Para cualquier agente externo, acercarse al ambiente artístico de Concepción es abrir una caja de sorpresas, y reconocer cómo en este lugar se ha generado algo propio, capaz de aportar a las lecturas del arte contemporáneo en Chile y Latinoamérica. Le pasó –creo yo– a Jorge González Lohse, pintor y gestor cultural de Santiago que llegó en 2010 a hacerse cargo de un curso en el Departamento de Artes Plásticas de la Universidad de Concepción, que implicaba trabajar con los alumnos en una especie de laboratorio. Al poco tiempo, ya estaba organizando una muestra con proyectos editoriales de la ciudad (“Industria Penquista”), que incluía un taller abierto de grabado en la sala del Museo Nacional de Bellas Artes del Mall Plaza El Trébol, y había fundado un sitio web como vitrina de obra (“Manufacturas Pencopolitanas”), haciéndose de este modo parte de las redes de creación, debate y gestión que nutren lo que ocurre en la zona. Todo esto, fascinado con lo que encontraba, con la cantidad de obras y acciones, pero estremecido también, porque llegó tras el terremoto del 27F, implicando su trabajo de campo un recorrido por ciudades como Talcahuano, Lota, Penco y Tomé. A partir de la necesidad de reconocer un territorio, de fomentar la producción local y darle visibilidad, Coco González fue trabajando sobre ciertas claves propias de la zona.

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Sabemos que en regiones se dan en forma más dramática ciertas carencias del circuito santiaguino, como la falta de espacios de exhibición, de coleccionismo, de información y reflexión sobre temas de cultura y artes visuales en los medios de comunicación, y de educación en el arte actual. No obstante, en Santiago se ha podido generar una “escena” de arte contemporáneo: hay escuelas universitarias, muchos artistas con inquietudes comunes, un puñado de galerías especializadas, museos, curadores, algunos coleccionistas, textos académicos, nexos con el exterior y presencia en plataformas internacionales. ¿Podemos hablar de escena en Concepción? ¿Qué particularidad tienen las prácticas acá generadas? ¿Cómo se hacen visibles y logran efectividad? Para entender el concepto de “escena” se podría acudir al psicoanálisis, al ámbito del teatro o del espectáculo. Pero pensemos mejor en Nelly Richard y su manera de corporeizar e inscribir históricamente a la neovanguardia chilena, bajo el epíteto de “Escena de Avanzada” en un contexto institucional desmantelado por la dictadura. Impulsados justamente por esta situación, autores como Eugenio Dittborn, Carlos Altamirano, Carlos Leppe, Juan Dávila y el grupo CADA circulaban por calles y salas de la capital con prácticas generalmente efímeras, de gran pulsión estética y rigor analítico. La teórica las hizo comparecer como cuerpo y concepto en un mismo tiempo y lugar, a través de una plataforma de escritura, primordialmente.

Perfilemos lo que ha ocurrido en Concepción. Con una nutrida historia cultural ligada a la música, el teatro, la literatura, el muralismo y el grabado, dos instituciones relevantes que se fundaron en los años 60 y 70, respectivamente, en la Universidad de Concepción, son la Casa del Arte –con una colección de la Generación del 13– y el Departamento de Artes Plásticas. Desde aquí, han trabajado autores importantes también para el arte nacional, como Tole Peralta y Eduardo Meissner. Desde aquí, a fines de los años 80 y comienzos de los 90, emergió una generación que circuló en los escasos espacios abiertos, con trabajos en escultura, grabado y pintura especialmente. El ambiente se despolitizó, la visualidad adquirió algo de surrealismo y abstracción, volcándose los artistas al oficio riguroso y el trabajo en el taller. Hasta en la capital se hicieron visibles grupos como Grisalla y Bajo Techo. Los primeros lograron circular como colectivo en instituciones y salas del país hasta 2008, los segundos pronto se separaron e iniciaron carreras individuales. Entre los primeros, encontramos a pintores como Óscar Barra, Vicente Rojas Ruggeri, Mario Sánchez y Jaime Petit-Breuilh, que trabajan actualmente con galerías de Santiago y Concepción. Entre los segundos, hay dos artistas que emprendieron proyectos determinantes para el medio local: Carlos Valle y Óscar Concha. Juntos, han generado Animita, un periódico orientado a la gráfica y a hacer circular en formato tabloide propuestas de arte contemporáneo. Concha además conformó con la pintora Leslie Fernández y el diseñador Dany Berczeller, Móvil, iniciativa que ha instalado obras de artistas sub 30 en el espacio público a través del proyecto “En rodaje”.

