Esta conversación con Antonio Arévalo tuvo lugar en Venecia, a pocos días de la inauguración de la 54va Bienal. El curador chileno, que vive en Roma desde hace muchos años, recuenta aquí las gestiones realizadas para la instauración del pabellón chileno en este importante encuentro bianual, alienta la participación de Alfredo Jaar en la Bienal del 2013  y ofrece su perspectiva de la escena del arte de Chile y América Latina.

La participación de Chile en la Bienal de Venecia se debe en gran parte a tu gestión. En 2001 propusiste un pabellón para Chile con la obra de Juan Downey, luego de eso pasaron años para que Chile tomara una actitud y gestionara un pabellón propio. ¿ Crees que las instituciones culturales de Chile está preparadas para enfrentar las necesidades del sistema del arte contemporáneo?

Creo que, primero que nada, es una gran cosa convencer a la gente – ministerio, gobierno, etc – quienes están haciendo un muy buen trabajo con la imagen país,  vendiendo el producto de que el arte contemporáneo es un  lenguaje alto y que a través de éste se puede llegar también a una gran parte de la población universal. Yo celebro que ellos hayan reconocido eso y estén aquí con nosotros. Yo no desprecio su gestión. El apoyo institucional de los organismos fue el primer paso para que hoy en día podamos estar aquí. Yo vine a la primera Bienal de Venecia en 1993 y tuve el privilegio de estar en la bienal más hermosa, curada por Acchile Bonito Oliva. Tenía una sección que se llamaba Aperto, y vine a esa Bienal con Francisco Smythe que en ese tiempo vivía en Florencia y era un gran conocedor de Venecia y la Bienal. Tuve la oportunidad de ver a Damien Hirst, Mathew Barney, Andrés Serrano, Yoko Ono, los grandes artistas que hoy están presentes en lo contemporáneo y que en ese momento eran los jóvenes emergentes.

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Matthew Barney, Drawing Restraint 7, instalación multimedia (tres monitores de video, luces de neón, dibujos, fotografías), Premio Aperto de la Bienal de Venecia, 1993. © Matthew Barney

Barney ganó el premio (Europa 2000, Aperto 93) de ese año y a mi me cambió el mundo: me cambió el mundo de la imagen, me cambio el mundo de lo que significaba organizar una muestra porque aprendí mucho de Achille Bonito Oliva y de Harald Szeemann, que ya no era el crítico de arte el que organizaba la muestra sino que era el curador, un tipo que lograba gestionar el encuentro entre el artista, el lugar y los posibles sponsors y eso para mi fue una escuela. Yo decidí en ese momento, que publicaba poesía, convertirme en curador de arte contemporáneo. Con el pasar de los años mi preocupación fundamental fue que Chile y América Latina tenían que estar presentes. Había algunas muestras importantes de América Latina en la Bienal, pero Chile no estaba presente. Y yo me la jugué por que no sólo Chile, sino además Colombia, Ecuador y Argentina, estuvieran en este tipo de eventos, lográndolo y logrando un reconocimiento por parte de la crítica de esta participación, en que la estuvieron Iván Navarro, Patrick Hamilton, Francisco Valdés y Manuela Viera-Gallo. Quise hacer un vuelco y proponerle a Chile un pabellón chileno en Italia, en Venecia. A través de la gente que conocía, conseguí obtener un lugar; lo propuse en Chile y me dijeron que no, pero a través de la gestión de otras personas en Italia que creyeron en mi proyecto conseguí tener un pabellón nacional el 2001. Para mí era fundamental contarle al mundo de dónde veníamos, por lo tanto era imposible que yo presentara un artista emergente, así que presenté a un artista que era el paso a la contemporaneidad, no sólo de Chile, sino que de América Latina; un artista que había estado involucrado con los Yanomamis, que había logrado trabajar con América Latina y también tener una gran sensibilidad respecto a lo que pasaba en Chile. Eso para mi era la verdadera internacionalización de nuestros artistas, lo mismo que había pasado anteriormente con personajes como Matta, como Huidobro, como Neruda o en otros campos Ignacio Mate Blanco o Jodorowsky. Es lo que Justo Pastor Mellado llama “hilvanar”, pescar el hilo y empezar a coser, hilvanar una historia, darle cuerpo, hacer memoria.

¿Qué piensas de que Alfredo Jaar sea el próximo representante de Chile en la Bienal de Venecia?

Yo creo que sería lo mejor que podría pasar. Creo que no hay ninguna otra posibilidad. Creo que si Jaar fuera el artista de la próxima Bienal nosotros nos ganaríamos un estatus en la contemporaneidad después de lo cual tendríamos la posibilidad de presentar a nuestras nuevas generaciones; lograríamos un espacio dentro de la escena internacional. Pero para eso necesitamos caballos de raza. La Bienal es una carrera de caballos de raza donde tu tienes que presentar lo mejor que tienes. Jaar tiene la generosidad de estar con nosotros cuando lo necesitamos y darnos su apoyo, y eso es algo en Chile súper poco vivido, o sea, no existe esa camaradería, esa energía positiva, ese estar con nosotros cuando se tiene que estar. Pasa muy poco.

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Alfredo Jaar, Chile 1981, before leaving 1981, impresión digital 139 cm x 152 cm Ed. 6. Cortesía Galería Loewenthal

Mencionas en algunas entrevistas cómo la comunicación y el acceso a la información han permitido que se abran muchos nuevos circuitos y vínculos entre artistas de todo el mundo. En estos nuevos tiempos ¿Qué lugar crees que han tomado el arte latinoamericano y el chileno?

