La Sala de Fotografía Emergente del Museo de Arte Contemporáneo (MAC) de Quinta Normal exhibe Fantasmata, de Josefina Astorga, una muestra que presenta una mirada personal de distintos paisajes, en los que la artista chilena se distancia de la fotografía documental y busca un lenguaje más bien onírico.

Las imágenes fueron tomadas aprovechando las potencialidades de la técnica análoga. Así, veladuras, desenfoques y humedad en el lente dieron pie a registros que se acercan a lo pictórico. Las 30 fotografías expuestas ponen en duda la verosimilitud de lo retratado y se acercan a otro tipo de imagen: un paisaje que no forma parte de la realidad, sino que busca retratar lo que guardamos íntimamente en nuestro recuerdo.

En Fantasmata también se exhiben fotoserigrafías impresas en largos telares de lona cruda, en donde se representa la memoria, el olvido y el anhelo de naturaleza, en una imagen de muy precaria definición.

A continuación, reproducimos los textos de Montserrat Rojas Corradi, curadora de la Sala de Fotografía Emergente del MAC, y Nathalie Goffard, téorica y autora del libro Imagen Criolla, Prácticas fotográficas en las artes visuales de Chile (Metales Pesados, 2013), incluidos en el catálogo que acompaña esta muestra, y que será lanzado el próximo 20 de noviembre.

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Josefina Astorga, parte de la muestra Fantasmata, MAC Quinta Normal, Santiago, 2013. Cortesía de la artista

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Josefina Astorga, parte de la muestra Fantasmata, MAC Quinta Normal, Santiago, 2013. Cortesía de la artista

Fantasmata y el paisaje como objeto de deseo

Por Nathalie Goffard

 

En realidad solo vemos los paisajes que deseamos ver

Joan Nogué

Fantasmata es un término proveniente de la teoría Aristotélica que trata sobre la memoria, la imaginación y los distintos niveles de conocimiento del mundo, y refiere específicamente al entendimiento pasivo de la realidad a través de los sentidos. Fantasmata define entonces aquellas imágenes sensibles –no sólo visuales- que recibimos y asimilamos por medio de la sensación y la experiencia, anteriores a la elaboración de los conceptos o ideas.

Imagen sensible de la naturaleza, primero, y transformación en objeto construido, conceptualizado y contenido, después, resume bien el proceso de creación de toda representación paisajística. En efecto, tal como lo recalca Alain Roger, el territorio es el grado cero del paisaje; la naturaleza es la materia prima con la que construimos estéticamente y culturalmente aquella idea de paisaje. Mas, naturaleza y paisaje no son sinónimos. De hecho, lo sublime y pintoresco en la tradición romántica del paisaje en busca de la exaltación e idealización de la naturaleza contribuyó a la confusión conceptual que perdura hasta la fecha entre paisaje y naturaleza. Es decir, si bien la experiencia paisajística es percepción y entendimiento pasivo de la naturaleza, en el que intervienen la sensibilidad, la memoria y la imaginación es también y sobre todo, una construcción cultural y un proceso conceptual elaborado con modelos estéticos previamente asimilados y aprendidos.

El traspaso de la imagen mental del territorio a la producción estética –creación de un paisaje- es realizado en este proyecto por Josefina Astorga a través del medio fotográfico y, asimismo, gracias a una suma de estrategias visuales y decisiones formales que evocan la historia del género paisajístico tanto en las Bellas Artes como en los medios de comunicación.

Fantasmata está compuesto por treinta ampliaciones fotográficas sobre papel, de formato vertical y tres de formato apaisado impresas sobre tela. Dichas características formales, tanto de soporte como de montaje, refieren tanto a una experimentación en cuanto a material, como a un cruce con las diversas representaciones culturales y estéticas del paisaje. En efecto, por un lado las impresiones sobre papel de algodón aluden visualmente a la pintura acuarela, por el otro, los marcos de madera redondeados y de color cobre envejecido recuerdan la estética vintage de la fotografía familiar exhibida en el ámbito doméstico. Por último, la opción por la lona perforada con ojetillos metálicos, dialoga tanto con el artefacto industrial como con la tradición pictórica.

Los paisajes de Fantasmata no responden en estricto rigor a la representación tradicional del género paisajístico, entendido como porción o vista de una vasta extensión de terreno y aún menos como naturaleza grandilocuente. Escasean aquí las vistas generales, las líneas de horizontes, los puntos de fuga y las delimitaciones de planos, estrategias de composición espacial propias de un género que fue inventado a la par con la perspectiva euclidiana y que daba cuenta del, por entonces, moderno y antropocéntrico dominio sobre el territorio. En cambio en este proyecto, abundan los planos cercanos, cuya falta de nitidez en los detalles tampoco permite la analogía con el estudio botánico. Predominan aquí el desorden y la ausencia de referencias espaciales de un lugar que reconocemos como selvático, una atemporalidad propia a la naturaleza y una borrosidad que recuerda las imágenes mentales. Los colores y atmósferas se alejan de un naturalismo riguroso y una exhaustiva descripción, destacando tonos sepias, azulados, ambientes brumosos, reflejos y resplandores, logrados gracias a operaciones de “auto-boicoteo” de la artista, tanto azarosas como voluntarias. Esto por ejemplo, a través de veladuras al negativo, uso de películas vencidas y revelados químicos de bajo presupuesto en laboratorios análogos sobrevivientes a la era digital en algún pueblo perdido que llenan la imagen de imprecisiones cromáticas y fallas de manual de fotografía. Los paisajes registrados aquí, más que descriptivos, son evocadores de ensoñación y de la idea misma de paisaje.  Y recordamos con ello que el paisaje es ante todo una imagen, mental o materializada, que podemos extraer de su contexto y atesorar.