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ÓSCAR CONCHA, Proyecto “Marca” (intervenciones en el espacio público, 2009)

 

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LESLIE FERNÁNDEZ (pinturas de la serie “Estética 2008”)

 

Ambos proyectos han sido determinantes, porque no sólo implican aportes en sintonía con tendencias actuales, sino que marcan operaciones que en esta década se han vuelto comunes en la zona, incluyendo la experimentación, el cruce con el diseño, el trabajo de acción con el contexto local, el compromiso colectivo, más la necesidad de hacer visibles ciertas obras y de acercarlas al público común. No se trata exclusivamente de formas de arte, sino de operaciones conceptuales que construyen escena y la movilizan, relacionándose con la institución pero más fuertemente con la comunidad.

A fines de los años 90 y comienzos de los años 2000, operan en Concepción cambios importantes: la falta de un circuito de arte regional, de posibilidades de perfeccionamiento y difusión internacional, provocó el éxodo de algunos artistas, especialmente a México, que en el nuevo siglo retornan. Entre ellos, están el mismo Concha, Leslie Fernández, Natascha de Cortillas y Claudio Romo. Mientras que otros permanecieron en la ciudad, como Valle, Roberto Cartes y Fernando Melo, reaccionando al romanticismo ensimismado de los pintores penquistas, interpelando sus propias propuestas y la situación del artista en la ciudad. En busca de más efectividad visual, social y analítica, no sólo potenciaron sus obras con nuevas estrategias y lecturas, sino que impulsaron espacios donde integraron a otros artistas y a la ciudadanía. Carlos Valle abrió Animita; Cartes, el taller de grabado Factoría 41 en Talcahuano; y Melo se convirtió en un activo promotor de la fotografía contemporánea a través de instancias como Colectivo Concepción Fotográfica y la Mesa Regional de Fotografía.

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NATASCHA DE CORTILLAS, de la serie “Chile a masa su pan” (fotografía, 2010)

 

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FERNANDO MELO, de la serie “Rios y ruralidad chilena” (fotografía, 2010)

 

Cristián Muñoz es otro artista que emergió en los años 90 y se fue orientando más bien a la teoría, situándose en los 2000 desde Plus, proyecto de reflexión editorial con nexos al resto del continente; y TLC (Tráfico Latinoamericano Concepción), que es sitio web y una publicación compilatoria de espacios, instituciones e individualidades del arte contemporáneo que trabajan en red.

También en esta década, el desfase de regiones respecto a tendencias de arte contemporáneo incitó a algunos agentes a actualizar, fomentar y revisar las prácticas que aquí estaban surgiendo. Se realizaron en Concepción actividades como Polo de Desarrollo Arte Contemporáneo de la Región del Bío Bío, Entrecruces: Bío Bío-Paraná y la Octava Mesa de Artes Visuales. Se trató de seminarios, reuniones, workshops y exhibiciones, fomentados por santiaguinos como Justo Pastor Mellado y por gestores locales, como Simonetta Rossi, Óliver Sáez y Luis Cuello, entre otros, que reunieron a artistas, removieron voluntades y fronteras, abriendo el medio local al aporte de expertos nacionales y extranjeros, e interconectando a Concepción con escenas periféricas de países vecinos, como por ejemplo Rosario.

El mismo Departamento de Artes Plásticas, el gran centro de formación de artistas que irradia hacia el resto de la región, fue modernizando también su propuesta curricular. Y un proyecto como Casa Poli, que impulsaron Eduardo Meissner y la oficina de arquitectos Pezo-Von Ellrichshausen, atrajo a artistas de diversas nacionalidades a realizar trabajos en residencia desde una construcción de vanguardia levantada cerca de la caleta de pescadores de Coliumo.

El ambiente se va poblando desde fines de los años 90 por una generación más interconectada, informada e inquieta, que sintoniza con prácticas eminentemente contemporáneas. Junto a experiencias objetuales, a instalaciones e intervenciones in situ, que circulan en algunas salas institucionales o binacionales, la performance parece ser práctica recurrente y la calle, un lugar de obra necesario.

Luis Almendra y Alperoa (Álvaro Pereda) son algunos de los autores visibles en un grupo que ha ocupado lugares de la ciudad para generar propuestas donde el propio artista es herramienta de arte. A través del registro fotográfico o de video, que pasa a circular como obra autónoma también, vemos cómo el trabajo en acción con la distorsión de las funciones cotidianas del cuerpo y su lugar se potencia a través de intervenciones a la piel o en el espacio, y del encuadre que retrae la experiencia del color, la luz y la sombra. No puedo dejar de reconocer en ciertas tomas de estos performistas, dadas al claroscuro, al surrealismo y cierta estética de la carnalidad, reminiscencias al imaginario de algunos grabadores de Concepción, como Claudio Romo, Lorena Villablanca y José Fernández; o a la pintura de Gustavo Riquelme, relacionados todos a ese universo poético underground que rondó en el Concepción de fines de los 80 y comienzos de los 90, dado al existencialismo y el ensueño. Almendra cursa en 2010 y 2011 un Master en Arte Urbano en la Universidad Autónoma de México, desarrollando una serie con más colorido, lúdica y siempre siniestra. Qué particular resulta nuevamente el enlace con México. Es una constante histórica todavía por revisar.

