Es bien sabido que la modernidad en Venezuela a mediados del siglo XX tuvo unos pocos héroes, a caballo entre París y Caracas, que fueron favorecidos por sucesivos establishment que sin proponérselo dejaron poco espacio a las posteriores generaciones de artistas. Como consecuencia, hoy, medio siglo después, aunque existe una merecida revisión de generaciones ahogadas como la de los setenta, vemos aún como buena parte del arte contemporáneo se refiere de una u otra manera a esa época cinética, progresista, abstracta. Una época de artistas poco dados a referencias locales. Más bien, aunque formaba parte de una tendencia obviamente internacional, podríamos decir que en Venezuela, a fuerza de seguridad e insistencia, la abstracción cinética fue convertida en “lo local” y hoy, si cabe, en una tradición más.

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Jorge Pedro Núñez, Anuncios Inmediatos, 2011, vista de la muestra Inevitable y Obvio, Periférico Caracas. Cortesía Jaime Gili

El diseño gráfico y la arquitectura acompañaron a las artes plásticas en los sesenta y setenta, pues a los artistas sólo les quedaba formarse en las escuelas de diseño y arquitectura. Exceptuando algunos momentos brillantes, en las artes se hacía cada vez más grande la brecha abierta entre la mayoría de población y los metalenguajes generados en esos talleres: mientras los libros ganaban premios internacionales de diseño, gran parte de la población era aún analfabeta; mientras grandes proyectos arquitectónicos para museos y viviendas se construían con tecnología punta, también evolucionaba en los ranchos o favelas una arquitectura orgánica sin más reglas que las de la gravedad.

Pero contra lo que le gusta escuchar al mundo desarrollado, no fueron las ideas modernas las que fracasaron (¿Cómo puede fracasar una idea?) sino la maquinaria intermedia, muchas veces en manos de los gobiernos: el periódico está bien diseñado y los contenidos son irreprochables; no podemos culpar al diseñador de que se lean pocos ejemplares.

Esta historia del arte del s.XX, similar a la de Brasil, está pues cargada de paradojas. No son pocas las obras actuales aquí y allá que juegan con los opuestos tropicales desde una revisión actual. Y aunque en Venezuela el concepto de ironía no está muy extendido entre la población, ésta es esencial para entender la estrategia de Jorge Pedro Núñez en su muestra en Periférico Caracas, y especialmente en sus obras Anuncios Inmediatos, que se nutren de la dialéctica: arte privilegiado/lenguaje de la calle; materiales y colores lujosos, abstracción/mensaje pobremente elaborado y ejecutado pero altamente legible, etc.

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Jorge Pedro Núñez, vista de la muestra Inevitable y Obvio, 2011, Periférico Caracas. Cortesía Jaime Gili

Para describir esta obra de Jorge Pedro Núñez (Caracas, 1976, vive en París), hay que seguir contando historias. En 1973 Nedo MF elaboró una tipografía y un logotipo para el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas. La tipografía, de finas líneas paralelas que recuerda algunas obras cinéticas, es de gran belleza y difícil legibilidad. Como identidad corporativa, el logo y las letras con las palabras “Museo de Arte Contemporáneo de Caracas” fueron fundidas, cromadas e instaladas sobre el hormigón gris del edificio en los setenta. Casi todos los logotipos de los museos de Venezuela en esa época fueron elaborados por grandes artistas/arquitectos/diseñadores y forman parte de un interesantísimo acervo. Cruzando esta historia en diagonal, hay que recordar que a principios del siglo XXI el gobierno de Hugo Chávez eliminó estos logotipos museísticos para crear un único emblema, de color rojo y apariencia precolombina, simbolizando la pretendida centralización de los museos en un único ente, aunque en realidad hasta ahora este logo sólo ha acompañado al desmantelamiento de los mismos.

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Jorge Pedro Núñez, Anuncios Inmediatos (detalle), 2011, vista de la muestra Inevitable y Obvio, Periférico Caracas. Cortesía Jaime Gili

En su serie titulada Anuncios Inmediatos, Núñez reproduce textos de anuncios encontrados en la calle: “Sí hay bollitos de carne pollo y chicharrón”, o el que nos ocupa: “Se solicita panadero y muchacha de buena presencia”, pero los escribe con la tipografía para el museo elaborada por Nedo. Además, lo hace en dos tonos de gris muy oscuros y de una manera muy limpia, con laca automotriz (pequeños errores del pintor sólo añaden algo más de interés a quien los ve de cerca). El ahora anónimo mensaje inicial se torna pues prácticamente ilegible, subrayando la brecha entre el arte y la calle, el país y los museos en los setenta y en la actualidad, lo que han matado y lo que sobrevive.

El eufemismo discriminatorio “muchacha de buena presencia”, aún usado en la actualidad, se popularizó en 1977 en el país con la película de realismo tropical Se solicita muchacha de buena presencia y motorizado con moto propia, cuyo título también refleja un anuncio callejero y cuyo recuerdo nos hace pensar que socialmente Venezuela parece aún anclada en un pasado por el que la modernidad habría pasado como un mero espejismo.

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