Los eventos políticos nos conciernen a todos, y también nos arrastran a todos. Por ello, los artistas y sus diversos ámbitos de acción, así como las obras y sus posibles espacios de eficacia crítica –de rebelión-, no pueden escapar a los reclamos ni las urgencias que surgen en momentos como este que vivimos, en el que un país –el nuestro, Venezuela- intenta atender y entender su presente, su porvenir, sus potencias y sus clausuras, intenta reconfigurar sus relaciones políticas y sociales.

Aparece entonces para el “artista” la necesidad de reflexionar acerca de su lugar –y su función- en el tejido social. Se presenta igualmente la necesidad de preguntarse por el espacio de “lo político” en el arte (en las obras). Pero, ante la inminencia de los acontecimientos, en lo inmediato, surge también otra necesidad impostergable: la de rastrear esos espacios abismales, hechos de fronteras, exclusiones y anulaciones, que tanto los discursos históricos e ideológicos como los mecanismos de ejercicio del poder producen sistemáticamente.

Se da una suerte de “mandato” en el que se reafirma la obligación –por demás ineludible- para cada artista, en cada obra, de explorar, sondear, escuchar, tantear –justamente desde el “margen” que los delimita, es decir, a partir de las divergencias que inevitablemente se dan entre (re)presentaciones y presencias reales- el acontecer de lo político en sus territorios tensos, en sus emergencias, pero no como denuncia o indicación, tampoco como comentario, sino en y con el deseo –el requerimiento- de dar lugar, con los instrumentos del arte y la imagen, a una traducción, una traslación, una deriva que pueda abrirse también como un obrar sobre el mundo.

Vista de exposición Lo Político, en Carmen Araujo Arte, Caracas, 2014. Cortesía de la galería
Eduardo Gil, Morgue de Bello Monte, 2014. Cortesía: Carmen Araujo Arte

Carmen Araujo Arte, en Caracas, atiende esta demanda, y lo hace presentando en su espacio obras de los artistas Luis Arroyo, Camilo Barboza, Eduardo Gil, Yucef Merhi, Luis Poleo, Gerardo Rosales y Armando Ruiz. Siete aproximaciones, siete intervenciones que se encargan de “lo político”, entendido no sólo como un tipo específico de ejercicio de dominio o como un aparato discursivo (ideológico), sino que lo comprenden en los modos como se realiza su inscripción en el mundo, que se preguntan acerca de la manera en que “lo político” constituye (elabora o devasta) una “forma de vida”.

Siete acercamientos, siete participaciones que se hacen cargo del país –de esta Venezuela- en su textura existencial: en la violencia y la anulación que todo lo permea, en las voces que silencia o en la dimensión indecible –imposible, también- de su “sofisticada barbarie”. Siete avecinamientos, siete intromisiones, con las que desde señales fronterizas y signos sutiles, desde diversas instrucciones alegóricas, se reflexiona y se indaga acerca de las condiciones, así como acerca de los diversos “cuerpos” ideológicos y discursivos que han dado lugar y han hecho posible este momento expropiado de la existencia.

Luis Arroyo, De Winsor & Newton a los filamentos eléctricos (identificación de la anterioridad de lo pictórico), 2014. Vista de instalación. Cortesía: Carmen Araujo Arte

Para Luis Arroyo tratar “lo político” significa indagar, al interior de los “discursos y operaciones propias del arte” –de sus imágenes-, en torno a ese espacio intersticial, limítrofe, que escinde y separa, pero también articula y ordena, las estructuras de captura (sean éstas ideológicas, económicas o culturales) y las fuerzas (“filamentos eléctricos”) propias de la existencia; ese hiato ilocalizable que hace de todo sujeto, a la vez, actor y subyugado, y de toda “obra” un decir inapropiable.

Camilo Barboza, por su parte, acecha “lo político” en el escenario de sus constituciones territoriales e identitarias (de sus taxonomías). Así, sus collages son una especie de “derivas iconográficas” en las que signos y símbolos inmediatamente reconocibles estallan –o se despedazan- para convertirse en síntomas de un “cuerpo” social y cultural desprovisto. Eduardo Gil, recrea, esboza y proyecta en la construcción que alberga la muerte (la morgue) un momento de memoria, un reclamo de no-olvido que excede el acontecimiento y su actualidad, y que inscribe un monumento-simulacro desde el que se expresa la banalización de la vida.

Vista de exposición Lo Político. Obra de Camilo Barboza, Todo está iluminado, 2014. Cortesía: Carmen Araujo Arte

A la manera de un buceador de aguas profundas, Yucef Merhi realiza lo que denomina un “paisaje semántico” en el que, transgrediendo los controles de los medios electrónicos y las redes, hace visibles esas “otras” redes (textuales, informativas) ocultas, secretas, que estructuran los juegos del poder, y sobre las que se trama, se multiplica y replica, se retrata el “rostro” desnudo de los acontecimientos políticos.

Para Luis Poleo, “lo político” se instala de un discurso o una iconografía de las anomalías, en la exposición irónica de mecanismos de disconformidad, porque es allí –en la inadecuación- donde se hace evidente e incuestionable la contextura opresiva y posesiva de las maquinarias simbólicas: su comportamiento obsesivo, su dimensión tiránica.

Gerardo Rosales transfigura la violencia, en sus múltiples formas, en un dispositivo de enunciación plástica que atiende a lo propio, lo íntimo, lo corporal, que vuelve a narrar –ahora desde y en la infantia del lenguaje- la fragilidad de lo humano y de sus derechos, la levedad de sus propiedades, para afirmar que “lo político” es siempre un hacer sensible lo que es insensible.

Yucef Merhi, Kingpin, 2014. Cortesía: Carmen Araujo Arte

Armando Ruiz escribe y deconstruye el país (en su barbarie, en su despojo) con una práctica textual y constructiva, es decir, a través de la elaboración de unos libros –monumentos originarios de la cultura- sangrientos, libros-señales que señalan y advierten sobre las heridas del “cuerpo nacional” desde un devenir de palabras que, en su secuencia y en su cadencia, lo revelan y detallan.

Siete aproximaciones, siete intervenciones que reniegan de la representación (soberana) y la denuncia, para articularse políticamente como un movimiento crítico que inscribe –en el entre-todos- la revocación de toda vocación simbólica, y se propone residir en la dificultad y la incertidumbre de estas situaciones apremiantes: en su opacidad y su impropiedad, en su exceso.

Armando Ruiz, No-País, 2014. Cortesía: Carmen Araujo Arte

LO POLÍTICO: LUIS ARROJO, CAMILO BARBOZA, EDUARDO GIL, YUCEF MERHI, LUIS POLEO, GERARDO ROSALES Y ARMANDO RUIZ

Carmen Araujo Arte, Caracas

Del 30 de marzo al 27 de abril de 2014

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Sandra Pinardi

Doctora en Filosofía de la Universidad Simón Bolívar (2000), es Directora de la División de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad Simón Bolívar y profesora de la Universidad Católica Andrés Bello, Caracas, Venezuela. Participó en la creación del Instituto Universitario de Estudios Superiores de Artes Plásticas Armando Reverón, del cual también fue Directora. Ha escrito varios libros y capítulos de libros, entre éstos, “Reconstructed Identities in Latin America; Spectacle and Fiction", en “New World Colors” (2014); y "Disposiciones políticas de las artes visuales contemporáneas: Archivos de la violencia”, en “El tránsito vacilante. Miradas sobre la cultura contemporánea venezolana” (2013).

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