“Pude capturar, en una foto al azar que tomé en las calles de San Francisco, al conquistador del culto a la serpiente y del miedo a la tormenta, al heredero de los nativos y de los buscadores de oro que desplazaron al indígena: el Tío Sam. Lleno de orgullo y con su sombrero de copa, ambula por la calle frente a la ondulada imitación de un edificio antiguo, mientras que por encima de su sombrero se extiende el cable eléctrico. Mediante esta serpiente de cobre, Edison ha despojado del rayo a la naturaleza”

Aby Warburg, El Ritual de la serpiente

 

En torno al contexto post-dictatorial, Chile ha logrado obtener grandes –o incluso excesivas- cuotas de información con respecto al acontecer internacional. Hoy en día no es difícil saber qué está pasando en Nueva York, Berlín, Madrid o París, es cosa de googlearlo y listo. La instantaneidad se ha convertido en la norma, tanto así que para mi generación pensar un mundo en el cual sea imposible enterarse de los acontecimientos políticos y culturales extranjeros de manera inmediata, no tiene cabida. Estar al día supone el “estado natural de las cosas”.

La escena cultural, más precisamente, se siente satisfecha y hasta orgullosa por su capacidad de enterarse rápidamente de lo que está pasando en las distintas ferias y bienales que se suceden vertiginosamente en diferentes puntos del globo. Todos los agentes que participan del mundo del arte (curadores, críticos, artistas, etc.), tienen como nueva obligación saber cómo pasan las cosas en los lugares que importan. Si no sabes qué mostró la Bienal de Venecia o la Documenta de Kassel probablemente seas un neófito o un muy mal estudiante.

Dicho contexto tiene un nombre: se definiría como “sociedad de la información” o “cultura global”. Todos compartimos ideales, programas políticos y económicos, información noticiosa, técnicas, pero más importante aún, todos manejamos una versión de la historia (para nuestro asunto, de la historia del arte). Hoy en día, a través de grandes estudios como los de Thomas Crow (El Esplendor de los sesenta, El arte moderno en la cultura de lo cotidiano) o Hal Foster (El Retorno de lo Real) nos queda claro que la historia del arte reciente (desde los sesenta en adelante) aconteció casi exclusivamente en Nueva York, con momentos de menor intensidad que llegaron incluso a reactivar antiguos centros como Italia (Milán y Turín). Este tipo de enseñanza nos dejó bien claro en qué consistió la experimentalidad sesentera y setentera, y cómo se enfrentaron los artistas que importaban, a la modernidad y sus presupuestos.

Las lecciones fueron múltiples, Oldenburg junto con Warhol nos dieron la fórmula de la reflexión en torno a la sociedad de consumo; Arman y Christo establecieron cuál debía ser la actitud crítica sobre lo mismo (actitud que como pequeño-franceses que somos los chilenos, debemos replicar), luego Morris y Judd nos enseñaron a relacionarnos con el espacio expositivo y la problemática autoral, entre otros temas. La cuestión es que en cuanto a paradigmas relativos a la práctica artística, los periféricos tenemos las cosas claras: si queremos ser buenos artistas, debemos adscribirnos a una lingua franca del arte contemporáneo, hablar como todos hablan de modo que nos hagamos entender y por sobre todo, apreciar.

En torno a esto, es que se ubica el artista nacional Patrick Hamilton (Lovaina, 1974). Su obra muestra algo claro: pasó la prueba con respecto a manejar los lenguajes universales, por lo que es un candidato serio para entrar en las grandes ligas (cuestión que ya comenzó a hacer desde temprana edad con su participación en diferentes Bienales). Su exposición en el MAC de Parque Forestal bajo el nombre de Progreso, da cuenta de las formas en que éste enfrenta una sociedad tan periférica como la chilena, que de un momento a otro (el momento es bastante claro: 11 de Septiembre de 1973), asume que tiene que hablar como se habla en los lugares que importan.

