Miguel Ángel Hernández (Murcia, 1977) es profesor de Historia del Arte en la Universidad de Murcia, escritor y ensayista. Activo en las redes sociales, desde 2006 entretiene nohalugar.blogspot.com. Hablamos con este autor con motivo de la publicación de su novela Intento de escapada, publicada apenas hace unas semanas en Anagrama. Una visión novelada de las complejidades y las contradicciones del mundo del arte.

 

Intento de escapada, de Miguel Ángel Hernández

 

La mayoría de las novelas que versan sobre el mundo arte son del tipo La chica de la perla, La puta de Rembrandt, etc., o más cercanas en el tiempo con insignes protagonistas como Picasso. Excepto El mapa y el territorio de Houellebecq y alguna más, pocas se adentran en la rabiosa actualidad del arte contemporáneo. ¿A qué se debe en tu opinión?

Es cierto, en comparación son bastante escasas las novelas ambientadas en el mundo del arte contemporáneo. Junto a la de Houellebecq recuerdo ahora La cabeza de plástico, de Vidal-Folch, o La muerte de un instalador, de Álvaro Enrigue, o Clara y la penumbra, de José Carlos Somoza.

Las razones de esta escasez no las tengo demasiado claras, pero creo que se puede deber a que el arte contemporáneo es un universo cerrado y muchas veces desconocido más allá de ciertos mitos. Al lector general, al que le suenan rápidamente figuras como Rembrandt o Van Gogh –y el imaginario simbólico construido en torno a ellos–, probablemente se sienta menos atraído por Duchamp, Pollock o mucho menos por Damien Hirst o los artistas más contemporáneos.

Además, hay en el arte del pasado una mitología y un misterio que parece difícil encontrar en el arte del presente. Aun así, la mayoría de novelas que se adentran en el arte contemporáneo –quizá para compensar– pretenden volver sobre esa mitología artística y lo presentan como un universo mistérico, lleno de ideas sublimes y románticas.

Tú eres profesor de Historia del Arte y ensayista. Intento de escapada (Anagrama), el título que da nombre a tu novela, ¿es un intento de huida de ti mismo? ¿Del propio mundillo del arte contemporáneo?

En cierto modo es una huida, sí. O más bien un “intento”, porque no está nunca demasiado claro si la escapada tiene lugar. El título remite a la obra que realiza el artista protagonista de la novela, Jacobo Montes, pero también alude a toda una serie de escapadas –o de intentos– de todos los personajes de la novela. Algunos lo consiguen; otros, no. Para mí, como escritor, representa un viaje más que una huida, un movimiento hacia otro lugar de enunciación que, eventualmente, puede ser más fructífero para comunicar las ideas que quiero presentar. Es un corrimiento de terreno hacia la literatura, el intento de establecer un “pasadizo” –como señaló Vicente Luis Mora– entre el arte y la literatura.

EL ARTE SUPERA SIEMPRE LA FICCIÓN

Empecemos la casa por el tejado, id est, el libro por el epílogo donde declaras que se trata de ‘una novela y no un ensayo’. Constantemente desplazas los límites del género novelístico y podríamos hablar de una ‘novela documental’, ‘un documental novelado’ o, hasta incluso, mutatis mutandis, un ‘mockumentary’ que toma el mundillo del arte contemporáneo como laboratorio. Háblanos de esta ‘intertextualidad’ kristevaniana y de esa interés por lo meta-literario con una supuesta ‘voluntad de verdad’.

Quizá tu pregunta entronca con lo anterior. El epílogo de la novela –y no adelantaré el final, por supuesto– pretende mostrar un “intento de escapada” de un género hacia otro, del ensayo hacia la novela. Representa el paso para mí también de la crítica de arte a la literatura. Y sí, un cierto escape, un reposicionamiento para pensar desde otro lugar. Lo que intento hacer a lo largo de la novela –y no sólo en el epílogo, aunque quizá ahí sea enunciado de manera más evidente– es ficcionar una posibilidad. Me explico. Por lo general, como crítico de arte, como historiador o como comisario uno trabaja con hechos –obras, historias– y no con posibilidades o especulaciones. Incluso la teoría del arte –que podríamos decir que está en el ámbito de la especulación, en el buen sentido del término– parte de lo real y no solo de lo posible o lo verosímil.

Intento de escapada pretende ser –aparte de una novela de iniciación más o menos clásica– una teoría del arte especulativa, una especie de “qué pasaría si…” Por eso necesito crear un artista, unas obras y unas situaciones que son posibles, creíbles y verosímiles. Y construir una historia para que esa posibilidad no quede solo en la idea, sino que de algún modo se materialice, aunque sea en la ficción. Como escribo en el epílogo, a veces la verdad necesita de la ficción. Y para que la ficción funcione –al menos con las pretensiones de funcionamiento que tiene esta novela– tiene que ser penetrada por la realidad.

