177 Frankenstein es el título de la obra presentada recientemente por Adolfo Bimer en Matadero, un ciclo de muestras curado por Ignacio Smulewicz para el espacio expositivo de la Librería Metales Pesados en Santiago. En esta curaduría ha primado una visión donde el cuerpo y la ciudad son claves significativas del contexto local. El cuerpo, su imagen, representación y problema formal, sea éste de índole perverso, sexuado, violento o macabro, se ha vuelto un tema central del trabajo de muchos artistas jóvenes chilenos. Es el cuerpo como un lugar, recinto y campo de problemas donde encontramos el eje temático de Bimer.

En esta Visita Guiada, el artista habla de su idea de un cuerpo ajeno, fragmentado y rearticulado para generar otro cuerpo, esta vez desprovisto de vida y naturalidad. Un cuerpo que viaja y se disgrega para luego volver a sí mismo, reconstituido, pero completamente distinto.

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177: Frankenstein

Caja de luz de 125 x 105 x 20 cms. Radiografías encontradas.

2012

“Matadero parte como iniciativa del curador Ignacio Smulewicz de juntar a un grupo de artistas pertinentes que tienen un discurso particular frente a la práctica del arte contemporáneo, articulado desde los conceptos de Cuerpo y Ciudad”.

“La obra 177: Frankenstein consiste en una caja de luz de 1.25 x 1.10 x 20 centímetros que contiene una selección de radiografías pertenecientes a distintas personas –conseguidas en diversos lugares y situaciones–, dispuestas de tal forma que articulan el cuerpo de un ser humano. El número 177 corresponde a la enumeración asignada a este trabajo, dentro de la sucesión de mis trabajos anteriores”.

“Existe un diálogo directo con la obra de Mary Shelley Frankenstein o El Moderno Prometeo (1817) en las relaciones que se pueden establecer con el libro y su historia, como por ejemplo entre el Doctor Victor Frankenstein y la idea de artista como creador y su diálogo con la aspiración a una supuesta perfección en el objeto creado”.

“El doctor decide crear a su imagen y semejanza al ser humano perfecto como su obra maestra y culmine, el cual es constituido a partir de fragmentos de cuerpos humanos robados del cementerio del pueblo. El cuerpo es traído a la vida a través de una suerte de galvanismo, y de este modo el Dr. Frankenstein establece un destete de la necesidad de Dios como único creador y dador de vida. La figura del monstruo (la creación) se presenta como un residuo humano más que como un humano perfecto, y que finalmente toma lo único que es verdaderamente propio de la vida y se va en contra de la voluntad de su creador. Así, en el caso de 177, el cuerpo que se articula es igualmente imperfecto, creado a partir de fragmentos de gente muerta y viva generando una sola figura, a una sola persona, activada a través de un sistema de luz eléctrica. La radiografía como material, junto con ser una imagen del interior del cuerpo humano, es símbolo del intento por ver el interior del humano de alguna manera, porque, de todas formas, en las imágenes radiográficas se mantiene el cuerpo escondido, se revelan sólo huesos y algunas masas confusas de carne que parecieran más bien ser humo. Es interesante a su vez lo ingrávido que parecen ser los huesos, sabiendo la dureza y solidez que tienen en un cuerpo real. En las radiografías todo parece estar recorrido por una consistencia gaseosa y ligera, como si lo figurado en ellas fuera a disiparse o a desvanecerse en cualquier instante”.

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“Además, existe una carga subjetiva inherente asociada a la enfermedad, una pesadumbre en este tipo de imágenes médicas, pues no es fácil olvidar que una radiografía siempre significa un problema: aún en los términos más positivos es, a lo menos, un signo de prevención. Es por estas cualidades que el uso de la radiografía es necesario tanto formal como simbólicamente”.

“Frente a esto se podría ver al artista como un creador único –tenga o no a su vez una dimensión mística o divina–, fuera de los dominios de las ciencias y de las religiones, pero no fuera de la fe, y cómo su enfrentamiento constante con la creación de la obra y la ridícula idea de perfección lo convierte en creador y creación simultáneamente, en el monstruo deforme resultante de su propia idea exteriorizada”.

“Creo que hay un vínculo fundamental con la curatoría Matadero en las relaciones que se pueden realizar a partir de la idea de un cuerpo ajeno, fragmentado y rearticulado para generar nuevamente un cuerpo, esta vez desprovisto de vida y naturalidad, el movimiento de un cuerpo que viaja y se disgrega para luego volver a sí mismo, reconstituido, pero completamente distinto”.

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“Siempre me ha interesado trabajar desde la pintura, pensar en el arte desde ahí, y poder observar cómo esta actividad solitaria es capaz de transformarse en una herramienta de expresión humana, de comunicación con otros a tiempos diferidos. Este trabajo se basa en una actividad de taller continua: pruebas, ensayo y error, y a partir de esos experimentos llegar de forma inesperada a captar algún porcentaje de realidad, en el mejor de los casos. No sé si lo habré logrado alguna vez, pero la sola idea de creer que esa posibilidad existe para mí me hace seguir intentándolo”.

“El arte tiene la cualidad de capturar la forma del misterio, de ser un portavoz ambiguo a la vez que sumamente preciso; algo extraño como es a veces sentirse reconocido en una imagen u obra que poco o nada entrega como dato concreto, pero que persiste en nosotros y crece en nosotros sin saber bien por qué, llamándonos constantemente a recordarlo”.

“Creo que vale la pena contar esto. Cuando estaba en la universidad, recuerdo estar tratando de conseguir el color valor exacto de una pieza metálica de un bodegón. Mientras estaba calculando cómo llegar a este color me di cuenta de que entre todas las cosas que estaba viendo, estaba pestañeando y que el interior de mi párpado tenía un color y que debía haber un color para eso también, un color exacto de los ojos cerrados. Creo que en ese momento se estableció un vínculo con un interés muy anterior por las imágenes de anatomía y cómo tratar de comprender mejor esta idea para llegar a aprehender algo”.

“De alguna manera, he tratado desde hace un tiempo de generar retratos que no sean necesariamente personas reconocibles, aunque tengan una vida interna y un significado fuerte para mí. Una persona que puede ser otra, esa que otro ve o ninguna a la vez”.

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“Creo en la práctica artística como un continuo de ensayos y errores, que llamamos obras, claro, como una convención para el entendimiento, pero no necesariamente terminadas, obras fragmentarias contra la idea de la obra de arte absoluta (de ahí la enumeración continua de los trabajos que presento). En la seguidilla de ensayos / errores se produce una ejercitación del proceso en sí mismo, esto propone una génesis del organismo que da forma al cuerpo de obra. Éste en ningún caso es definitivo, por lo tanto sólo su proceso sería capaz, en un largo tiempo —quizás la vida—, dar cuenta del propósito final del trabajo como artista, y me parece que ahí recién sería justo el hablar de Obra. Este quehacer frente a un supuesto ideal, una idea difusa y completamente auto generada que aspiramos a aprehender, es de alguna manera trabajar en Imposible, buscando que se mantenga así, para que se mantenga la actividad creativa”.

“Me llama la atención la imagen del conejo Bugs sentado a caballo con una caña de pescar que tiene atada una zanahoria en el anzuelo, en la que el caballo galopa con todas sus fuerzas para alcanzar la zanahoria, que nunca va a llegar a él. Me parece que de algún modo siempre nos elegimos ese tipo de extrañas metas”.

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Fabiola Silva

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