El paisaje no existe, bien los saben artistas, fotógrafos y cineastas que han sabido reinventarlo constantemente. También lo vislumbran turistas y viajeros que no han dejado de desearlo, buscarlo y percibirlo; siendo por cierto este deseo de paisaje aprovechado por la industria del turismo para hacernos anhelar aquel otro lugar. El paisaje es entonces, por extensión, una representación que siempre permite proyectarnos. En el ámbito doméstico, el paisaje fotografiado de algún viaje pasado se convierte en recuerdo atesorado, en la tradición pictórica refiere a un objeto estético para la contemplación y divagación. En la memoria colectiva, los paisajes son objetos -a la vez que contenedores- de deseo, son emblemáticos de la búsqueda de exotismo y anhelos de escapismo, invitando siempre a la proyección y al reencuentro idílico con el paraíso perdido. Y es justamente toda esta carga conceptual, afectiva y metafórica, lo que Fantasmata nos invita a recordar.

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Josefina Astorga, parte de la muestra Fantasmata, MAC Quinta Normal, Santiago, 2013. Cortesía de la artista

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Josefina Astorga, parte de la muestra Fantasmata, MAC Quinta Normal, Santiago, 2013. Cortesía de la artista

Fantasmata

Por Montserrat Rojas Corradi

Fantasmata alude a la memoria-imaginación. Ambas son co-dependientes. La memoria requiere de la imaginación para su existencia y experiencia, y la imaginación necesita de la memoria como puente de los recuerdos, por lo que podemos inferir que la íntima relación memoria-imaginación es una imagen, y por lo tanto una fotografía.

Las fotografías son símbolos y representaciones que reconstruyen una realidad ficcional, donde habitan diversos mundos posibles. En ellas operan disímiles modos de mirarla y entenderla. Un componente vital en la fotografía es el paisaje, comprendiéndolo como un territorio de observación objetual del que observa.

Las relaciones memoria-imaginación-fotografía y paisaje es lo que se conjuga en la obra de Josefina Astorga. En ella, el paisaje tiene más de una lectura posible. Se observa en él lo bello, lo extenso y exótico, y en otro sentido, está lo que no vemos, es lo que se experimenta: la melancolía de la belleza.

En las imágenes de Fantasmata, la autora de-construye la noción de lo tradicional, desplegando un tipo de imagen ausente de referencias simbólicas reconocidas del paisaje (hábitat), mostrando nuevos imaginarios a la memoria. El paisaje se transforma, hoy lo interpretamos y anhelamos desde la costumbre urbana, donde la naturaleza desaparece, surgiendo una arquitectura arraigada en lo hostil. Es en ese espacio donde anhelamos presenciar y sentir una experiencia única, justamente lo que la autora nos presenta, una fantasía, una ficción que representa un nuevo lugar en nuestra conciencia: un jardín imposible. Donde viajamos y soñamos hallarnos en lo exótico y exuberante de las plantas, cielos y objetos creados en la fotografía de Astorga.

La fotografía es una necesidad.

John Berger describe la imagen como una representación, que la interpretamos desde nuestra experiencia vivida, es decir, el espectador le carga información a la fotografía cuando la observa. En ese sentido, las fotografías de Josefina parecen interpelar al imaginario universal, confundiéndonos al observar lo sublime y extraño de los paisajes exóticos, fantasiosos y lúdicos.

La tradición del paisaje en el arte, específicamente en la fotografía, está íntimamente relacionada con los cambios socio-culturales que se van produciendo en la sociedad. Si en un principio se buscó/captó los inicios de la modernización, como nuevo sentido del paisaje, o como un sentimiento de asombro e inquietud, luego pasó a ser parte de su decepción, cuando ésta derrumba al hombre. También tiene un fuerte sesgo melancólico y en otro sentido romántico: este es el paisaje que reconocemos. La representación fotográfica de Josefina Astorga provoca una extrañeza y especulación, pues los paisajes captados no son reconocibles a la vista llana, lo que provoca asombro, lejanía y curiosidad por descubrir de dónde provienen y donde están/son: es América. Esta noción está relacionada con la imagen paisajística creada por los primeros colonizadores españoles que llegaron al continente, los cuales describieron sus primeras impresiones sobre América en las crónicas enviadas a Europa. Estas fueron dibujadas en los grabados de Theodor de Bry, quien creó un imaginario (fantasmata) de lo exótico, explotando con exuberancia y extrañeza una visión despectiva del paisaje. Esta idea permanece hasta la actualidad en la mirada del Otro, queriendo siempre vernos de manera exótica. La autora ironiza esta mirada, proponiéndonos ser parte de ella y re significarla como un objeto identitario continental.

El fantasmata simboliza un paisaje que viaja, que se esfuma en el transcurso del devenir. Las fotografías son misteriosas, y nunca tendrán un solo significado.

El fantasmata es una necesidad.

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Josefina Astorga, parte de la muestra Fantasmata, MAC Quinta Normal, Santiago, 2013. Cortesía de la artista

Josefina Astorga: Fantasmata

Inauguración: Viernes 8 de noviembre, 19;30 horas

Del 9 de noviembre de 2013 al 19 de enero de 2014

MAC Quinta Normal, Santiago de Chile