Y hacerlo de un modo en el que no sea tan fácil distinguir una cosa de la otra. En ese sentido, tu término “mockumentary” puede ser aplicado a esta novela: una realidad posible –en ocasiones caricaturizada, aunque no en exceso– aupada y construida sobre la verdad. Pero una novela, y no un ensayo.

No quería entrar todavía a analizar el personaje principal –Marcos-, pero como has mencionado la idea de ‘iniciación’, la novela constituye un viaje iniciático del protagonista en el proceloso, complejo y, sobre todo, contradictorio mundo del arte contemporáneo de la mano de uno de sus protagonistas principales, el gran artista social español del arte internacional Jacobo Montes, que visita una pequeña ciudad de provincias

Es una iniciación en el mundo del arte, sí. Y también una especie de entrada en la edad adulta, en las cosas serias, una iniciación en la vida. En el amor y en la muerte, incluso. Sobre la iniciación en el arte lo que me gustaría decir es que he intentado invertir algo los términos de cómo es tratado el arte contemporáneo tanto en las novelas como también en otros lugares. Por lo general, se parte del rechazo al arte contemporáneo. Y, después, una vez conocido, el rechazo se convierte en fascinación. La novela pretende hacer lo contrario. No hay un rechazo al principio, sino todo lo contrario. El protagonista está fascinado desde los inicios. Está entregado al arte. Es precisamente su conocimiento profundo, desde dentro, lo que va transformando su hechizo en otra cosa. Fascinación y desencanto.

Es inevitable buscar ciertos rasgos autobiográficos: Marcos sale de la ficción para convertirse en ‘criatura de carne y hueso’ y asiste a la exposición de Jacobo Montes en el Centro Pompidou al final de la novela. ¿Por qué? ¿Se cierra ahí el círculo?

Hay bastante de autobiográfico, sí. No podía ser de otra forma. He querido escribir una novela que parta de ciertas experiencias reales; ficcionadas, por supuesto, transformadas, modificadas… pero con un anclaje en la realidad. En este sentido, hay algo de mi experiencia de estudiante en Marcos, pero también mucho de la experiencia que veo en mis estudiantes. Y también en Helena, y en la universidad, y en todo lo que me rodea. Si bien no creo que se pueda decir que es una radiografía de la realidad, sí que hay puntos y nodos centrales que hunden sus patas en la realidad.

Y sobre el final… es una cierta vuelta al principio, aunque con una vuelta de tuerca más –que no quiero desvelar para no reventar del todo la novela–. Esa vuelta de tuerca que cierra el círculo pero que también lo lleva un poco más allá –casi en espiral– es para mí fundamental. De hecho, creo que es lo más importante de la novela en un sentido. Es lo que hace que funcione –o que pretenda funcionar– como un dispositivo crítico más que como una mera historia. Lo que ocurre en ese epílogo, y sobre todo en la nota final, es una materialización de los procesos de legitimación del arte contemporáneo. Y jugar con varios niveles de realidad, volviendo, de nuevo, a la cuestión de lo metaliterario, pero también de lo “paraliterario”, es crucial.

ÉTICA Y ESTÉTICA LUCHANDO EN UN RING DE BARRO

La imagen del arte contemporáneo que vivimos a través del narrador y las andanzas de Marcos es pésima. ¿El mundo del arte es así de ‘impresentable’?

Bueno, no sé hasta qué punto es tan mala la imagen. No pretendo tampoco arremeter contra el mundo del arte en su totalidad. Ni mucho menos. De hecho, mi intención también es acercar ese mundo, y algunas de sus problemáticas y lógicas a un lector no acostumbrado a ellas. Mi crítica no es una crítica desde fuera, sino desde dentro. Y eso me gustaría matizarlo –sobre todo para que no se confunda con ciertos ataques al arte contemporáneo de carácter más conservador–. Conforme escribía la novela pensaba en los peligros que podría tener una interpretación a la ligera de algunas de las ideas del libro. Una lectura de superficie es cierto que corre el riesgo de concluir con el pensamiento de que el arte contemporáneo es una patraña. Pero desde luego no es esa la intención. Marcos cree en el arte, yo creo en cierto arte, pero hay cosas que se ponen en cuestión.

Y sí, una vez aceptado lo interesante que es el mundo del arte contemporáneo, es cierto que un número creciente de comportamientos está en el ámbito de lo impresentable. Pero como en cualquier ámbito. La novela tampoco quiere ser un azote contra la falsedad del arte. Es una novela, y no un panfleto. Pero lo que sí es verdad es que las situaciones que se producen ahí no distan mucho de las que uno está acostumbrado a ver en el mundo real muchas veces más de lo que le gustaría.