Al visitar la exposición, se hace evidente que Hamilton no tiene problemas con recurrir a las experiencias artísticas internacionales como sustrato para su obra. Podríamos decir que es, incluso, un artista que trabaja en clave post-minimalista. La forma en que dispone sus múltiples obras es heredera clara del trabajo de Carl Andre: sitúa sus machetes sobre el suelo de la sala y los organiza armónicamente, con superficies extremadamente pulidas, mucho más que las planchas de zinc de Andre, pero más importante aún, con objetos utilitarios descontextualizados. Esto último es posible ligarlo con sus múltiples ejercicios de collage, donde usa papel de imitación de mármol indistintamente sobre edificios, monumentos y gigantografías publictarias santiaguinas. Por un lado, Hamilton es vinculable con la neovanguardia y, por otro, con la primera vanguardia: el cubismo (donde se “descubrió” el collage).

 

Patrick Hamilton, vista de la exposición en el MAC parque Forestal. Cortesía del artista

Patrick Hamilton, vista de la exposición en el MAC parque Forestal. Cortesía del artista

Patrick Hamilton, vista de la exposición en el MAC parque Forestal. Cortesía del artista

 

El recorrido formal que podemos trazar con su obra refuerza aquella idea esbozada en un principio: hoy en día la producción artística –sea esta céntrica o periférica– maneja un lenguaje común, en el cual el artista es libre de deambular de manera post-histórica, visitando los diferentes hitos de la historia del arte para así reutilizar (o re-semantizar) los múltiples procedimientos ya –supuestamente- agotados.

Ahora, el que Hamilton suscriba una forma de decir las cosas que es universal, no implica en lo absoluto una falta de localidad en su obra. Muy por el contrario, Hamilton está seriamente imbricado en la cultura post-dictatorial chilena; a pesar de que veamos una serie de procedimientos “ajenos”, su rendimiento simbólico es a todas luces una reflexión local. Su chilenidad estaría no sólo en el hecho de que use imágenes urbanas de Santiago, o remita a un símbolo tan maldito como el de “Patria y Libertad”, sino que también en los efectos que ha tenido la implementación del neoliberalismo en Chile a partir de la dictadura de Pinochet y su consolidación durante los últimos veinte años.

 

Patrick Hamilton,Proyecto de arquitecturas revestidas para la ciudad de Santiago (Costanera Center), 2013, collage, fotografía en blanco y negro, papel contacto, 160 x 110 cm. Cortesía del artistaPatrick Hamilton,Proyecto de arquitecturas revestidas para la ciudad de Santiago (Costanera Center), 2013, collage, fotografía en blanco y negro, papel contacto, 160 x 110 cm. Cortesía del artista

 

Quizá su proyecto mejor logrado es el de las Arquitecturas revestidas para la ciudad de Santiago (1997-2013), en el cual a través del foto collage reviste de un papel autoadhesivo que imita mármol una serie de grandes edificios que constituyen el skyline del Jaguar de LatinoaméricaSanhattan. Una postal dramáticamente triste, que Hamilton se encarga de evidenciar en lo que tiene de ideológica dicha edificación enfermiza que acontece en Santiago oriente. Así como Braque descubrió que el papel tapiz imitación de madera de su padre era la puerta a la realidad parisina de principios del siglo XX (ad portas a la sociedad capitalista contemporánea), Hamilton encuentra en ese papel autoadhesivo un correlato visual de lo que implica en el entorno urbano la llegada del neoliberalismo: un cúmulo de grandes moles fálicas con gerentes vestidos en ropa de marca “exclusiva” y desmedidos autos que con suerte pueden estacionar.

