Es difícil de resumir con precisión la amplitud de las actividades exploradas y dominadas en el siglo XVII por el erudito jesuita Athanasius Kircher. Inventor, compositor, geógrafo, geólogo, egiptólogo, historiador, aventurero, filósofo, propietario de uno de los primeros museos públicos, físico, matemático, naturalista, astrónomo, arqueólogo, autor de más de 40 obras publicadas, Kircher fue una de las figuras más prominentes entre los intelectuales europeos de ese tiempo. Un contemporáneo de Newton, Boyle, Leibniz y Descartes, hay un lugar que le corresponde en la historia de la ciencia que ha estado envuelto por su intento de forjar una visión del mundo unificado entre el historicismo bíblico tradicional y la nueva teoría científica del conocimiento secular.

 

Athanasius Kircher. La imagen barroca, en la Biblioteca Nacional, Santiago de Chile. Cortesía Constanza Acuña

 

La doctora en historia del arte y especialista en iconografía religiosa, Constanza Acuña, se enteró por azar que la Biblioteca Nacional de Chile poseía una de las colecciones más completas de libros escritos por el sabio jesuita Athanasius Kircher.

Y con esa información, Acuña y un grupo de investigadores se propusieron dar a conocer el valioso legado del sacerdote, su relación con Chile, las circunstancias en que los libros llegaron a la Biblioteca Nacional y el aporte de los jesuitas al desarrollo cultural y artístico al país. Conversamos con ella para que nos diera una imagen de lo que ha sido este descubrimiento, el trabajo diario con estos archivos y su experiencia personal.

¿Cuál fue tu primer acercamiento con el trabajo de Athanasius Kircher?

La primera vez que vi un libro y algunos objetos del gabinete de Kircher fue en una exposición en Roma el año 2001. Se llamaba el «Museo del Mundo» y reproducía algunos de sus experimentos más importantes, como la linterna mágica, una rueda musical, un microscopi… había también animales disecados y pinturas que recreaban la época en que su Teatro del Mundo era uno de los antecedentes del museo más visitados e importantes de Europa. Ese mismo año Ignacio Gómez de Liaño publicó el libro más completo y bonito que se ha editado sobre Kircher en castellano: Itinerario del Éxtasis o las imágenes de un saber universal,  que hasta el día de hoy es para mí un texto de consulta fundamental. En ese tiempo yo estaba viviendo en Italia y trabajando en mi tesis de doctorado en historia del arte; uno de los temas que estudiaba era la influencia de los emblemas y los libros ilustrados en los motivos de la iconografía colonial andina. Por eso las imágenes y la circulación por toda América de los libros de Kircher a finales del siglo XVII me interesaron especialmente. Sin embargo, nunca imaginé que podía encontrarme en Chile con una colección tan completa de sus libros originales como la que se conserva en la Biblioteca Nacional.

¿Cómo llegaste a conocer la existencia de este valioso archivo?

Hace un par de años asistí a un homenaje que le hicieron al historiador italiano Carlo Ginzburg en la Biblioteca Nacional. Uno de los panelistas invitados era el historiador del arte argentino José Emilio Burucúa; fue él quien me contó que prácticamente todos los libros más importantes de Athanasius Kircher estaban en la bóveda de la Biblioteca Nacional. A partir de ese momento comencé a consultarlos en el salón de investigadores; fue muy emocionante verlos y constatar que nadie los había estudiado en décadas, quizá en más de un siglo. Pero también me di cuenta que era una tarea desmesurada abordar sola la revisión de los 18 libros, escritos en latín y sobre materias muy disímiles como la egiptología, la física, la teología, la geología, la musicología y la sinología entre las muchas temáticas que se entrecruzan en sus libros. Es por eso que decidí armar un proyecto junto a un grupo de investigadores y artistas que desde distintas disciplinas lograran dar cuenta de la riqueza histórica, temática y estética de los libros. Así nació la exposición, el libro y la mesa redonda. Estas dos últimas actividades se realizarán este lunes 16 de enero a las 18 hrs. en la Sala América y contaremos con la participación especial de dos importantes estudiosos de la obra de Kircher: José Emilio Burucúa y Siegfried Zielinski.