Sin ir más lejos, tanto el gran artista Jacobo Montes, como la curadora Helena resultan ser bastante aprovechados, por no decir carentes de escrúpulos…

Esa es una lectura, sí. En varios momentos de la novela sus verdaderos intereses parecen salir a la luz, aunque nunca llega a estar claro del todo cuáles son. También el lector proyecta su visión, y ahí sí que es cierto que intento jugar con la narración haciendo que estos momentos pillen al lector en el momento idóneo para que pueda posicionarse en un lado u otro. De todos modos, los que estamos en el mundo del arte –de nuevo, como en cualquier otro ámbito– nos hemos encontrado en más de una ocasión con artistas, críticos, comisarios, directores de museo… aprovechados e interesados; e incluso, en determinado momento, quizá nosotros mismos hayamos ejercido ese interés eventualmente. En ocasiones el arte es un territorio de lobos, y algunos saben muy bien dónde tienen que morder para hacer sangre.

Estoy de acuerdo contigo en que cada uno de nosotros se ve en situaciones contradictorias muy a menudo. Cada época tiene los artistas que se merece: Koons, Hirst, Murakami… Santiago Sierra.

Cada época tiene a los artistas que se merece. Estoy de acuerdo. Pero en la nómina que mencionas creo que Sierra está en otro lugar. Aunque su arte es problemático, no sé hasta qué punto estaría en el mismo lugar que Koons, Hirst o Murakami –y si me apuras, creo que la inteligencia de Koons está a años luz de la de los demás–. Creo que, por seguir la definición que hace Terry Smith, a ellos los situaría en una especie de “Retrosensacionalismo”, un arte concebido para el mercado y alejado de la realidad –aunque estético y efectista–. Sierra no escapa del mercado, por supuesto, pero su obra pretende algo más; aunque sí que es cierto que hay algo de la crítica al capitalismo que hace Koons que uno puede encontrar en Sierra, la misma idea de la imposibilidad de salir del sistema. En Koons esto aparece en el kitsch integrado y en Sierra, en el tratamiento del mundo del trabajo. Uno y otro replican la lógica de la mercancía. Y acaban siendo parte de lo mismo que muestran. Su crítica es, en ese sentido, performativa: una actuación en el propio corazón del sistema, que muestra y, al mismo tiempo, reproduce.

Hablemos de Jacobo Montes, cuya figura recorre cual hilo rojo la trama de la novela. Es inevitable la referencia a Santiago Sierra y su personaje, excepto en algunos detalles de acciones con auto-mutilación que tu has añadido, refleja su trayectoria y el espíritu de sus acciones: intervenciones sociales polémicas revestidas de ese riguroso minimalismo que tanto gusta al mundo del arte.

Es cierto que Jacobo Montes y Sierra tienen mucho que ver, sobre todo en sus obras recientes y en algunas ideas, como la cuestión de la reproducción de las lógicas del capitalismo y la imposibilidad de escape y salida de esas lógicas en el momento en el que uno se encuentra inserto en ellas. Me interesaba que Jacobo Montes comenzara su carrera cercano a los accionistas corporales para enfatizar sobre todo la relación entre arte y vida, entre prácticas artísticas y vida personal, que en la obra de Sierra sólo es evidente en la vida de los otros, pero no en la suya propia, siempre a salvo de lo que él hace a lo demás. Montes trabaja sobre su cuerpo y pone en peligro su vida antes de trabajar sobre la de los demás –aunque en algún momento de la novela se aclara que esto también es problemático–. Pero sí, es evidente que hay mucho de Sierra en Montes. Es el gran artista social del presente. Y muchas de las obras que realiza Montes podrían haber sido perfectamente realizadas por Sierra.

EL ARTE POLÍTICO ES EL MÁS ‘COOL’

Marcos pasa de la fascinación al más absoluto rechazo. Hay aquí varios temas entretejidos, entre ellos la difícil relación entre la ética y la estética que se manifiesta en Montes a través de proyectos con inmigrantes a quienes compra literalmente su tiempo para hacer en muchas ocasiones acciones indignas, pero que de acuerdo a Montes cartografían esa ‘invisibilidad’ e ‘injusticia’.

Ése es el problema de fondo que plantea la novela. Hasta qué punto una obra de arte, funcionando como obra de arte, puede no hacerlo como acto ético. ¿Cuáles son los límites éticos del arte? ¿Dónde está la frontera para denunciar la injusticia? ¿Es necesario victimizar y utilizar al otro para enfatizar su visibilidad? Como crítico no creo que tenga la respuesta acertada. Si la tuviera, quizá habría escrito un ensayo y no una novela. Lo que intento hacer, en cambio, a lo largo de la novela es presentar una serie de puntos de vista enfrentados para que el lector saque sus propias conclusiones. Quizá uno está tentado a pensar que la postura del protagonista-narrador, Marcos, es la misma que la del escritor, la mía, pero no es así del todo. Lo que piensa Marcos es algo que se deriva de los acontecimientos y del contexto. La respuesta y su posición frente al arte, su desconfianza –o todo lo contrario–, es tan solo una puesta en juego de uno de los puntos de vista posibles. Casi una performance.

