad donde murió a los 71 años producto de una complicación en una operación cardíaca.

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Mi nombre es Lara, telenovela de 1987 que durante su emisión en horario vespertino, fue el momento utilizado por Buschmann para fugarse desde la Cárcel de Valparaíso. Cortesía del artista

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Rodrigo Vergara, documental de Sergio Buschmann hablando de su vida como actor, su vida clandestina, su papel en Carrizal Bajo y su fuga de la cárcel de Valparaíso. Cortesía del artista

El relato

Con seguridad la historia antes resumida de la vida de Sergio Buschmann no podría haber sido contada desde otra perspectiva, por ejemplo desde lo estrictamente artístico. Sin embargo, los datos que dibujan esa historia pueden perfectamente trazar recorridos no del todo continuos o legibles con nitidez, ya que se yuxtaponen y se confunden en el desplazamiento de la actuación teatral a una opción de lucha por la vía armada.

Asimismo, también puede haber una lectura relativa a los sistemas de seguridad que resguardaban su identidad y sus acciones durante su etapa más activa como miembro del FPMR.

Así, es posible establecer también un diálogo a través de los múltiples roles que Buschmann interpretó durante su vida, como actor profesional, como militante, guerrillero y ciudadano común. Es este cúmulo de identidades las que relativizan la historia, las que obligan al lector-espectador a discernir y optar por una parcialidad que permita orientar un relato continuo. Pero, nuevamente, el espacio indeterminado entre lo ficcional y lo real se vuelve relevante y productivo a la vez; la zona oscura entre la transmisión oficial de la televisión donde Buschmann participa como actor o como tele espectador (Mi nombre es Lara) y su papel como empresario que simuló ser el responsable de una empresa de fachada para la internación de armas para el FPMR. Buschmann se interpreta a si mismo actuando. Elípticamente entonces, el relato de la vida de Buschmann se vuelve intenso y comprimido; hay en potencia una retórica del oxímoron en la paradoja que sostiene su actuación (política/artística), situación similar se puede observar en una serie de dibujos y acuarelas que representan estructuras que sirven para construir cosas, como el mismo Rodrigo Vergara lo menciona. Son objetos transicionales, modelos que no tienen necesariamente continuidad, y que su sistematicidad funcional solo se expresa momentáneamente.

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Rodrigo Vergara, Sin título, acuarela sobre papel. Cortesía del artista

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Rodrigo Vergara, Sin título, acuarela sobre papel. Cortesía del artista

Dos piezas

La video instalación de Rodrigo Vergara consiste en dos habitaciones dispuestas para la proyección de videos monocanal. En el primero se muestra una conversación que tuvo el artista con Buschmann donde el diálogo se desarrolla en torno a sus vínculos con el FPMR y la fuga que protagonizó desde la Cárcel de Valparaíso. En la segunda sala se exhibe un resumen de la telenovela Mi nombre es Lara, a modo de archivo documental.

El volumen que alberga las salas de proyección está estructurado en forma de V, donde en su vértice inferior se juntan ambos volúmenes, poniendo a esta estructura también en un terreno ambigüo, uno que se debate entre la escultura y el objeto, o entre la función y la forma.

Esta dualidad ha sido una constante en el trabajo de Rodrigo Vergara, debido a que desde sus proyectos con Hoffmann’s House, donde la sala de exhibición (la media agua) es a la vez el contenedor y contenido junto a las obras de otros autores, se articula una fórmula que insiste en el valor de lo híbrido y en el contacto o en la relación entre elementos de naturalezas distantes para articular un sentido para los proyectos.

La reciprocidad de la obra-espacio de exhibición es en definitiva el lugar creativo que sustenta la contigüidad entre autor y actor.

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Rodrigo Vergara, Sin título, acuarela sobre papel. Cortesía del artista

 Pensar el pasado

La construcción de conocimiento normalmente se asume como una actividad humana que se refiere a su apuesta por el futuro, es decir por la necesidad de construir un cimiento desde el pasado y el presente para avizorar el futuro. Sin embargo, la historia reciente de Chile, dada su cercanía temporal, es susceptible de ser reinterpretada y reescrita, especialmente porque sus protagonistas siguen vivos y sus redes familiares escriben su presente de acuerdo a las hazañas, los aciertos y errores del pasado. Así, el futuro se piensa en retrospectiva, siendo el presente investido permanentemente por el pasado; un traje que, por sus características, normalmente no se ajusta del todo, siendo ese descalce y esa fricción la frontera que explica el sentido de lo representado.

El trabajo con la memoria se ha dado en planos tan distantes como lo nostálgico o ciertos ajustes a la historia que relatos pequeños o detalles de los discursos generales se superponen a la llamada “gran historia”.

Cada eclipse de la amplia idea de historia que construye el discurso dominante se transforma en un hecho significante, se transforma en un minúsculo motor epistemológico que genera una energía productiva aunque vaya para atrás. En otras palabras, pensar el pasado es también como actuar el pasado.

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