Por Damir Galaz-Mandakovic Fernández

En la reciente Semana de Arte Contemporáneo de Antofagasta, SACO, organizada por el Colectivo Se Vende, se llevó a cabo un interesante diálogo trinacional, que hurgó en un tema totalmente vigente y pertinente para los márgenes de Perú, Chile y Bolivia. El encuentro llevó por nombre Mi Vecino. El Otro.

La reflexión, ya condensada en su título, fue estimulada por la caracterización de nuestras percepciones de alteridad, relaciones de frontera y, por sobre todo, la fronterización impulsada por las imágenes, imaginaciones e imaginarios que estructuraron los relatos nacionales desde las historias oficiales y las narrativas maestras que se diseminan en nuestras cotidianidades, desencadenando procesos de estereotipación, prejuicio y violencia.

El hecho crucial que marca este tipo de relaciones conflictivas remite, sin duda, a la Guerra del Pacífico (1879-1883), pero en SACO se apostó a comprender este proceso más allá de la mera anécdota histórica, económica y geopolítica, viéndola como un proceso que, entre otras cosas, racializa las relaciones de fronteras, emanando desde allí verdaderos artefactos culturales que buscan deslegitimar la otredad desde supuestas inferioridades de “raza” y mitos biológicos con sus respectivos oponentes de descalificación.

Vista parcial de las intervenciones de artistas de Chile, perú y Bolivia en el Parque Cultural Huanchaca, durante la SACO 3, 2014. Foto: Sebastián Rojas R

En gran medida, las reflexiones expresadas a través de instalaciones artísticas, teatro y conferencias de curadores e investigadores confluyeron en la necesidad de superación de los metarrelatos y de reivindicar al sujeto en cuanto biografía que cruza los campos sociales del norte de Chile, sur peruano y occidente boliviano. Igualmente, concordaron en una crítica a los políticos que hiperbolizan los problemas limítrofes en conjunto con los medios de comunicación: lo ficticio y la exageración se constituyen como realidad, hegemonizando la satanización del otro.

Se propuso la revisión de los relatos históricos y la valorización de los archivos culturales: archivos depositarios de las borraduras impulsadas por los nacionalismos de trasnoche y de la alteridad del mundo moderno y dicotómico, siendo las escuelas las encargadas de reproducir recitaciones complejas de xenofobia y violencias simbólicas.

De mismo modo, los prejuicios, estereotipos e imaginaciones del otro redundan en corporalidades que se tensionan, en cuanto a la aduanización que comprende al otro y su cuerpo como amenaza y sospecha en espacios antropológicamente densos y más antiguos que la línea fronteriza que marcan los Estados. He allí, los cuerpos que se desplazan como victimas de la biopolítica trinacional de frontera.

En esa escena de clausura y vigilancia fronteriza, como herencia y validación de una guerra de capitalismo minero, el sujeto vive en tensión cartográfica. Perviven, entonces, las porosidades de la frontera expresadas en la capacidad de agencia de los sujetos que se desplazan, migran, comercian, con-viven, se aman, trabajan, en un misma región en común.

Esto da pie a dispersiones y a un contraste en la consideración de la lógica estatal por parte de los pobladores que, a través de sus prácticas cotidianas, intentan romper el paradigma estadual. La trashumancia del consumo y del trabajo son evidencias de estas reconstrucciones temporales o estacionarias de los propios espacios con memoria de dinámicas prechilena, preperuano y preboliviana.

Sin embargo, los cuerpos en tránsito intentan ser estatizados para controlar sus movimientos, surgiendo la catalogación e identificación con lo nacional: peruano, boliviano o chileno. Ser “peruano”, “chileno” o “boliviano” opera como si fuese una categoría que totaliza de forma monódica al sujeto, como una palabra mágica que lo anula, ejerciéndose una borradura con su biografía, singularidad, nombre, deseos, sueños, proyectos.