Omar, el inmigrante que formará parte de la acción va a poder ganar más dinero que haciendo los trabajos de recoger fruta o trabajar en la construcción. El sistema capitalista, como bien señalaba Marx, se basa en la libre ‘enajenación’ de la fuerza de trabajo de cada uno de nosotros. El reciente performance de Sierra en IvoryPress, El trabajo es la dictadura, en el que contrata a inmigrantes por el salario mínimo interprofesional para escribir durante ocho horas esa frase en un cuaderno, es un buen ejemplo de ello, que entronca con tu novela. Marcos empieza fascinado por este tipo de acciones y luego siente repulsión y rechazo. ¿Por qué crees que este tipo de acciones de Jacobo Montes-Sierra generan esa polémica? Debe haber algo más que injusticia…

En realidad, Marcos está todo el tiempo fascinado por la teoría. Sobre el papel, uno lee las acciones que realiza Montes o Sierra y le parecen elaboradas, interesantes, pertinentes y necesarias. Luego, cuando eso se lleva a la práctica, hay una serie de personas que las sufren, que son denigradas, victimizadas, castigadas. Lo son exactamente igual que lo serían en cualquier otro trabajo. El arte, en este sentido, no salva de nada. Simplemente reproduce. Este es el discurso de Sierra –y el de Montes–, que el artista no es alguien que da ejemplo, sino alguien que, precisamente, para mostrar cómo funcionan las cosas tiene que estar en medio de las cosas, llenándose de mierda hasta el cuello. Marcos comprende que esto sea así en Montes. Yo puedo comprender que esto sea así en Sierra, y por eso su arte me interesa tanto y nunca me deja indiferente.

El problema es si es necesario echar más mierda. Si el arte no salva, si sólo reproduce, si no cambia las cosas, ¿quién gana? Sólo gana Sierra, y los coleccionistas y los galeristas. ¿Y quién pierde? Los de siempre. Esto, como crítico, pero sobre todo como persona, me genera muchos problemas. Y sobre todo una pregunta: ¿es necesario ese arte? Como crítico, no tengo respuesta. Por eso he escrito Intento de escapada, para plantear una respuesta que está más allá de lo autoritario y lo normativo. Es una historia, son unos personajes, no es un texto dogmático. Creo que en la novela hay una respuesta a esa pregunta. Pero lo que no está claro es si es afirmativa o negativa. Cada lector debe sacar sus propias conclusiones. No hay una verdad ni un sujeto que indique lo que es bueno o malo. No podemos confiarnos a jueces morales. Debemos aprender a juzgar por nosotros mismos.

Lo que me parece interesante de la novela es la disyuntiva arte-vida o ética-estética que recorre sus páginas y que nos lleva una vez más a preguntarnos acerca de del destino del arte entre lo bello y lo bueno en sentido kantiano. El arte se ha vuelto cada vez más comprometido desde un punto de vista social y político. ¿Es necesario que el arte esté comprometido con la sociedad en la que se incardina? ¿No debería tal vez el artista ser político en su vida y libre en su arte?

Creo que el arte no puede dar la espalda de ninguna manera a la sociedad en la que le toca vivir. Toda postura artística, incluso la que prefiere mirar para otro lado y esquivar la política es, en sí, ya una postura política. No creo que haya corte entre arte y vida para que sea tan fácil establecer que las decisiones políticas están fuera del arte y que las del arte son meramente artísticas. Al final, decidí no meter en la novela una reflexión que habría venido bien para esto. En un momento, Montes hablaba de su relación con la política del arte y aludía a la figura de Robert Morris y a la reflexión sobre la política del arte que hubo en Estados Unidos a principios de los setenta, especialmente vinculada a la reacción a las acciones exteriores del gobierno –la guerra de Vietnam…– y su represión de ciertas actitudes contrarias a la misma. Frente a Morris y otros, muchos artistas dijeron que ellos apoyaban como ciudadanos, pero que su arte no tenía nada que ver con la política. Morris sugería que no hay arte libre de política. El mundo del arte forma parte del mundo de la vida, está penetrado por las mismas lógicas: exclusión, dominación…

Creo que esa situación es aplicable a la actualidad. No hay un arte liberado de política. Cada una de las decisiones que uno toma en su práctica –en la artística, pero también en la literaria o en la crítica– son emplazamientos de un posicionamiento ideológico, contribuyen a cambiar las cosas o a dejarlas en el mismo lugar, instituyen órdenes, cuestionan o dominan… No creo que haya un espacio libre de política.

