Artishock presenta el texto curatorial de la artista chilena Magdalena Atria para la muestra La Oscura Vida Radiante, que abre en el Centro de Arte Contemporáneo Municipalidad de las Condes (CeAC), en Santiago, el próximo 6 de septiembre, con la participación de los artistas Juan Acevedo, Rodrigo Galecio, Ignacio Gumucio, Félix Lazo, Elisita Balbontín, Felipe Mujica, Cristóbal Lehyt, Cristián Abelli, Rodrigo Yanes, Joe Villablanca, Paloma Villalobos, Francisca Sutil, Dominique Serrano, Carlos Navarrete, Mario Carvajal, Juan Céspedes, Claudio Herrera, Sofía Donovan, Cristián Silva, Javiera Pérez, Rodrigo Canala, Consuelo Lewin, Robinson Mora y Magdalena Atria.

Rodrigo Galecio, RaM, 2002-2008, pintura acrílica sobre bastidor

La Oscura Vida Radiante

Por Magdalena Atria

Frecuentemente, cuando hoy en día se habla de arte abstracto, se hace en relación al discurso y las obras modernistas que optaron de manera privilegiada por este lenguaje durante la primera mitad del siglo XX.

La presente exposición, sin pretender ignorar aquel marco de referencia, se propone  plantear un punto de vista productivo -más que reactivo- en relación al lenguaje abstracto. ¿Qué significa, en el presente, hablar de abstracción? ¿Qué potencial puede ofrecer esa opción para construir significados hoy, en un contexto en el que los lenguajes visuales son progresivamente más explícitos, y en el que, por ejemplo, cualquiera puede capturar con su teléfono celular imágenes cada vez más fieles del mundo que nos rodea?

La abstracción, en sus innumerables variantes a través de las épocas y las culturas, se nos ofrece como una posible ruta de acceso a un universo de sentido diferente de las narrativas apegadas o directamente derivadas del mundo sensible: un viaje mental hacia espacios e imágenes que no son los que conocemos ni donde nos movemos habitualmente, y que pueden ir desde lo privado a lo público, de lo orgánico a lo geométrico, de lo espiritual a lo psicodélico, de lo decorativo a lo existencial, de lo austero a lo extravagante, de la calidez a la frialdad, de la contención a la expansión.

Lo abstracto puede ofrecer una vía para acceder visualmente a múltiples y variados sentidos, pero siempre desde una construcción personal, interior, incluso a veces caprichosa, a través de un lenguaje no discursivo, no literal, y por eso mismo no tan fácilmente consumible por un sistema que privilegia la lectura inmediata y concreta de imágenes cada vez más reales. Es un vuelco a la construcción de un imaginario alternativo, otro, que sin embargo no se encuentra necesariamente desligado de lo contingente.

Claudio Herrera, Ayacucho, 2009-2010, tinta, óleo, acrílico, gouache y lápiz de color sobre papel, 200x150 cm.

Los artistas y las obras presentes en esta muestra establecen de diversas formas un cruce entre este diálogo interior (esta representación de realidades alternativas e imaginarios mentales), y distintos ámbitos de la existencia individual y colectiva, como pueden ser lo político/geográfico, en el caso de Felipe Mujica, Carlos Navarrete y Claudio Herrera, lo orgánico/sensual, en las obras de Sofía Donovan y Dominique Serrano, lo popular (Ignacio Gumucio), lo decorativo (Cristóbal Lehyt) y lo doméstico (Javiera Pérez), por nombrar algunos.

Cristóbal Lehyt, Sin título, 2010, acrílico, resinas, piedras semipreciosas, dimensiones variables.