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LUIS ALMENDRA, Proyecto “Fotonovela 7” (performance, fotografía de Rosario Cobo)

 

ALPEROA, “Body Art” Siete Estaciones (fotografía de Mario Moreno Krauss, Performance en el Frontis de la Catedral de Concepción, 2009)

La falta de espacios ha provocado, entonces, que las obras se vuelquen a la calle y también a la web. Casi todos los artistas se hacen visibles a través de blogs. El poder de autogestión es, por otro lado, una reacción al desinterés de la empresa privada, y a la ineficiencia de la institucionalidad y sus modos de financiamiento. Los nexos en red, a través de Internet, de grupos de trabajo y procesos de viaje, es una manera de sortear el sistema altamente centralista y desinformante que afecta al país. La escena aquí se ha construido a través de acciones que han articulado problemas y personas comunes, estableciendo relaciones con el resto de Latinoamérica; con escenas que justamente se replantean el rol de las regiones en el arte internacional, y del arte como espacio de resistencia y de construcción de ciudadanía.

Claro que estamos también insertos en procesos de globalización y fenómenos de integración comunes, pero es especialmente la situación local lo que ha impelido a los artistas a buscar sus propios espacios de realización, debate y promoción. Las experiencias de performance, exhibición in situ, de intervenciones y editorialidad son operaciones de contexto que movilizan grupos; estrategias que marcan los procesos de obra, su estética y los modos de inscripción. La misma Trienal de Artes Visuales de Chile 2009 trabajó en Concepción sobre esta situación, impulsando actividades como residencias de artistas latinoamericanos, clínicas, debates y el lanzamiento de números especiales de Plus y Animita.

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La premura ha sido hacer circular la obra pese a la precariedad del sistema local, a lo alienante de la institucionalidad cultural, pero al mismo tiempo el interés ha sido reconectar al artista con la comunidad y el entorno. En la escena internacional, tales tentativas han marcado tendencias con el afán de recuperar la capacidad interpeladora del arte, de proponer experiencias reveladoras más allá del mercado de objetos y discursos que son ferias y bienales. Lo que ha posibilitado en la zona esta fecunda relación entre artista y sociedad es una historia donde el arte siempre ha estado marcado por el compromiso político, por la situación geográfica y las urgencias sociales. Concepción se ha desarrollado determinada por su cercanía al mar, por cordones industriales y zonas rurales delineadas a través de ríos y afluentes, donde la cesantía es una realidad transversal.

La pintura de los años 90 en Concepción era en gran parte añoranzas de paisaje. Y muchas de las propuestas visuales, de las acciones y proyectos de esta década, nacen de la estrecha relación con el lugar. Recuerdo una entrevista donde Luis Almendra comenta que su performance en gran parte implica recuperar ese “vivir en la calle”, que experimentó cuando niño, creciendo en Talcahuano. En el actual proyecto de Móvil, “Balcón”, el ventanal de la casa de Leslie y Óscar que da a la calle, es lugar de exhibición de obras de artistas locales y santiaguinos, constituyendo un sitio de reflexión visual sobre el 27F. El terremoto justamente removió más aún el interés por trabajar en la trama social y reflexionar sobre una zona trapasada también por la fragilidad. Proyectos actuales de Fernando Melo y Natascha de Cortillas, por ejemplo, se sitúan en el paisaje devastado, trabajando el fotógrafo una serie donde cruza naturaleza, artificio y alteraciones lumínicas. En esto estaba la madrugada de ese día, en plena costa. Algunas imágenes llegan desde ese momento en silenciosos claroscuros. En tanto, la segunda artista trabaja con el ritual de la cocina en performances que marcan territorios. Algunos de ellos son pastizales quemados por el maremoto o la orilla del mar ahora en calma. Todo esto, sin dejar de mencionar los talleres de arte que varios artistas locales han impulsado este año y con premura a través de localidades afectadas, orientados especialmente a jóvenes y niños. Una escena movediza se perfila desde Concepción, marcada por el arte en acción.

JOSÉ AGURTO, “Buan” (instalación, 2009)

 

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VALERIA HERNÁNDEZ, “Onironauta” (fotomontaje, 2010)

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Carolina Lara Bahamondes