EN EL MUSEO SÓLO SE JUEGA AL PARCHIS

Muchas veces con obras de Santiago Sierra, pero también con Ai Weiwei, Haacke, Holzer y otros me quedo con la sensación de que sí, es arte, evidentemente, pero con unas pretensiones socio-políticas improbables por lo modesto o lo ambicioso, y que al final no acaba siendo ni una cosa ni otra, y solo se queda colgando en el plácido ámbito del espacio museístico y lo ‘cool’.

Esta pregunta, en cierto modo, continúa con la reflexión anterior y la lleva un paso más allá: hacia el arte político. Se podría hablar de una política del arte y de un arte político. En los últimos años hemos asistido a una politización del arte; pero esa politización se ha reducido al activismo, a la representación de la injusticia, a la creación de imágenes que pretenden hacernos reaccionar… pero que no logran hacerlo porque, como dices, se encuentran en un espacio de consenso, el espacio museístico, un lugar donde no es posible la reacción porque todo está, de suyo, desactivado. Al menos, ciertas cosas se pretenden derribar. No es el lugar el museo para luchar contra las corporaciones y la injusticia. Como dices, el arte político –cierto arte político– no acaba siendo ni una cosa ni la otra; si funciona como arte, deja de ser política –al menos la política de acción/reacción que pretende ser–, y si quiere ser política, el arte es un lastre que debería dejar de lado.

Yo aquí estaría mucho más cerca de la posición de Rancière en su sentido de la ‘politicidad’ del arte: lo político no es la representación de algo que ya sabemos que es injusto, no es apuntar al malo sabiendo que el artista es el bueno y el que está en posesión del conocimiento…; no, lo político no se juega ahí. Eso no es más que la repetición de clichés en espacios de consenso. La politicidad de las imágenes está en el ámbito de lo sensible, en la transformación de las percepciones, de las relaciones con las imágenes, en la creación de dispositivos capaz de producir alteraciones en la emoción y lo sensible; alteraciones no previstas. Rancière en cierto modo abomina el arte activista y cree que la política está en otro lugar. Yo estoy con él.

Bueno, el Situacionismo creó pocas situaciones la verdad, y Debord de hecho expulsó a todo aquel que osó crear una ‘situación’. Pero, siguiendo con el tema, diría que entonces hablaríamos de activismo y eso requería otras acciones para verdaderamente cambiar ciertas situaciones. Este sería el caso de Ai Weiwei, ese nuevo Lady Gaga que baila el Gangnam Style. Su faceta de bloggero y activista es más importante que su arte (que a mí personalmente me interesa poco y acerca del cual existe el típico fetichismo de mercado), pues lo que al Gobierno chino le molesta de veras no es su arte, sino su faceta de artista internacional reconocido en Occidente que emite juicios críticos acerca de su propio país.

Es cierto. Dentro del activismo la creatividad es fundamental. Esa fue, de alguna manera, la lección del Situacionismo. La creatividad, la estética, lo sensible, las emociones… pero no el arte como un universo autónomo. De todos modos, que la obra de arte no produzca una acción política directa no quiere decir que tenga que renunciar tampoco a lo político. Eso sí, sabiendo dónde están sus límites y no pretendiendo hacer lo que no se puede hacer.

Cada vez que entramos en estos temas, yo siempre me acuerdo de la célebre anécdota del maestro de meditación chino y sus discípulos a los que les gustaba fumar. Un discípulo le pregunta: “maestro, ¿puedo fumar mientras medito?” Y el maestro le contesta: “no, si meditas, tienes que meditar intensamente, y fumar es una distracción”. Al poco tiempo, este estudiante se encuentra a su compañero fumando y meditando.

Sorprendido, le pregunta que cómo es que está fumando si el maestro lo prohíbe, a lo que éste responde que a él sí lo ha autorizado. “¿Cómo lo has hecho?”, le dice. “He cambiado la pregunta”, responde el otro. “En lugar de decirle, ‘maestro, ¿puedo fumar mientras medito?, le he preguntado ‘maestro, ¿puedo meditar mientras fumo?’. Y el me ha respondido ‘por supuesto, no veo por qué no’”.

Esta historia creo que se puede aplicar al arte político. Si el arte quiere ser política –si quiere meditar–, no puede ser arte –no puede fumar–; pero si quiere ser arte –si quiere fumar–, no hay problema en que pueda reflexionar sobre política –meditar–. Es decir, que lo importante es saber exactamente qué es lo que uno pretende hacer y no engañarse. No confundir términos. Eso es lo más peligroso.

IMÁGENES PARA ANALFABETOS VISUALES

Lo que ocurre es que en el arte, por su propia idiosincrasia, mitología y opacidad, es difícil saber a veces si uno está ‘fumando meditando’ o ‘meditando fumando’, pero el ejemplo es muy ilustrador. Pero hablemos de teoría, que tanto le fascina a Marcos, “enfermo de teoría”, un poco como tú, que eres un lector voraz. En el capítulo 1 arrancas con la muy significativa frase: “En el principio fue la imagen” (p. 21). El mundo del arte tiene una relación ambigua con la imagen y aún se centra mucho en el ‘logos’.