En el catálogo de la exposición, el brillante texto de Christian Viveros-Fauné habla de una oposición constante entre la “cultura comercial global” y el “kitsch local” que llena el paisaje santiaguino. Con Arquitecturas revestidas, tiendo a pensar que la pugna se da más bien entre el escandaloso kitsch comercial y su recatada versión local. No podríamos comparar al Mall Costanera Center y su Gran Torre Santiago con la noble simplicidad y serena grandeza del Palacio de la Moneda o las Torres de la Remodelación San Borja (vanguardia de la arquitectura moderna y edificación en altura en el país). Algo cruje ahí, algo no entra en sincronía de una manera satisfactoria y, por sobre todo, armónica. En la obra de Hamilton dicha aspereza es representada por la inquietante repetición de patrones marmóreos sobre horrendos edificios, proyectados también en ese lenguaje universal que se habla en los lugares que importan.

Lamentablemente el pequeño espacio no permite tener más ejemplares de dicha serie; sólo nos quedamos con el rascacielos más grande de Latinoamérica enchapado en papel-mármol. Al frente encontramos la serie Equilibrio (2012-2013), donde se repite el ejercicio con el mármol, sólo que ahora es con una postal de la fortaleza-embajada de EEUU en Chile. Si Sanhattan es revestido con mármol, la embajada ya tiene su revestimiento, sólo que este es político y económico; no hay necesidad de que Hamilton lo modifique con su procedimiento.

 

Patrick Hamilton, Progreso, Museo de Arte Contemporáneo (MAC), Santiago, Chile, 2013. Cortesía del artista

Patrick Hamilton, Progreso, Museo de Arte Contemporáneo (MAC), Santiago, Chile,
2013. Cortesía del artista

Patrick Hamilton, Equilibrio # 4 (Chuquicamata), 2013, c-print digital, 105 x 75 cm. Cortesía del artista

Patrick Hamilton, Equilibrio # 4 (Chuquicamata), 2013, c-print digital, 105 x 75 cm. Cortesía del artista

 

En Intersecciones (2013), Hamilton hecha mano a la técnica de Sol Le Witt y sus composiciones geométricas en el muro, sólo que esta vez los cuadrados están hechos con protecciones de fierro esmaltadas, un elemento tan común en las casas chilenas actuales. La desconfianza instalada en el Chile post-dictatorial adquiere la aguzada forma de las protecciones para rejas y muros divisorios. Tema similar es el que toca Construcción con machetes (2010), aquí con una composición centrífuga que acentúa los filos propios de cada machete colombiano.

La obra que quizás corona esta exposición es Chuzos (2012). Hamilton dobla geométricamente estos durísimos fierros, de manera que simulan el cuerpo de una serpiente metálica, quizá no una de cobre como la que Warburg veía, pero sin duda alguna es del mismo tipo que ésta. Si la pensamos en el contexto actual, su material sería el conductor no ya del rayo, sino de la ideología que daba vida a tal quimera: el Progreso.

 

Patrick Hamilton, Intersecciones, 2013, protecciones de fierro esmaltadas, 11,30 x 2, 84 x 0,07 metros. Cortesía del artista

Patrick Hamilton, Intersecciones, 2013, protecciones de fierro esmaltadas, 11,30 x 2, 84 x 0,07 metros. Cortesía del artista

Patrick Hamilton, Serrucho, 2013, cobre y madera, 68 x 14 x 12 cm. Cortesía del artistaPatrick Hamilton, Serrucho, 2013, cobre y madera, 68 x 14 x 12 cm. Cortesía del artista

 

 

 

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Diego Parra

Nace en Chile, en 1990. Es historiador y crítico de arte por la Universidad de Chile. Tiene estudios en Edición, y entre el 2011 y el 2014 formó parte del Comité Editorial de la Revista Punto de Fuga, desde el cual coprodujo su versión web. Escribe regularmente en diferentes plataformas web. Actualmente dicta clases de Arte Contemporáneo en la Universidad de Chile y forma parte de la Investigación FONDART "Arte y Política 2005-2015 (fragmentos)", dirigida por Nelly Richard.