A diferencia de la visión convencional en Occidente (derivada en gran medida del discurso moderno y su retórica iluminista en relación a las verdades esenciales reveladas a través de los principios básicos del color y la línea), la abstracción hoy no está limitada a existir en el espacio autónomo y autorreferente del “arte sobre arte”, sino, muy por el contrario, puede -y esa es precisamente la intención de esta selección de obras- establecer conexiones muy vitales y directas con situaciones específicas del cotidiano. Citando las palabras de Briony Fer:

Como etiqueta, el término “abstracto” es por una parte demasiado inclusivo: cubre una diversidad de arte y momentos históricos diferentes que en realidad no tienen nada en común excepto el negarse a figurar objetos. Por otra parte, “abstracto” es demasiado exclusivo, imaginando un mundo de parecidos familiares (geométrico, biomorfo u otros términos usados originalmente por los críticos pero aún dominantes) que está herméticamente aislado de un mundo de representación allá afuera [1].

Dominique Serrano, Herencia involuntaria, 2008, lana tejida, 250 x 250 cm.

Es así como, dentro de estas situaciones específicas y cotidianas a las que hacen referencia algunas de las obras en esta exposición, podemos encontrar ámbitos tan disímiles como el cultivo de cerezas (Rodrigo Yanes), los procesos de oxidación de monedas de cobre de un centavo (Cristián Silva), o los destellos luminosos de las escenografías de espectáculos masivos (Rodrigo Canala).

Otro lugar común con respecto a la abstracción, y que también forma parte de la pesada herencia modernista, consiste en considerar el reduccionismo y la opción casi monástica por el rigor formal como estrategias necesariamente vinculadas a ese lenguaje. Se ha tendido a entender la abstracción como una operación progresiva de  eliminación y restricción, como un espacio negativo de no-descripción; y si bien hay en ella un rechazo radical a la representación de las apariencias del mundo visible, en esa misma medida hay una apertura hacia un rango de espacios visuales diferentes que, en lugar de cerrarse sobre sí mismos, pueden expandirse hacia espacios síquicos invisibles, pero no por eso menos reales. Esta muestra  se propone reunir obras que en su mayoría asumen una posición opuesta al estreñimiento formal y mental propios de la visión reduccionista,  planteando la abstracción como un vertiginoso espacio de libertad, que en ocasiones puede ser restrictivo pero también puede ser expansivo, delirante, cómico o sensual. Incluso en las obras más aparentemente sistemáticas, como las de Rodrigo Galecio y Juan Acevedo, es posible encontrar una corriente pulsional donde lo extraño y lo fantástico entran en juego. Como dice Briony Fer, lejos de eliminar la fantasía, “la línea recta, el borde duro y la forma geométrica y serial escenifican sus propias fantasías”, y están también acompañadas por ansiedades y placeres tácitos [2]

Juan José Acevedo, 360, 2008, dibujo e impresión digital, 47 dibujos de 42 x 29.7 cm c/u.

Las obras y los artistas en esta muestra intentan abordar todas estas –y otras- posibilidades de la abstracción, a través de medios y materialidades múltiples: pintura, escultura, video, textiles, dibujo, fotografía e instalación. Los participantes, en su mayoría,  no son artistas “abstractos”, sino artistas con una producción amplia y variada que se moviliza simultáneamente entre distintos medios y lenguajes. Para muchos de ellos la abstracción es una dimensión más dentro de las posibilidades de lo visual, desde una posición esencialmente anti dogmática y libre. Esta libertad puede asumir muy distintas vertientes,  yendo desde las improvisaciones performáticas de José Luis Villablanca hasta las experimentaciones pictóricas y fotográficas de Juan Céspedes.

Las referencias directas a la historia del arte y a ciertas tradiciones canónicas del arte abstracto no están ausentes en el trabajo de algunos artistas de esta exposición, pero más que un fin en sí mismas, constituyen puntos de partida para la construcción de obras que van mucho más allá del comentario para conocedores, como es posible apreciar en el trance casi hipnótico al que invitan las construcciones algorítmicas de Félix Lazo, o en el juego matérico que proponen los “brochazos” de pintura de Consuelo Lewin que, independizándose del soporte tradicional, parecen cobrar vida propia y se desplazan libremente por los muros.