Bueno, esa frase pretendía ser una especie de guiño al Génesis –“en el principio fue el Verbo”–. Y también proponer la presencia de las imágenes y lo visual en la novela como un material de trabajo al mismo tiempo que las palabras. Hay a lo largo del libro varios pasajes en los que se reflexiona sobre la relación entre texto e imagen, y también entre visibilidad e invisibilidad, entre las cosas que se ven y cómo se dicen, o cómo se ocultan. En este sentido, el libro no puede evitar formar parte de mi investigación sobre la ‘antivisión’ y la ‘relación entre lo visible y lo invisible’. De hecho, hay un juego metaliterario con eso. Lo que pretendo es proponer imágenes para cosas que no tienen imágenes. Hay obras de arte que describo, imágenes que intento crear en la mente del lector transformándolo momentáneamente en un espectador imaginario, espectador de obras que no existen en la realidad pero sí en la cabeza del lector. Y sobre todo me interesa que la écfrasis nunca sea milimétrica, de modo que cada lector haya imaginado una obra diferente. Las obras de Montes están descritas, pero al no tener una foto, al sólo tener la descripción, nunca serán iguales para todos los espectadores, que podrán construir su propio museo imaginario.

Sí, la referencia a la Biblia es clara y de ahí mi apunte hacia una particular ‘iconofobia’ en el arte. Si el arte quiere ser importante y relevante en la sociedad y tener algo que decir, aparte de involucrarse con la sociedad como antes mencionaste, habrá de desarrollar estrategias críticas para con la sociedad de la imagen que nos rodea. ¿Cuál es tu opinión al respecto?

En una sociedad de la imagen, las imágenes del arte corren el peligro de difuminarse entre el resto de imágenes. Creo que la clave está en buscar estrategias de diferenciación. Y para mí –y de nuevo ahí estoy en cierto modo cerca de Rancière, pero también del gran José Luis Brea, quizá la mente más lúcida que dio la teoría del arte en España– una de las claves es mostrar una opacidad en la imagen. Me explico. Las imágenes de los medios son imágenes transparentes. Su éxito está en que son meros vehículos de información. Pero en ningún caso se preguntan por sí mismas, por sus condiciones de producción, circulación, recepción… es decir, son imágenes no problematizadas. Si algo distingue a las imágenes del arte es la toma de conciencia de su artificialidad, su alusión constante a sí mismas, a su opacidad, a sus condiciones de legibilidad… Esta alusión supone una interrupción en el flujo continuo de significado de las imágenes de los medios. Se podría decir que lo que distingue a las imágenes del arte es que frenan el flujo de significado, que son interrupciones, casi como manchas en un cristal transparente. Manchas que nos hacen conscientes de que el cristal existe, que la pantalla sigue estando en medio, que la ilusión es una construcción. En cierto modo, la clave del arte debería estar cerca de la ruptura de la ilusión. El arte como mancha e interrupción.

En este sentido, lo que me parece muy logrado es la manera en la que incorporas ciertas teorías artísticas o de cultura visual en la novela, que van desfilando de manera natural, aquí someramente apuntados, allá más apuntalados y acullá con nombres y apellidos: desde el performance (Stelarc, Abramovic, et al), la idea del Dj y el montaje (post-producción de Bourriaud y ‘sampling’, p. 46); la biopolítica y Giorgo Agamben (p. 56); estética relacional (p. 57); los lugares de tránsito (los ‘no lugares’ de Augé, p. 68); Bourdieu (p. 84); régimen de imágenes (Mitchell, Mieke Bal, p. 90); y un largo etcétera. Háblanos de este proceso meta-literario.

Bueno, por mucho que lo que haya escrito haya sido una novela, no puedo evitar mi condición de profesor, crítico y sobre todo lector de teoría del arte. Mi visión del arte –y también la de Marcos– está construida a través de las cosas que he leído. He querido mostrar eso en la novela, sobre todo para alejarla de ciertas teorías especulativas del arte, que lo vinculan con lo sublime y lo irracional. Además, desde un principio tenía en mente la idea de que el libro pudiera servir para presentar una especie de cartografía difusa de algunas de las problemáticas que están detrás del arte contemporáneo. Las cuestiones teóricas salpican cada dos por tres la cotidianidad. Lo que me interesaba era que el protagonista tuviera la cabeza llena de teorías, de modo que cualquier suceso o imagen cotidiana fuese susceptible de interpretación, de ser “leída como”, en referencia a otra cosa. Quizá aquí me influyen los libros de Enrique Vila-Matas, siempre cargados de literatura. Sus personajes han leído y hablan de escritores y de libros. Los míos han visto mucho arte y hablan de teorías y de obras de arte. La cuestión es dotar a la realidad de un discurso previo que permita interpretarla. No hay una realidad pura y neutra. Marcos está “enfermo de teoría”, es cierto. Pero creo que, de un modo u otro, todos estamos también enfermos de imágenes e ideas heredadas que son las que nos permiten acercarnos al mundo.