Homenaje a la Antofagasta boliviana. Intervención de Claudio Correa en el Parque Cultural Huanchaca, durante la SACO 3, 2014. Foto: Sebastián Rojas R

Homenaje a la Antofagasta boliviana. Intervención de Claudio Correa en el Parque Cultural Huanchaca, durante la SACO 3, 2014. Foto: Sebastián Rojas R

En SACO3 se hizo patente la tensión dada entre territorio y la territorialidad, entiendo la diferencia en relación directa con el Estado al cual “pertenecen” esos lugares y esos cuerpos. La territorialidad remite al sujeto social y a la diversidad expresada en sus hábitos. En ese tenor, la diferencia operacional entre territorio y cualquier otra categoría geográfica –espacio, región o lugar– surgiría al considerar la perspectiva de los sujetos sociales. El territorio no es identificado y delimitado por el observador externo, sino por los grupos sociales que mantienen relaciones de producción, de vecindad o parentesco, y que, como una estrategia, definen un territorio. La territorialidad es vista como una estrategia de individuos o colectividades que buscan, de algún modo, controlar, proponer o influir; de fenómenos y de las relaciones que derivarían de ellos en determinadas áreas geográficas.

La territorialidad y sus dinámicas son violentadas cuando se perciben modificaciones en escala intermedia, por las escalas locales que dejan atrás las decisiones tomadas en las respectivas centralidades: Lima, La Paz y Santiago. Las regiones se definen a partir de las prácticas culturales y materiales de sus propias sociedades. Las regiones y sus dinámicas deben ser pensadas como entidades con procesos abiertos y contingentes.

De este modo, SACO3 revaloriza la recomposición de nuestras relaciones vecinales superando los vilipendios institucionalizados, reivindica el diálogo del sujeto ante los militarismos y chovinismos con sus infinitos monólogos de la violencia xenófoba. Deja atrás la dimensión cadavérica del lenguaje nacionalista historiográfico y de las relaciones coloniales, apelando a la multivocalidad de la contemporaneidad.

El paisaje que nos une. Intervención de Catalina González en el Parque Cultural Huanchaca, durante la SACO 3, 2014. Foto: Sebastián Rojas R

El paisaje que nos une. Intervención de Catalina González en el Parque Cultural Huanchaca, durante la SACO 3, 2014. Foto: Sebastián Rojas R

Intervención de Andrés Bedoya en el Parque Cultural Huanchaca, durante la SACO 3, 2014. Foto: Sebastián Rojas R

Intervención de Andrés Bedoya en el Parque Cultural Huanchaca, durante la SACO 3, 2014. Foto: Sebastián Rojas R


N.d.E: La 3ª Semana de Arte Contemporáneo de Antofagasta (SACO3) se realizó del 21 al 31 de agosto en el Parque Cultural Huanchaca. Organizada por el Colectivo Se Vende Plataforma Móvil de Arte Contemporáneo, reunió a curadores, investigadores y artistas de Perú, Bolivia y Chile. Bajo el título de Mi vecino. El otro, se presentó una serie de intervenciones en el parque cultural, lugar de las ruinas de una antigua fundición de plata británica-chilena-boliviana, hoy Monumento Histórico Nacional. Participaron desde Perú Gustavo Buntinx, Harold Hernández, César Cornejo y Elliot Túpac Urcuhuaranga; de Bolivia, Lucía Querejazu, Juan Fabbri, Andrés Bedoya y Jaime Achocalla; y desde Chile, Rodolfo Andaur, Damir Galaz-Mandakovic, Catalina González y Claudio Correa.

Mientras que los teóricos presentaron sus investigaciones en textos y conferencias, los artistas emplazaron sus obras en el entorno. El equipo peruano participó con una obra en la parte alta del recinto de Huanchaca: una columna puesta sobre un enorme dibujo hecho sobre la tierra que representa una llama de tres cabezas, una especie de símbolo ancestral con referencias a los geoglifos de Nazca y a la Santísima Trinidad, un conjunto que marca con su sombra el paso del sol, un reloj cósmico que también cita al obelisco que se emplaza en la frontera tripartita entre Bolivia, Chile y Perú, en las alturas del cerro Choquecota.

El grupo boliviano reflexionó sobre el carácter huidizo de límites y mapas. Andrés Bedoya presentó una serie de objetos de plata que resignifican en Huanchaca la historia de país, la memoria y conceptos de riqueza y poder; Jaime Achocalla, por su parte emplazó un monumental mástil intervenido por pilas de adobe, material que relaciona simbólicamente a tierra y territorio.

El grupo chileno trabajó bajo el concepto de “desertificación”. Claudio Correa erigió un “monumento a la Antofagasta boliviana”, una enorme vela que brilla en la oscuridad, homenaje a un barco de Bolivia que no alcanzó a zarpar en la Guerra del Pacífico, mientras que Catalina González instaló una pila de agua referida a nociones de arquitectura, ruina y decoración.