La participación de Chile en la Bienal de Arte de Venecia comenzó en 1974, cuando su entonces director, Carlo Ripa di Meana, tomó la importante decisión de dedicar completamente la edición a Chile. Así, la Bienal se tornó ese año en la mayor protesta cultural nunca antes vista contra la dictadura militar. Desde entonces y hasta fines de la dictadura sólo en dos ocasiones un chileno, Roberto Matta, figuró entre las listas de artistas invitados. En 2001, el curador Antonio Arévalo presentó una primera propuesta para un pabellón propio, ganando una mención de honor con la obra de Juan Downey.

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Cortesía Alvaro Oyarzún

Sin embargo, en los años siguientes no fue posible continuar la iniciativa y fué el mismo Arévalo quien a través del IILA (Instituto Italo Latinoamericano) ha permitido participar a varios artista chilenos en su exposición desde 2003 hasta la actualidad. En 2009 estrenamos nuestro pabellón nacional con la obra de Iván Navarro, gestionado por la DIRAC, el Ministerio de Relaciones Exteriores, el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, ProChile y la Fundación Imagen Chile, y financiado en gran parte por la galería francesa que representaba entonces a Navarro, Daniel Templon. En esta ocasión el artista es Fernando Prats, afincado en Barcelona y representado por la galería catalana Joan Prats, que financia una gran parte del pabellón nacional, al igual que Templon lo hiciera en 2009.

Sin hablar de números, me resulta vergonzoso comprobar que el pabellón de Chile en Venecia no sería posible si no fuera por el auspicio de las galerías internacionales que representan a “nuestros” artistas. La situación implica muchos matices, en los que no voy a profundizar,  pero que revela las fisuras de un aparato estatal-cultural que deja mucho que desear. El espacio tiene un costo que redobla con creces el presupuesto asignado por la DIRAC. Sin embargo, cuesta una quinta parte del pabellón nacional que le sigue en precio.

Cuando en Chile se busca ayuda económica extranjera para poder embellecer nuestra imagen país, está todo mal. Y esto no solo ocurre con las artes visuales: nuestro vasto territorio está vendido a empresas energéticas, y ni hablar de obras públicas y de la larga lista de nuestros parques nacionales que han sido privatizados.

Las instituciones que trabajan por el progreso de las artes visuales en Chile no hacen más que columpiarse sobre sus artistas y sus obras. No tienen conciencia de un camino recorrido o por recorrer, no tienen una idea de construcción de un Arte Chileno. Es más, no se respetan opiniones, criterios de exposición, poco saben de expresión ni de procesos creativos, y menos de cómo funciona el mercado. En Chile no existe mercado de arte, al menos no existe un grado de coleccionismo que pueda considerarse mercado, ni tampoco un conjunto de obras que pueda considerarse colección. La prensa cada vez que habla de arte señala repetidas veces las palabras “internacionalización” y “visibilidad” y solo logra describir nuestra participación en la Bienal de Venecia como una “gran vitrina”.

Este internacional evento es sin duda el más prestigioso del mundo del arte, pero cuando en Chile hablamos de visibilidad entramos en la sistemática maniobra de confundir visibilidad con imagen, con la cara ostensible de nuestro país. No nos damos cuenta que la visibilidad que nos brinda tener un pabellón propio en Venecia no va a hacer que nuestras grietas culturales queden selladas, porque todos como buenos chilenos, sabemos que cuando hay muchos temblores las grietas van generando a la larga un problema estructural que no se tapa con una “manito de gato”. Visibilidad e internacionalización no son sinónimo de Cultura: sí lo son educación, desarrollo, preparación, sabiduría y muchas palabras más que aún en Chile no son discutidas seriamente.

No podemos seguir viviendo de las apariencias, porque después de que algún importante curador vea nuestro pabellón en Venecia y quiera venir a Chile por más, se encontrará con que detrás de la gran vitrina hay un espacio medio vacío. No encontrará museos, no encontrará espacios culturales, no encontrará galerías, críticos ni comisarios; eso sí, afortunadamente encontrará un gran número de artistas trabajando en sus talleres con refrescante energía y creatividad.

Escribo con la convicción de que asumir nuestra situación no nos liberará de ella; debemos hacer algo al respecto. Primero, poner ciertas cosas en el debate para así poder buscar las soluciones pertinentes. Esto no se trata de encontrar culpables, sino de hallar soluciones y realizar propuestas. La mejora comienza siempre por el reconocimiento de la enfermedad, porque en Chile ya no hay síntomas de que algo anda mal, es evidente.  Nuestro sistema cultural está en coma y es momento de plantearnos una eutanasia o algo más.

Debemos ponernos a la altura de estos tiempos de expansión y cambio global, en un mundo en que el arte está siendo el combustible de las prácticas sociales, culturales y políticas. En que los artistas tienen el poder en sus manos para impulsar, a través de su arte, cambios en la sociedad, en nuestro sistema y modo de pensar nuestra realidad. Desde comienzos de la modernidad el arte ha sido el motor que ha conseguido reivindicar ideologías como el feminismo, ser voz de los derechos humanos y la libertad. Hoy es tiempo de consolidar esa perspectiva del arte como “herramienta” que puede hacer visible lo invisible.

Chile está en un lugar privilegiado y tenemos la principal herramienta, los artistas, pero nos hace falta algo primordial, el desarrollo cultural de nuestras instituciones. Estoy convencida de que hoy, más que nunca, el arte no está en las galerías ni en los museos, con lo cual sería importante que éstos revisaran las nuevas necesidades del arte y asumieran un nuevo rol. Estamos a tiempo de tomar nota de cómo funciona el modelo cultural mundial y hacerlo aún mejor. Es el momento oportuno para dar nacimiento a un modelo de gestión que le siga el pulso al arte contemporáneo.

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Carolina Castro Jorquera

Nace en Chile, en 1982. Es curadora, y Doctora en Historia del Arte por la UAM, Madrid. Sus intereses están enmarcados por las relaciones que es capaz de establecer el arte con otras disciplinas como la ciencia y la filosofía, así como también con las diferentes dimensiones de la conciencia humana y su rol en la construcción de la historia y del presente.