EL SEXO DE LAS REDES SOCIALES

La novela se desarrolla anteriormente a la eclosión de los denominados ‘medios sociales’, que nos ha permitido a cada uno ser productor, manipulador y distribuidor de imágenes. ¿Qué es lo que hubiera hecho Marcos? ¿Hubiera relatado su experiencia y decepción en Twitter y Facebook o colgado un vídeo en YouTube?

La novela habría sido completamente diferente. Las redes sociales nos han cambiado la vida en muchos aspectos. Situé la acción en 2003 por varias razones. Y una de ellas se debe precisamente a que este momento es anterior al 2.0. Me interesaban los procesos mentales de Marcos, sus monólogos interiores. Probablemente hoy, esos pensamientos “privados” habrían tenido que ser confrontados con su modulación pública: sus comentarios en Twitter y Facebook, su blog… La cosa, por supuesto, habría sido diferente. Quizá se habría parecido mucho más a lo que sucede en series como Black Mirror, donde la tecnología y el mundo de las redes sociales es central. Probablemente, todo habría sido público rápidamente, se habría extendido viralmente. Aun así, en la novela aparece los comienzos de eso, algunos foros en Internet, los comienzos de YouTube… Está Internet, pero más el Internet vertical en el que éramos usuarios pasivos que el Internet actual, en el que somos generadores de información.

Tú eres una persona bastante activa en las redes sociales. ¿Cómo ha sido tu experiencia en este sentido? Y ¿qué destacarías tú como ‘positivo’ y ‘negativo’ para el mundo del arte?

Yo soy un integrado total. Creo que las posibilidades de las redes sociales son inmensas. Y también los peligros. Toda herramienta puede ser utilizada para fines diferentes. En muchos casos, la herramienta lo único que hace es consolidar las mismas lógicas del mundo anterior y es apenas un emplazamiento de ideas cuya apariencia se transforma, pero cuya esencia permanece inmutable. Pero sin duda hay cosas buenas. Muy buenas. La democratización, el contacto directo, la nueva relación afectiva entre sujetos, la participación en tiempo real… De todos modos, creo que estamos aún en la infancia de estas redes sociales. Es mucho más lo que está por venir que lo que hay. Estamos jugando como un niño que descubre la herramienta. Todavía no hemos descubierto –o no nos han dejado descubrir– las verdaderas potencialidades de estos medios.

Terminemos hablando de sexo, que eso siempre vende y esa es una de las preocupaciones de Marcos. Al principio, las escenas me parecieron más convencionales, pero luego fueron subiendo en intensidad. Hay una escena cuando Helena se va con el modelo que fuerza a Marcos a la siguiente amarga conclusión: “Hay momentos –pensé- en que saber hablar, leer o poder escribir no sirve absolutamente de nada. […] Porque en el último momento, en el momento de mayor animalidad, cuando hay que satisfacer sexualmente a una mujer, no sirve de nada haber leído a Heidegger y a Derrida. El sexo nos iguala.” (pp. 143-144). ¿Lo único que cuenta es el cuerpo?

El sexo… esa era una de las cosas que temía al escribir la novela. Es lo más difícil de escribir sin que quede mal. Siempre peca uno o de ñoño o de pornográfico. Espero haber mantenido el equilibrio justo, aunque eso nunca se sabe y siempre depende del lector. Lo importante de la sexualidad que aparece en la novela, al menos esa es la intención, es la presencia del cuerpo real, fenomenológico. Marcos vive obsesionado con su cuerpo –acomplejado– y no hay teoría que pueda eliminar esta obsesión. Hay una especie de anhelo de la animalidad, del cuerpo físico. En las varias escenas de sexo, Marcos desea tener un cuerpo esplendoroso. Y cambiaría todo por ese cuerpo. Es una reflexión sobre el deseo sexual como algo animal, y también sobre cómo muchas veces lo intelectual, la escritura… es un intento de sublimación, de recorrer el camino más largo para conseguir la misma cosa. El sexo.

Para cerrar esta amplia entrevista, te preguntaría que si no es el intento de mantener la dignidad por parte de Marcos un intento baldío, en tanto en cuanto todos sabemos aquello de que ‘el enemigo está dentro’, y una vez que formas parte del sistema la dignidad, aparte de ser algo muy elástico que se expande a cada momento, ¿es un valor que sólo unos pocos se pueden permitir?