Creo que tanto al arte chileno como el latinoamericano han ido ubicándose en la escena, logrando visibilidad a través de su participación en bienales y colectivas de arte internacional. Ha logrado sensibilizar a algunos curadores internacionales que se han preocupado de profundizar la poética de cada uno de ellos. Lograr esto es súper interesante porque es llamar la atención, es una actitud, tú no puedes esperar –pasivamente – que alguien venga a encontrarte, entonces asumir esta situación y salir a mostrarte es lo mejor que les está pasando a estos artistas en este momento. Las generaciones de artistas chilenos más viejas tenían problemas conmigo porque no podían decir que habían salido al mundo de la mano de un curador también chileno, tenían miedo y vergüenza de decirlo. Les daba vergüenza lo chileno y esa es una actitud pésima que existió y sigue existiendo cotidianamente en casi todos los ámbitos en Chile. Pero las nuevas generaciones se han desprendido de eso. Tienen más mundo, más roce. Para los curadores latinoamericanos ha significado un gran esfuerzo poder participar en muestras, en bienales o en colectivas. El curador no es un taxi para el artista, es un compañero de ruta. Cuando hice la muestra en el metro de Santiago y mostré lo que estaba pasando en Italia me nació decir: “me encanta mostrar cosas de lugares donde yo estoy con cosas del lugar de donde soy”. Eso es una poética, y eso me encanta: mostrar lo que tú tienes y posees, y que con eso puedas favorecer a alguien.

¿Crees que los artistas más jóvenes se sienten identificados con su localidad (chilenidad, americanidad…)? ¿Es posible ver en sus trabajos una preocupación por el espacio geográfico que ocupan?

Si, o creo que eso existe pero no como un nacionalismo sino como poesía. En Chile se dice que tu levantas una piedra y sale un poeta. Hoy eso sigue siendo verdad, y también es verdad que el artista -chileno y latinoamericano- se está llenando de esa poética que lo rodea, se está transformando más en poeta a través de imágenes. Eso lo viví en los años 70 en Europa, donde había gran conciencia de lo que estaba pasando y los artistas visibles no eran sólo artistas visuales o poetas o literarios, sino que eran una mezcla de todo eso, de ese lenguaje, de lo que estaba pasando. Eso está pasando ahora en Latinoamérica. Por ejemplo, Regina José Galindo, guatemalteca, lleva adelante una poética, una poética que se ve también en Carlos Motta, que vive en Nueva York. El es de Colombia y habla de las minorías sexuales en el mundo. O Iván Navarro, chileno, que es capaz de crearse la poética de la luz pero con referencias directas a lo que puede ser la parte positiva y negativa de eso.

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Carlos Motta, “We Who Feel Differently”, 2011, instalación en Other Gallery, Shanghai. Cortesía Carlos Motta

Creo que haciendo referencia a esta línea podemos ver el trabajo que presenta ahora en el Pabellón Latinoamericano de la Bienal (IILA) el chileno Sebastián Preece. Es un trabajo muy internacional, pero también tremendamente local, es suyo, tiene que ver con su familia, tiene que ver con la pequeña ciudad donde nació, con la casa de campo de su abuelo, o sea, es como volver atrás sin tener la intención de crear con ello una calavera con diamantes. El está muy lejos de todo eso. Ha tenido un reconocimiento increíble; lo he comentado recientemente con un coreano que estaba absolutamente emocionado con la obra de Sebastián, se sentía súper representado. Eso es muy interesante, porque te dice que no se está trabajando con banderas, se está trabajando con poéticas de lo personal. La obra de Preece tiene que ver con un libro que se deshace, tiene que ver con su abuelo, con la historia personal. Y el trabajo de Gianfranco Foschino también habla absolutamente de esa misma poética. Esa imagen de las gallinas podría ser del sur de Italia o de Chile.

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Sebastián Preece, Libros Volumen xv b, 2010, fotografía digital color, edición de 5, (90 x 130 cm.). Cortesía Galería D21

¿Crees que los grandes artistas y poetas de los siglos XX y XXI forman parte del imaginario de los jóvenes artistas?

Yo creo que un artista contemporáneo tiene que tener  muy presente lo que está pasando a su alrededor, pero no por eso olvidarse de una cosa que es fundamental, que es la poesía, la cultura, la historia, la memoria que nos formó. Lo que decíamos antes, eso de levantar una piedra y encontrar un poeta, eso es algo que el artista visual no puede desconocer porque nosotros somos esa cordillera, somos ese océano, esa es nuestra gran poética de fondo. Gonzalo Rojas decía: “De este país te puedes ir, pero no te vayas del todo, ven de repente a oler esto porque ese olor es tuyo”. Ese olor es el que te hizo: tú no te hiciste en Nueva York, te formaste antes y después te fuiste a Nueva York, y con eso lograste ser sólido en Nueva York. Eso es lo que me hizo a mi ser sólido en Italia, porque yo venía de otra cosa. Yo no soy italiano, yo soy lo que fui y lo que soy ahora, y no me olvido de lo otro. Es fundamental tenerlo en cuenta. Eso crea la diferencia.

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Carolina Castro Jorquera

Nace en Chile, en 1982. Es curadora, y Doctora en Historia del Arte por la UAM, Madrid. Sus intereses están enmarcados por las relaciones que es capaz de establecer el arte con otras disciplinas como la ciencia y la filosofía, así como también con las diferentes dimensiones de la conciencia humana y su rol en la construcción de la historia y del presente.