¿Cómo apareció este legado en la Biblioteca Nacional?

Los 18 libros de Athanasius Kircher pertenecieron a distintas bibliotecas de los colegios y sedes de los jesuitas en Chile. En 1767, cuando se produce la expulsión de la Compañía de todas las colonias americanas, la mayoría de esos libros pasaron a formar parte de la Real Universidad de San Felipe. De ese traspaso dan cuenta los documentos de la Junta de Temporalidades que se encuentran en el Archivo Nacional. Tiempo después, en 1818, Bernardo O’Higgins, a través de la firma de un decreto, decidió que la antigua biblioteca de los jesuitas debía formar parte de las incipientes colecciones de la Biblioteca Nacional. Es por eso que nos encontramos con una serie tan completa de libros de Kircher y reunidos en un mismo lugar, lo que es un privilegio en términos investigativos. En otros países latinoamericanos, la fortuna de los libros jesuitas tras la expulsión fue la dispersión casi total en distintas colecciones privadas.

¿Qué es lo que mas te apasionó respecto al cúmulo de trabajo e investigación del jesuita?

Después de trabajar casi dos años con los libros, la biografía, la correspondencia que mantenía con algunos discípulos en Latinoamérica, son muchas las cosas que todavía me apasionan y me interesan de la historia y de la obra de Kircher. Pero sin duda si tuviera que rescatar un aspecto de su labor, esa es la curiosidad. La curiosidad y el asombro por los fenómenos de la naturaleza, por los símbolos y la diversidad de los lenguajes, su pregunta por el sentido y el funcionamiento de lo real, en su dimensión visible e invisible. Su pensamiento experimental, donde no existen fronteras entre arte, ciencia y mística. Me parece que todavía propone preguntas muy vigentes y estimulantes. También su proyecto de inventar máquinas, imágenes y distintos dispositivos para tratar de descifrar el mundo, que para él era un jeroglífico, un texto escrito por Dios.

Creo que es precisamente el Ars combinatoria de Kircher, que se mueve con fluidez y profundidad entre distintas disciplinas, la que ha cautivado a lectores tan distintos y extraordinarios como Sor Juana Inés de la Cruz, Edgar Allan Poe, Umberto Eco, Octavio Paz, Roberto Calasso o Juan Luis Martínez.

 

LA EXPOSICIÓN

Bajo la curatoría de Acuña, la muestra comprende una exhibición de obras de Demian Schopf, Cristóbal León y Joaquín Cociña en una reinterpretación personal de cada uno sobre la vida y obra del jesuita.

Demian Shopf hace su reinterpretación por medio de Mundus Subterraneus, instalación consistente en una obra reactiva compuesta por un computador, dos sismómetros y dos monitores, todos ellos dispuestos en una vitrina. Esta máquina procesa fragmentos del Mundus Subterraneus, escrito en 1665 por Athanasius Kircher. El desarrollo depende de un proceso estadístico donde confluyen los datos que entrega un sismómetro y otros que entrega un extractor de términos que opera en varios periódicos de habla inglesa. Se ha escogido el Mundus Subterraneus de Kircher porque establece paralelos entre el organismo humano y el ‘organismo geológico’. Se habla ahí de ‘cavidades subterráneas’ por las que ‘circula el fuego’ y de otras por las que ‘fluye el agua’ o ‘sopla el viento’.