Esa es un poco la conclusión de la novela. Muchas veces la pregunta por la dignidad sólo se puede formular cuando uno ya no puede recuperarla (la dignidad). Es un fracaso, un intento frustrado. Quizá también de ahí el título. Intento de escapada es un intento de lograr muchas cosas, salir, ser digno, buscar el cuerpo, el arte, la verdad, la belleza, la justicia… pero sólo eso, un intento. Hemos ido demasiado lejos. Quizá sea ya demasiado tarde para volver.

Gracias por tu tiempo y mucho éxito con la novela.

 


DESPUÉS DE LA ESCAPADA, EL RETORNO…

No es habitual encontrarse con libros que tomen como punto de partida el arte más rabiosamente contemporáneo. Por lo general, el escritor que se adentra en este género se siente más a gusto con los clásicos de la talla de Velázquez, Rembrandt, Vermeer et al, o con ‘clásicos contemporáneos’ como Picasso, Matisse o Gauguin. Duchamp y Pollock tampoco aperecen demasiado, aunque en todo caso éste más que aquel; mas si llevamos la comparación al campo cinematográfico, la puesta en cuadro de Jackson supera a Marcel ampliamente. Y tal vez, el escritor se sienta más a gusto con el estático pasado que con el rocambolesco e inestable presente del arte contemporáneo.

Al fin y al cabo, el arte contemporáneo atrae y repele a partes iguales, lo que da muestra de su complejidad. Muchos ciudadanos así lo experimentan, al igual que Marcos, uno de los más destacados estudiantes de Bellas Artes de una pequeña ciudad española de provincias. A punto de terminar la carrera, el protagonista se encuentra con unas ansiadas prácticas que jamás había podido soñar: el artista internacional Jacobo Montes realizará una de sus transgresoras acciones en la ciudad y él, gracias a la intervención de su profesora Helena, será el ayudante del célebre artista social español.

A partir de aquí, viviremos de la mano de Marcos los entresijos y las contradicciones del mundo del arte. Además de una novela de iniciación, en la que el narrador-protagonista va desgranando sus peripecias y, sobre todo, sus dilemas morales, la propuesta de Miguel Ángel Hernández seduce por esa sabia mezcla con la que va dotando a los diálogos y descripciones de materia teórica: desde Bourriaud, pasando por Agamben, Mitchell, Augé, Bourdieu hasta Rancière… gran parte de la crítica artística y visual contemporáneas halla su reflejo en las páginas de esta sorprendente novela-ensayo. Es como aquello que piensa en un momento el narrador para sí mismo: “Siempre he pensado que viendo una biblioteca se puede ver el alma de una persona. Y en ese momento creí intuir el alma de Helena” (p. 130). Aquí intuimos el alma del autor.

Tanto para iniciados como para outsiders del mundo del arte, la figura del comisario –deberíamos utilizar la palabra más hip al uso que es ‘curador’- es fascinante en tanto en cuanto se trata de algo que no se sabe muy bien qué es ni para qué sirve, pero del que se intuye -como en el caso de Helena- que tiene las ‘manos en la masa’. Y ese tener las manos en la masa significa también ‘mancharse las manos’ con un artista internacional -cuya figura bebe mucho de uno de nuestros artistas más internacionales, id est, Santiago Sierra- en la consecución de una acción artística importante que denuncia el desalmado funcionamiento del ‘neocapitalismo’, pero de la que no se intuye muy bien dónde empieza el oportunismo del mundo del arte y dónde acaba la injusticia social.

Con Intento de escapada M.A.H. ha escrito una novela divertida y amena que fluye, que habla de sexo, y que, inteligentemente, nos plantea la disyuntiva de si el arte es política o si sólo somos espectadores de la ‘política del arte’. Lo que tal vez nos recuerde que al final no hay escapada posible…

Añadir más sería pura banalidad. ¡Lean la novela!

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Miguel Ángel Hernández

Intento de escapada

ANAGRAMA, Barcelona

238 páginas

2013

 

 

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Paco Barragán

Crítico y comisario de exposiciones. Cursa un doctorado en Historia del Arte en la Universidad de Salamanca (USAL). Entre 2015 y 2017 fue curador de Artes Visuales de Matucana 100, Santiago de Chile. Entre las exposiciones que ha realizado internacionalmente figuran The End of History… and the Return of History Painting, para el Museo de Arte Moderno de Arnhem, Países Bajos; ¡Patria o libertad! On Patriotism, Nationalism and Populism, para el MOCCA de Toronto; Read My Lips! On the Representation of the Death of Osama Bin Laden, para Castrum Peregrini, Amsterdam; Visita guiada: artista, museo, espectador, para el MUSAC de León; y No lo llames Performance/ Don´t Call it Performance, para el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (MNCARS) y el Museo del Barrio de Nueva York. Entre sus publicaciones figuran The Art to Come (2002), The Art Fair Age (2008) y When a Painting Moves… Something Must be Rotten (2010). Actualmente es Contributing Editor de Artpulse (EEUU).