Por otra parte, hay en esta exposición un cruce intergeneracional que se propone tanto develar como establecer diálogos productivos -y ojalá, sorprendentes- entre obras aparentemente distantes. Las obras de Mario Carvajal y Robinson Mora, artistas que se conectan generacional y estilísticamente con las tradiciones internacionales de la modernidad pictórica del siglo XX, se integran fluidamente con las obras de artistas de generaciones recientes y adquieren, en esta convivencia, una nueva frescura y vitalidad, desmarcándose hasta cierto punto de las categorías en que se les mantiene usualmente encasillados.

Igualmente, las obras de artistas como Francisca Sutil y Cristián Abelli,  en las que el color y la materia buscan generar una respuesta directa e inmediata en el espectador, se encuentran en esta ocasión en una compañía poco frecuente, donde, por ejemplo, las delicadas franjas pintadas de Sutil se ponen en tensión con las franjas de masking tape que utiliza Elisita Balbontín para dibujar su Planta (no maestra).

El título de esta exposición ha sido tomado de la novela homónima de Manuel Rojas, quien a su vez seleccionó la frase de un poema del cubano José Martí. El poema, Musa traviesa, describe los viajes mentales del poeta por el mundo luminoso de las ideas, mientras que la novela de Rojas describe el más que concreto mundo de la marginalidad y la pobreza casi extrema en el que se mueve su protagonista, Aniceto Hevia:  “vagabundo, sin oficio, autodidacta, un poquillo letrado, y anárquico/anarquista, más por personalidad que por ideología. Su libertad no es liberal ni libertina; consiste sobre todo en una voluntaria ausencia de vínculos (familiares, sociales, de cualquier especie)” [3].

Sofía Donovan, Orange mutant, 2010, cerámica y plástico, 50 x 30 x 40 cm

Frente a la tradicional estructura burguesa de relaciones sociales y afectivas determinadas por los lazos familiares y de clase, el protagonista de la novela deambula por la ciudad construyendo vínculos con aquellos que se le cruzan en el camino y comparten sus circunstancias, vínculos que no por ser pasajeros son menos profundos o significativos. Sin hacer distinciones maniqueas entre pobres y ricos, ni caer en la caricatura del personaje popular, Rojas construye una realidad muchísimo más matizada y compleja, donde la sensibilidad y la mirada reflexiva del protagonista ponen en cuestión  los estereotipos y realzan el valor del individuo y su libertad: “La palabra “compañero” le daba siempre risa, pues no se sentía compañero de nadie; quizá para él sólo existía la palabra cómplice, aunque la desconociera o no la usara. Andaba con alguien, se juntaba con alguien; andar era el verbo preciso, o caminar, caminar, palabra de ladrones y de putas, de filósofos y de observadores, ”yo le enseñé a caminar”, “él me enseñó a caminar”, “caminemos y conversemos”, caminar por aquí, por allá, caminar es conocer, … sólo caminan los que están en libertad y los que están sanos… me gusta caminar, el que camina encuentra oportunidades, trabajo, mujeres, hombres, ideas, cosas para robar o sólo para mirar y observar” [4].

Esta  conjunción intertextual de lo lírico y lo metafísico –del poema original de Martí- con lo contingente y lo popular de la novela de Manuel Rojas, más aún, con las características particulares de su protagonista, establece un marco de referencia inmejorable para lo que esta muestra propone. El rango de experiencias sensoriales, emocionales e intelectuales que este conjunto de obras genera en este espacio intenta no dejar fuera ninguna de esas dimensiones; las combina, las tensiona y las complejiza, produciendo una trama que esperamos sea tan rica, matizada y profunda como la que construye Rojas en su novela. Lo oscuro y lo radiante, y en medio de éstos, la vida.


[1] Fer, Briony (1997). On Abstract Art, New Haven-Londres: Yale University Press (mi traducción).

[2] Ibid.

[3] Valente, Ignacio. El Mercurio, 25/05/2008.

[4] Rojas, Manuel. La Oscura Vida Radiante, Santiago: LOM, p. 107.

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