 

Demian Schopf, Mundus Subterraneus, Foto Nicolás Rupcich

 

Mundus Subterraneus, Foto Nicolás Rupcich

 

La máquina funciona así: la magnitud de la onda que entrega el sismómetro en un momento x se expresa en un número y. Posteriormente, un proceso de búsqueda ve qué cantidad de palabras aparece en alguno de esos periódicos esa misma cantidad –y– de veces. Ambos números –el de la magnitud de la onda y la cantidad de veces –y– de un término determinado– deben coincidir en un momento x. A cada una de las palabras buscadas le está asignado un fragmento del ‘Mundus Subterraneus’, de manera que la magnitud de la onda telúrica determina que palabra se usará y ésta determina que fragmento del Mundus Subterraneus se imprimirá en pantalla. Se dispone así una estructura relacional inscrita en una cadena causal que determina la forma y el contenido de la prosa que la obra despliega. Así, dialogan la contingencia arcaica de las ondas telúricas y la menos arcaica contingencia de procesos de minería de datos online que se materializan en ondas de radio codificadas en bits.

Mal que mal, no deja de ser curioso que los temblores, los rayos –esas fisuras en el horizonte– y la actividad eléctrica del corazón se expresen en grafías cuyas formas no son demasiado divergentes.

Cristobal León y Joaquín Cociña relatan cómo se aproximaron a la obra de Kircher. “El encargo de Constanza llegó en el momento adecuado. Nosotros estábamos trabajando en una serie de videos y animaciones bajo el proyecto El Tercer Mundo. Cuando Constanza nos encargó una animación sobre los grabados de Kircher, fue muy obvio para nosotros que queríamos hacer algo distinto. Nos enamoramos del Kircher y este personaje se metió en nuestro proyecto”. Realizaron una “película futurista”, basando su propuesta en una de las investigaciones de Kircher, el primer proyector de imágenes.

Recuerdan una historia en particular que los inspiró cuándo Kircher estando muy enfermo: pidió permiso para automedicarse; pasó horas en fiebre delirante, hasta que despertó completamente sano. “No queríamos ilustrar a Kircher. Quisimos, tratar de apropiarnos de su ego. El siempre intentaba explicar el mundo que le rodeaba bajo sus propias creencias, tratando siempre de imaginar el futuro en sus descubrimientos. En su caso, un futuro de máquinas, razón y fe”.

El resultado es El Arca, parte de una serie de tres films llamada El Tercer Mundo, y que narra una história de ciencia ficción basada en la vida y obra de Kircher. El Arca, que se estrena en el prestigioso Festival de Rotterdam 2012, presenta un mito de muerte y origen contado por marionetas de papel.

 

Cristóbal León y Joaquín Cociña, El Arca, 2011, 16’41’, dirección de foto: Carlos Vázquez. Cortesía Joaquín Cociña

 

Athanasius Kircher. La imagen barroca en la Biblioteca Nacional reúne por primera vez 12 volúmenes del sabio alemán, y también importantes obras de la antigua biblioteca de los jesuitas en Chile, que hasta hoy son conservados por la Biblioteca Nacional, entre los que destacan obras de Alonso de Ovalle, Manuel Lacunza y el abate Molina.

Para recrear el contexto cultural de la época, la exhibición presenta también algunas piezas de la Escuela de Arte Colonial fundada por el jesuita bávaro Carlos Haymbhausen e instalada hacia mediados del siglo XVIII en la antigua hacienda de Calera de Tango. Es el caso de la importante escultura colonial de San Francisco Javier yacente, que pertenece a la Catedral de Santiago, y de una valiosa custodia de plata del siglo XVIII y un mapa grabado por Theodore de Bry, provenientes de las colecciones del Museo Histórico Nacional.

 

Athanasius Kircher. La imagen barroca, en la Biblioteca Nacional, Santiago de Chile, Cortesía Constanza Acuña

 

Para profundizar diversos aspectos de la vida y obra de Kircher, este lunes16 de enero, a las 18 horas, se presentará en la Sala América el libro Athanasius Kircher y la imagen barroca en la Biblioteca Nacional. La actividad contará con la participación del connotado académico alemán Siegfried Zielinski y el filósofo e historiador argentino José Emilio Burucúa.

 

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Caroll Ventura